
«Las manos manchadas de sangre» persiguieron a Julius Robert Oppenheimer, conocido como «el padre de la bomba atómica», para recordarle su responsabilidad en una cifra de vidas cercenadas que ni él mismo calcularía.
Con aquellas palabras que describen el peso sobre su conciencia, se expresó el científico en una entrevista con el entonces presidente estadounidense, Harry Truman. Quizá pudo sentir brotar de sus palmas millones de litros de ese líquido rojo. Su textura viscosa y su color casi vino gritaban «muerte», en medio de los silencios de tan brillante mente.
Con esa carga por su participación en el Proyecto Manhattan, puso su empeño en crear conciencia sobre la necesidad de que los avances de la ciencia sirvan para el desarrollo de las sociedades y no para su destrucción.
Si fue ese un resultado del arrepentimiento o de una sensación de rigor mortis en su propio cuerpo, nadie lo sabrá. Lo cierto es que le asistió la razón al defender que los descubrimientos científicos deben ir acompañados de la voluntad de salvar, no de aniquilar.
Mucho ha evolucionado nuestra especie desde que se frotaron las primeras piedras y palos; y así, poco a poco, el hombre dominó el fuego y lo empleó para mejorar su vida. Ciencia hay desde tiempos inmemoriales, y ponerla en función del bienestar debiera considerarse requisito indispensable, si queremos postergar la humanidad.
Salud, calidad de vida, perfeccionamiento económico, soluciones medioambientales favorables tendrán que ser los compromisos de las venideras generaciones, sus científicos y los adelantos tecnológicos.
Que los altísimos coeficientes intelectuales sean dedicados a la paz y la sostenibilidad, y dejen de lado el perfeccionamiento de las armas de destrucción masiva, podría salvar el torcido rumbo al que parecen llevar la carrera armamentística, las ansias de poder y las tecnologías mal dirigidas.
Con esa certeza, desde 2002 se celebra anualmente el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo, una conmemoración que auspician la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y el Consejo Internacional para la Ciencia (CIC).















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