ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
De izquierda a derecha, Marta, Dionel y Florinda, tres internacionalistas con mucho que contar Foto: Enrique Milanés León

CARACAS. –Juntos, Marta, Florinda y Dionel resultan una clase de geografía, pero sobre todo una enseñanza de amor. Cuando se habla con ellos y se ubica su rastro en el claro lienzo de un «mapa» de batas blancas, uno entiende perfectamente qué hacen miles de cubanos como ellos andando el mundo sin los planes ni atuendos de un turista, y también se da cuenta de que esta Venezuela tan tensa y amada es otra escala en su ruta de internacionalismo.

Sentados en un salón del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) El Terminal-Los Lagos, del mirandino municipio de Guaicaipuro, los tres colaboradores describen al periodista una parte de esa «carretera» de amor que ellos han recorrido en varios países, en pos de la cura de sus pueblos.

HAITÍ, FIDEL Y RAÚL

La licenciada en enfermería e intensivista Marta Ruiz Pérez tiene 40 años de servicio en el hospital provincial Antonio Luaces Iraola, pero ha hecho varios paréntesis en su amado centro avileño para atender necesidades de salud más allá de la patria. «Estuve en Haití en el 2008, año en que tres ciclones lo azotaron. Llevaba allí más de dos años, pero me pidieron quedarme y seguí unos meses más», relata.

En el 2011, cuando el cólera se ensañó con ese pueblo, la enfermera volvió, ya como integrante del contingente Henry Reeve. «Yo sabía el habla, conocía algunas zonas del país… y regresé por unos meses. El cólera segaba muchas vidas. Trabajamos en hospitales de campaña. Salvamos a muchos pacientes.

Terminé, pero llegaron otros compañeros. Siempre llegan otros», refiere.

Desde agosto del 2016 Marta Ruiz Pérez está en Venezuela, como enfermera intensivista del CDI El Terminal-Los Lagos, pero aclara que su permanencia en el Henry Reeve será hasta sus días finales. «Es gran honra para mí, mi hospital y mi familia. Estoy lista para asistir a cualquier país bajo un desastre», sostiene.

Según comenta, en Haití el Henry Reeve la enseñó a llegar a lugares lejanos, caminar mucho y enfrentar la adversidad en ciclones, derrumbes o terremotos. «Eso me ayudó a estar preparada para vencerlo todo en Venezuela», sostiene.

Con hija y nieto en Ciego de Ávila pendientes de ella, Marta explica sus largas escapadas: «Los cubanos tenemos el internacionalismo en sangre. Quienes trabajamos en la salud sabemos que debemos llevar nuestras experiencias a cualquier lugar donde se pueda salvar una vida».

Ella no se fue de Haití con las manos vacías: «Me dejó muchas cosas lindas, mucha gente buena, mucho agradecimiento… Fue hermoso ayudar a personas pobres, pobres, pero llenas de cariño», confiesa emocionada.

En septiembre, Marta Ruiz Pérez debe acabar su misión venezolana, pero con el amor nunca se sabe, y ella está dispuesta a seguir. «Es diferente, pero aquí también nos agradecen». La enfermera regresa a sus primeras misiones:

«Bellas historias. Un día, en medio del ciclón, llegó una muchacha a que le hiciéramos su parto. Afuera no cesaban las ráfagas. Adentro nacieron dos niños: Fidel y Raúl».

DOS UNIFORMES

Dionel Portela Puentes escuchó la vivencia solidaria de Marta con el mismo interés que el periodista. La suya comenzó en 1983, cuando el también enfermero intensivista, y avileño, tenía menos de 20 años y vivió en Angola los tintes amargos de la guerra.

«Estuve tres años en Cabinda, provincia rica en petróleo, pero donde no había atención médica y los militares asumimos la atención a la población pobre. Ya graduado de enfermero, trabajé en un hospital, junto con lo militar».

El paisaje social asombró al jovencito de entonces: «Había un solo médico; yo veía morir a los niños desnutridos, de una diarrea o una fiebre, sin asistencia, y los equipos estaban desatendidos. No hubo nada hasta que llegó nuestra colaboración, en parte militar y en parte civil».

Dionel tiene su retrato de la guerra: «La destrucción de un país. Había muchos mutilados por las minas de la llamada Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (Unita); las principales víctimas eran niños y jóvenes. Ya ves, un hospital bellísimo, con un equipamiento moderno, y no hacía nada; nosotros lo echamos a andar para el pueblo».   

Después de muchos años de trabajo en su provincia, Dionel comenzó hace seis meses una misión de salud venezolana. «He estado bien aquí, trabajo perfectamente con la población. Son los principios de Cuba y Fidel. No tengo otra formación; no la voy a cambiar», afirma.

La contienda no convencional o de cuarta generación es perfectamente identificada por el enfermero: «Es otra guerra, y en ella tratamos de dar lo mejor. Los ricos siempre tienen, pero la población sufre las consecuencias. Hay carencia de medicamentos, de buen trato, pues eso es lo que les damos todos los días, un trato de excelencia para que se sientan complacidos».

Este veterano de paz aclara que la guerra que vio en Angola y la que sufre Venezuela no se asemejan, pero que la voluntad internacionalista cubana sí es la misma: «Allá salvaguardábamos la integridad física de un país, aquí damos más salud a un pueblo». En cada caso, él sabe cómo vestirse: «Yo viví en Angola nuestro ejército de uniforme verde y ahora, en Venezuela, el de batas blancas. Son parecidos, solo cambian las armas».

MOCHILEROS DE LA SALUD

Pese a que su primer apellido la ubica mirando al oeste, Florinda West Domínguez solo tiene como preferido un punto cardinal: la salud de sus semejantes. Por ese azimut, la licenciada en Higiene y Epidemiología y especialista en Entomología Médica ha desafiado en avión las nubes de un par de cielos.

«Ahora mi tarea en Venezuela es atender, como epidemióloga, la salud de los colaboradores cubanos en la región de los Altos Mirandinos, responsabilidad grande, porque tengo que exigirles que se cuiden y evitar que se enfermen en un país con enfermedades endémicas transmisibles», explica.

«Antes, en el año 2003, con el contingente Henry Reeve, combatí el dengue en Honduras. La Organización Panamericana de la Salud convocó a un grupo de entomólogos y fuimos 15 cubanos a hacer un estudio y enfrentar la epidemia. Eran tres meses y nos prorrogaron a seis, y luego a un año, por el éxito en el trabajo», relata.

Florinda trabajó en Santa Rosa de Copán, con una brigada de médicos cubanos que ya estaba allí. Pese a que enfrentaron cuatro serotipos de dengue, dejaron los índices de infestación en valores que no implicaban riesgo y cortaron la transmisión.

En Honduras, la especialista cubana conoció caras feas de la insalubridad como el Chagas y la leishmaniosis, que la conmovieron pero fortalecieron su preparación profesional para el bien. «Los cubanos somos cordiales, enseguida intercambiamos con los hondureños y complementamos nuestros saberes».

–¿Qué tal es entrar en ese destacamento de élite (del sacrificio) que es el Henry Reeve?

–Presiona. Dentro de los mejores, hay mejores, pero todo va en trabajar con el corazón, porque estar en el Henry Reeve implica una entrega inmensa, sin fechas ni horarios; a veces el sacrificio es mayor que el que el cuerpo resiste y aun así lo hacemos como acostumbramos, con mucho amor.

Uno se hace la idea que los integrantes del Henry Reeve siempre tienen una mochila en casa. ¿Usted tiene la suya?

–La licenciada ríe: «Sí, claro que la tengo. ¡Siempre lista!».

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