Un estudio de la Universidad de Harvard estima 4 645 muertes por el huracán María que devastó a Puerto Rico, otro reporte, comisionado por el Gobierno de Ricardo Rosselló a la Universidad George Washington, coloca la cifra en 2 975. Y el presidente Trump –atacando una vez más al país– dice que el número de muertos es una conspiración para hacerlo quedar mal.
Una corresponsal puertorriqueña reflexionaba recientemente en The New York Times sobre la tragedia develada por las ráfagas políticas de María en un comentario desgarrador que tituló: «Éramos una colonia feliz», en el que denuncia como un «ejercicio violento de desinformación» el hecho de que las autoridades mantuvieran el número de víctimas del huracán en solo 64 personas por largo tiempo, lo que ha sembrado la duda sobre la cifra real de víctimas.
«En la era de la posverdad, el ruido intenta vencer una vez más. Pero aquí, en la isla, estamos claros: sabemos que murieron miles. Los conocimos, fueron nuestros vecinos y familiares. Tenemos la verdad muy cerca. Y la vivimos y la encaramos, incluso cuando pareciera que a diario una nueva tragedia cotidiana se presenta y se vuelve a crear un escenario abrumador que abona a ese ambiente de distorsión de la realidad», apunta.
Expresa que su país vive entre dos verdades como los semáforos que al cabo del año ponen al mismo tiempo la luz roja y la verde. Lo que funciona lo hace «con problemas e interrupciones, como el resto de los servicios y como el resto del país».
Afirma que aunque los que mejor viven ya tengan agua, luz y alimentos frescos en sus supermercados, no es cierto que la normalidad haya regresado, pues «aún hay familias en rincones olvidados que han visto pasar un año en el desamparo. Otras se han ido de la isla ante la imposibilidad de conseguir trabajos, salud; una vida digna. De esto ya casi nadie habla».
Mientras en Puerto Rico se cerraban más de 200 escuelas como consecuencia del huracán, el Gobierno en lugar de recuperarlas ofreció generosos incentivos fiscales a extranjeros para hacer negocios y adquirir propiedades. «Gente que no tendrá que pagar ningún impuesto sobre la ganancia patrimonial o sobre los intereses y dividendos que saquen de la isla. Son las mismas personas que, de pagar 55 % en contribuciones en sus estados en Estados Unidos, cuanto mucho pagarán un 4 % en Puerto Rico», apunta la periodista.
Respecto al entreguismo gubernamental y la situación neocolonial que padecen los puertorriqueños, señala que: «Aunque se pronuncie poco, la palabra vendido está ahí, en medio de las conversaciones que solemos tener los puertorriqueños cuando salimos de la isla y nos vemos en la agotadora
obligación de explicar cómo es que somos y no somos, cómo es que vivimos con el semáforo confundido, con dos himnos y dos banderas, en un hiato histórico que el huracán María vino a romper.
«Ni la colonia más feliz del mundo puede serlo si los servicios esenciales ya no están garantizados, si su economía está quebrada, si cada día perdemos el derecho a ser parte de la modernidad y su gente se ve obligada a migrar. Situaciones extremas obligan a imaginarios extremos, y ahora acepto que durante demasiadas décadas la condición colonial fue para la mayoría de los puertorriqueños un estado de feliz inmovilismo. Ya no más. Todo esto quedó expuesto tras el paso del huracán», reflexiona.
Reconoce que durante años la isla vivió una «felicidad» sostenida sobre una viga de cartón y el derrumbe era inminente. Concluye que «muerta la colonia feliz, una nueva era se manifiesta», pues «no siempre es posible vivir dos verdades a la vez».















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Angel Cecilio Pino Cano dijo:
1
24 de octubre de 2018
11:11:16
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