Caracas, Venezuela.–«¡Adán, el próximo cumpleaños será mejor!» Habían transcurrido las primeras horas del golpe de Estado, cuando el presidente Hugo Chávez salía, apresado en la madrugada, del Palacio de Miraflores. En la puerta se encontraba su hermano Adán, que el día anterior había cumplido 49 años. Frente a él se detuvo el Comandante bolivariano y, con la seguridad de un quijote, le prometió su regreso, una Venezuela más firme, una victoria definitiva.
Si se quiere hablar de la hidalguía de un hombre y su responsabilidad con la palabra que empeña, de la fuerza de un pueblo que no pierde la memoria y que cimienta cada paso de su destino, hay que recurrir ineludiblemente, a abril de 2002.
Con Chávez en la Presidencia comenzó un proceso constituyente de la mano del poder popular, el nuevo Gobierno rompió con las oligarquías nacionales y foráneas, que invalidaban el derecho de los venezolanos a dirigir su camino como nación.
El derecho a la vida, a la educación, a la salud, al trabajo, a vivir con dignidad, a la vivienda, a los servicios públicos, al agua potable, constituían «el más grande esfuerzo» de la Revolución Bolivariana.
Ante la amenaza que representaba la nueva Venezuela, Pedro Carmona Estanga, con el respaldo del Gobierno de EE. UU., dirigió el intento golpista, que pretendía desaparecer a Chávez y su estela de democratización y conciencia nacional.
«Cuan equivocados están los que pretendieron tal atropello. Sería que pensaban que este pueblo es el mismo pueblo de hace 40 años (…) adormecido, era un pueblo mayormente manipulable, era un pueblo muchas veces engañado (…) Ese pueblo venezolano es un potro de libertad (…) más temprano que tarde saldrá a reclamar sus derechos, porque ya aprendió a ser libre y a reclamar lo que le corresponde», pensaba Chávez, mientras era llevado de un sitio a otro, como si los golpistas supieran que en él estaba la llave de la temida autodeterminación.
Desde Venezuela, y con el apoyo de Fidel Castro Ruz, se desmentía la supuesta dimisión del Presidente, quien fue devuelto ante su pueblo como resultado de la unión cívico-militar.
Su linaje era de quienes cumplen promesas, aun al precio de su vida misma. Y, aunque estaba dispuesto a inmolarse, era consciente de que bajo su guía segura, la patria del Libertador podría mantener la soberanía alcanzada.
Al año siguiente, Adán tuvo un cumpleaños mejor: tuvo a su hermano vivo y la certeza de que su país se enrumbaba hacia el poder en manos del pueblo.















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