ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Refugiados cruzando el río en una balsa improvisada. Foto: Reuters

Los habitantes de la etnia llamada Rohingya, asentada en Myanmar, constituyen hoy día la expresión más concreta de la feroz violación de los derechos humanos: maltrato físico, represión de todo tipo y actos discriminatorios denunciados por Naciones Unidas.

Ante los grandes brotes de violencia del pasado año, más de 700 000 de ellos –375 000 niños– se vieron obligados a abandonar el país y cruzar hacia la vecina Bangladesh, concentrándose en lo que ha dado en llamarse el mayor campo de refugiados del mundo, en Cox Bazar. Esa, en pleno siglo XXI, es la vida –si es que así puede llamarse– de los rohingyas, un grupo étnico contra el que se comete genocidio, según ha declarado la ONU.

Los rohingyas son una población de casi un millón de personas que estaban mayoritariamente en el norte del estado de Rakhine en Myammar. Su situación era ya de por sí complicada como minoría musulmana dentro de un Estado budista, que no los reconoce como ciudadanos. La explicación de las autoridades locales es que no los admiten como grupo étnico. En este caso, son entes, no personas. ¿Puede haber algo peor a que en su propio país no se les reconozca como ciudadanos? No lo hay, pero esa es la realidad y lo inadmisible es que la comunidad internacional pueda convivir, muchas veces con las manos cruzadas, ante estos hechos.

Un poco de historia nos lleva a explicaciones fundamentadas, y muchas veces olvidadas: los rohingyas o ruangás son un grupo étnico nativo de la región, cuando no existía la separación entre Myanmar –antes llamada Birmania– y Bangladesh, que han vivido por siglos allí.

La última parte de esta triste historia comenzó en agosto del 2017, cuando el ejército de Myanmar inició una operación de «limpieza étnica» –así la calificó la ONU– por la que los rohingyas fueron expulsados de sus casas, sus pertenencias y tierras fueron quemadas y se vieron obligados a huir al país vecino, Bangladesh, donde fueron acogidos en improvisados y enormes campos de refugiados. Hasta ahora, no se ha cumplido el acuerdo logrado en noviembre del 2017 por los gobiernos de ambos países para la repatriación de los rohingyas, a partir de enero del 2018.

El temor a que el gobierno de Myanmar no respete el derecho a la vida de estos ciudadanos y el hecho de que se haya decidido construir una valla en la frontera con Bangladesh, ha impedido la vuelta a casa de miles de personas. Un artículo aparecido en el diario español El País califica de «incierto» el destino de los rohingyas, un año después de que se vieran obligados a abandonar Myanmar.

A principios de este año 2018 quedaban en territorio de Myanmar medio millón de miembros de esta etnia, de los cuales 120 000 estaban internados en campos de concentración y decenas de miles vivían confinados en sus pueblos, según datos de la ONU. Las propias fuentes reflejan que a los rohingyas  el Estado de Myanmar les prohíbe casarse o viajar sin permiso de las autoridades, y no tienen derecho a poseer tierra ni otras propiedades.

Campo de refugiados que se considera el más grande del mundo. Foto: Reuters

Entre los antecedentes de la discriminación a que son sometidos los rohingyas, está el hecho de que estos sean parte de la minoría musulmana en un país en el que un 80 % de sus ciudadanos  practican el budismo. Mucho peso tiene de igual forma el pasado colonial de Myanmar y la explotación foránea de sus recursos naturales, que exacerbó las diferencias étnicas en medio de la pobreza y tal situación todavía hoy afecta a más de 15 millones de personas, un 32 % de sus habitantes, de acuerdo con datos de la agencia Asia News.

Medios de prensa y enviados de Naciones Unidas se han hecho eco de expresiones de los que hoy viven en el campo de refugiados en Bangladesh: «Llevan toda su carga de sufrimiento e historias de inhumanidad», constata Asia News, en el testimonio de una persona que dijo: «tengo hambre y soy infeliz».

Otra mujer rohingya confiesa que en Myanmar «casi todos los días lanzaban bombas desde los helicópteros. El ejército quemó nuestra casa. Lo hemos perdido todo».

El pasado 27 de agosto, el Papa Francisco hizo un llamado para que «cese la persecución de la minoría religiosa de nuestros hermanos rohingyas».

Hoy, en el campo de refugiados de Cox Bazar –el mayor del mundo–, el 100 % de la población necesita ayuda alimentaria; más de 400 000 niños y niñas no tienen acceso a ningún tipo de educación; 62 811 niños menores de cinco años necesitan tratamiento por desnutrición; 120 000 mujeres embarazadas y lactantes necesitan complementos nutricionales de urgencia.

Según la Unicef, durante el 2018 se espera que nazcan 130 bebés cada día, por lo que esa institución de la ONU alertó que medio millón de jóvenes refugiados rohingyas están en riesgo de convertirse en una «generación perdida».

La comunidad internacional debe exigir que termine este viaje sin regreso de los rohingyas, y que sean reconocidos como personas con todos sus derechos.

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Tomás dijo:

1

5 de septiembre de 2018

14:36:46


Cómo es posible que en pleno siglo XXI existan cosas, como esta, quien le va a poner fin a esa discriminación?

Alberto Pérez dijo:

2

5 de septiembre de 2018

14:50:32


Es impresionante que cosas como esta pasen en el continente Asiatico, caracterizado por una antigua civilización donde la cultura de los pueblos siempre fue respetada.

arojas dijo:

3

5 de septiembre de 2018

16:23:27


está duro! a la altura de los siglos de la humanidad.