ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Temprano en la mañana, los enfermeros cubanos organizan su jornada. Foto: Enrique Milanés León

CARACAS.–Una niña se aferra a su peluche, buscando aliento. Otro va con camiseta del Barça y pelota en mano, con pose de delantero. Un tercero sigue, frente a la aguja, el pasaje de Shrek –¡no mires hacia abajo, no mires hacia abajo!– para no asustarse. Alguno se ríe del hermanito hasta que le toca su propio pinchazo y una Princesa Valiente ni se inmuta ante la benigna picadura. Todos ven un cuadro común: enfermeros cubanos al frente.

La escuela Primero de Mayo está allá arriba, en un cerro caraqueño de la parroquia Santa Emilia, justo en la cumbre de casas que tienen debajo el transitado túnel El Valle, que semeja las fosas nasales de aquella pirámide milagrosa. Es jornada especial de vacunación y los enfermeros Jonhny Alejandro Fernández, Yadelín Ramírez, María Luisa Domínguez y Mirelys Sánchez, junto con la licenciada en Laboratorio Clínico Katia Mendoza, apoyan programas de Venezuela.

En todo el Distrito Capital, 80 cubanos respaldan el Plan Nacional de Vacunación –con el cual el Gobierno Bolivariano pretende proteger de 14 enfermedades a nueve millones de venezolanos– al ofrecer en espacios informales la prevención al precio de un breve aguijonazo.

El director de la escuela recibe a los cubanos: «Ahorita –les dice– los profesores contactan con los representantes comunitarios para que avisen a los padres». Como su ahorita es ahora, enseguida el lento goteo de traviesos se hace hilo y hasta un chorro de pequeños que llegan entre la curiosidad y el recelo… ¡a vacunarse!

Los colaboradores les ponen a niños de entre seis meses y 15 años, según corresponda, las vacunas contra Sarampión Rubeola (SR) y/o Toxoide Tetánico Diftérico.

En la antesala del Día Internacional de la Enfermería, que se celebró este sábado 12 de mayo, ellos se hicieron en toda Venezuela el regalo de la salud de nuevos niños. La licenciada Bárbara Rojas Hernández, asesora nacional de Enfermería de nuestra Misión Médica en tierra de Chávez, siente por todos un orgullo limpio como su uniforme.

«En Venezuela trabajan más de 4 800 enfermeros cubanos, pero si sumamos todos los años de misión, superan los 25 000 los que han pasado por aquí.

En todo el Distrito Capital, 80 cubanos respaldan el Plan Nacional de Vacunación. Foto: Enrique Milanés León

Cooperan en los 24 estados, en los 572 Centros de Diagnóstico Integral (CDI), en los 35 Centros de Alta Tecnología (CAT), en hospitales donde tenemos brigadas del programa Materno Infantil y en el nuevo Hospital Hugo Chávez, que recientemente inauguró el presidente Maduro en el estado de Mérida», detalla.

Bárbara comenta que la mayoría son mujeres con un promedio de edad superior a los 40 años, lo que supone, entre otras cosas, hijos que este Día de las Madres las extrañaron en Cuba. «Pero hay que reconocer también –acota enseguida– la labor de los hombres enfermeros, que lo hacen muy bien».

Muchos de estos internacionalistas cumplen su segunda o tercera misión, y algunos –el caso de cinco muy respetados que trabajan sencillamente, como si nada– archivan en su «historia clínica» la victoria contra el ébola.

«Es que el enfermero cubano es muy profesional, pero muy humilde. Lo caracteriza la ética, la entrega amorosa al paciente», explica la asesora.

Esta semana, los nuestros no solo han aplicado en estos operativos en la capital más de 8 600 vacunas, sino que han desarrollado en todos los estados la Jornada Nacional de Enfermería, con talleres por los 15 años de la Misión Barrio Adentro. ¿Qué sería un barrio sin enfermeros?

Entre el chillido o la risita de los pacientes especiales del día, Bárbara destaca especialmente a sus colegas que trabajan en ásperas zonas, regiones selváticas, caños fluviales… «Merecen reconocimiento todos los que están acá y también los que en Cuba cubren sus puestos para que puedan venir de misión», agrega.

La mañana baja el cerro y se hace mediodía. La improvisada enfermería se asemeja cada vez más a lo que es en realidad: un aula. La algarabía de los pequeños, antes, durante y después del jeringuillazo, muestra el clásico descontrol que precede el rato del almuerzo.

Algunos se sacan la lengua entre sí, se burlan entre ellos, se retan, como hacen los niños. Por momentos, la jornada se torna un juego en que los adultos, con tal de «vender» la suavidad del pinchazo, participan. Pero todo es muy serio: el Gobierno Bolivariano inmuniza a cuatro millones de niños contra el sarampión y la rubeola. En tiernos hombros, se vacuna justamente el fruto de Venezuela para asegurar que, mañana, un joven anote goles patrióticos por la tricolor y muchas Princesas Valientes defiendan un país de legados más altos que sus propios cerros.

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