ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

En los últimos días hemos asistido a un intento de linchamiento público dirigido contra una reconocida periodista. A primera vista parecía una crítica puntual a unas palabras pescadas en redes, pero en realidad fue una operación coordinada de hostigamiento, descrédito y señalamiento moral. El objetivo no era debatir, sino golpear su reputación y convertirla en diana del odio.

Desgraciadamente, no es un hecho aislado ni un simple «exceso» de internet. Es una práctica cada vez más frecuente, conocida como sicariato político digital. Y en el ecosistema cubano –o, más ampliamente, en la guerra mediática contra cualquier proyecto que no se alinee con Washington– aparece a menudo impulsado o amplificado por operadores ideológicos radicados en la Florida, en entorno profundamente asimétrico.

El término puede sonar exagerado, pero describe con precisión un fenómeno contemporáneo. Así como el sicariato clásico encarga la violencia a terceros para no mancharse las manos, el sicariato digital terceriza la agresión política en multitudes conectadas. Nadie aprieta el gatillo, pero miles lapidan simbólicamente con insultos, amenazas, descontextualizaciones y campañas de difamación. El resultado es la orden de «matar» a una persona concreta, y un mensaje disciplinador hacia el resto: «cuidado con hablar».

Para entender este mecanismo hay que partir de la idea básica de que las redes sociales no son plazas públicas neutrales. Son espacios privados gobernados por algoritmos que premian el conflicto, la indignación y la viralidad. Lo que enciende rabia circula más que lo que invita a pensar. En ese entorno, una acusación –sobre todo si es falsa, incompleta o malintencionada– puede expandirse en minutos, sin posibilidad de defensa proporcional.

El sicariato digital suele seguir un patrón reconocible. Primero, se identifica a una persona y se le atribuye una falta moral o un «error imperdonable». Después, se recorta una frase, se aísla una captura o se saca de contexto una opinión. A continuación, cuentas influyentes –a veces orgánicas, a veces oportunistas, a veces directamente coordinadas– amplifican el señalamiento con tono de sentencia. Finalmente, la masa entra en acción: burlas, memes, insultos, amenazas, ataques personales. No hay juicio ni contraste; no hay derecho a réplica. Solo condena.

Quienes participan suelen creer que están «defendiendo una causa justa», «poniendo límites» o «exigiendo coherencia». Y ahí está uno de los nudos más peligrosos del sicariato digital. La crueldad se disfraza de virtud. La agresión se camufla como ética. El castigo se vende como pedagogía.

Este fenómeno debería preocuparnos doblemente. Primero, por razones humanas. Una campaña de hostigamiento puede afectar la salud mental, el trabajo, la vida familiar y la seguridad personal de quien la sufre. Segundo, por razones políticas. El sicariato digital instala miedo a equivocarse, a matizar, a preguntar, a hablar. Empobrece el debate. Sustituye argumentos por gritos. En lugar de construir mayorías, fabrica enemigos. Y, mientras nos devoramos, los poderes reales –los que sostienen el odio, los bloqueos, las guerras y los saqueos– quedan fuera de foco, cómodos, intactos.

Frente al sicariato político digital, necesitamos anticuerpos colectivos. El primero es la pausa: no compartir ni amplificar acusaciones en caliente. El segundo, el contexto: leer, escuchar, contrastar, preguntar antes de sentenciar. El tercero, la proporcionalidad: no todo error merece una hoguera, ni toda frase define una trayectoria. Y, sobre todo, la humanidad. Detrás de cada perfil hay una persona de carne y hueso, y defender a alguien de un linchamiento no implica estar de acuerdo con todo lo que dijo o hizo. Implica defender una idea básica de justicia.

No olvidemos que, en tiempos de redes, la violencia a veces se organiza, se viraliza y se delega. Reconocer el sicariato digital es el primer paso para no convertirnos –sin darnos cuenta– en sus ejecutores.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.

Manuel dijo:

1

30 de enero de 2026

10:09:26


Excelente artículo.