ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Difícilmente a los niños y niñas que vomitaban por el miedo –tirados y tiradas en el suelo, haciendo escondites casi de mentira bajo una cama– se les olvide la madrugada del 3 de enero de 2026, quizás la primera vez que, en sus vidas, escucharon cómo suenan al reventar los misiles yanquis y al dispararse sus balas y al abejear sus helicópteros… cuando vienen a llevarse algo.

Nunca se podrá decir con exactitud todo lo que se llevaron durante esas horas de oscuridad, más allá, por supuesto, de lo evidente.

Lo evidente es más o menos lo que ya se sabe y algo de lo concreto que falta por decirse. Pero las bombas cuando caen, con tan solo caer, con tan solo llegar, con la sola presencia de su alarido, se llevan mucho más de lo cuantificable, de lo confesable, de lo decible.

Es el terror, lo que implica que este se presente en su estado crudo, el principal ladrón si ha pasado poco más de una semana de su visita. El terror que usurpa cuantiosos grados de inocencia, millonarios recodos del alma nacidos solo para engendrar lo bello, la tranquilidad del mañana. El terror que se lleva muchas cosas de valor como si fueran humo y deja la ciudad minada de fantasmas e inseguridades.

Los niños y las niñas de Caracas nunca van a olvidarse de la opereta grave y habrá quien haga hasta lo imposible para que se olviden, para que piensen que no ocurrió.

Habrá quien relativice las muertes de civiles; quien diga que los bombardeados pudieron evitarlo y que fue un poco su culpa; quien llame mercenarios a los internacionalistas cubanos y los haga cargar, sobre sus huesos martirizados, un poco de la probable ingratitud de los pueblos.

Habrá quien busque hacernos sentir vergüenza de haber estado ahí, de haber muerto ahí, pero los niños y niñas de hoy, con sus sentires puros difíciles de engañar, susceptibles al pestañear de un colibrí, saldrán a desmentirlo todo.

Se pararán en alguna parte a recordar los ojos de sus padres atiborrados de dudas, de rabia y también miedo. Rememorarán su ánima en sobresalto, como saliendo del cráneo con cada bomba y las manos salpicadas por el vómito maldito o las rodillas o algún trozo de ropa, pero algo, sin dudas algo, salpicado por el hedor de la barbarie que nadie sabe cómo, pero se mete adentro.

Y dirán cosas como: Yo era una niña de cinco años en la madrugada de Caracas, supe lo que era el miedo el día tres y el cinco mi madre me llevó a marchar con ella.

Dirán: Pensé que iba a morirme, vi que se incendió el viento, mi papá nunca más miró por la ventana de la misma forma, todavía me estremezco cuando confundo cualquier sonido con las aspas de los helicópteros, o brinco por los petardos de año nuevo pensando que de nuevo son los tiros, o pongo en duda cualquier año que empieza…

Nadie sabe cuánto dirán durante las próximas siete décadas que se les vienen, pero por mucho que se intente hacer como si nada, nunca les saldrá la mueca insulsa de lo normal cuando les digan la fecha.

Y se los van a cruzar. En una película, en un cartel, en una canción, en una frase, en la calle, en el avión… y mirarán fijo, casi llorando, mientras piensan: tú no te llevaste a un presidente; tú me quebraste la infancia.

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