ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La colaboración cultural cubana deja siempre una obra hecha y una huella de evidente gratitud. Foto: cortesía

CARACAS.—Al cabo de ocho años los hechos apuntalan las palabras que entonces se dijeron con tonos de soñador, y hoy, al calor del trabajo de dos pueblos, la cultura en Venezuela es un sólido derecho al alcance de cualquiera que desee participar.

El gran compendio de reivindicaciones que significa la Revolución Bolivariana, incluye, por supuesto, el ámbito cultural. Su empeño liberador partió de reconocer que no hay identidad real, autenticidad completa, arte genuino totalmente si se marginan personas en la creación y el consumo.

Revertir el elitismo y la exclusividad de “lo mejor para quien pueda costearlo”, no implicó suspender los privilegios de las altas clases, el glamour de los teatros caros, las galerías, los conciertos prohibitivos; sino multiplicar en la comunidad, en sus instituciones populares, la posibilidad para el disfrute del buen arte; pero sobre todo, propiciar la creación, la reproducción de sus propios valores, sea mediante el incentivo de los auténticos talentos o la promoción de amplios movimientos de aficionados que siempre estimularán la participación masiva de la población.

Eso ha logrado en ocho años la Misión Cul­tura Corazón Adentro, al consolidar una amplísima red de cultores, animadores y facilitadores venezolanos formados en la experiencia y el acompañamiento de miles de promotores cubanos: ofrecer y enseñar, sobre todo enseñar, las herramientas mediante las cuales la gente pueda por sí misma reproducir como producto cultural sus valores, sus tradiciones, sus identidades desde los propios barrios, las escuelas, las instituciones populares…

Estas últimas semanas dieron fe del largo proceso de aprendizaje, pero también del enorme resultado que ha significado la misión socialista. En cada estado del país tuvo lugar un encuentro fraternal de las mejores experiencias locales, explicadas por sus propios gestores comunitarios —nativos todos— que expusieron los modos singulares en que han fundado los más variados espacios para la creación y el disfrute.

Organizados de conjunto por la coordinación cubana y la Fundación venezolana Mi­sión Cultura Corazón Adentro, las citas estaduales permitieron visualizar la riqueza inagotable de la iniciativa comunitaria cuando tiene en sus manos la posibilidad de expresarse y confirmar el poder transformador del ejercicio artístico.

Resultó un asombro tras otro conocer la labor de esas personas de barrio, que arrastrados por una vocación de servicio, acogieron un día al promotor cubano, aprendieron sus métodos y mañas para llegar a la gente por medio de la canción, el verso, los colores, la actuación, la danza, el circo, la literatura incluso, y luego se fueron a su entorno —a veces de mano del antillano, a veces solos— a usar lo aprendido como herramienta, porque nadie mejor que ellos conoce lo que mueve a su comunidad, las costumbres arraigadas, la música que más gusta y el que canta bien, la cocina típica, el baile preferido, la fiesta local que necesita expandirse, los niños que hay que sumar para que ocupen su tiempo del mejor modo posible y reconozcan temprano, desde el arte, la utilidad y la virtud.

Dicho por ellos mismos, nada de lo hecho hasta hoy fue en vano.

De lo contrario, la indígena wayuú del Zulia no viera en sus magníficos tejidos de trajes y chinchorros esa manifestación que otros quieren sumarse a aprender, porque son lindos y funcionales, no por lo caro que se venden en frontera.

Tampoco la madre de un par de varones morochos (mellizos) de una zona pobre en Carabobo, aplaudiría el teatro en que sus niños actúan, tras muchas horas de ensayos que les usurparon el tiempo al merodeo, al recadeo y los paquetes extraños mandados a llevar a cambio de dinero, al peligroso “no saber qué hacer” después de la escuela.

Arranca aplausos el señor de Mérida, amante del cuatro (guitarra típica de cuatro cuerdas) que arrastró a muchos pequeños a enamorarse del instrumento, al inventar un método extraordinario de enseñanza musical en que las notas son letras de canciones y los niños sienten que con cada pulsación las cuerdas dicen algo, y ellos solo tienen que hacerlas hablar.

En el distrito capital sucedió el último encuentro, y como en el resto de los estados, los capítulos expuestos con cierto intento científico (objetivos, metodología, resultados) fueron más elocuentes en la muestra artística, que hizo vibrar los salones en la presentación de una Colmenita Bolivariana copada de niños alegres, una orquesta sonera integrada por jueces, fiscales, profesores, obreros de una comunidad de las montañas de Vargas, o con el testimonio de una abuelita de la parroquia caraqueña de Coche, que asegura que “ya no existiría sobre la tierra” si el proyecto en el cual baila, declama, teje y actúa, no la salvara de la depresión tras la muerte del esposo.

En cada experiencia hubo un sitio de honor para la gratitud hacia “los profes cubanos”, a los que ayudaron a arrancar desde cero la experiencia y ya no están, como a quienes vinieron después, y en un número mucho menor hoy dan continuidad desde una posición de asesoría que aún tiene bastante por hacer, pero puede voltearse y apreciar una obra hecha.

Al cabo de la jornada capitalina, y con la expectativa de realizar pronto una especie de cónclave nacional que agrupe a las mejores experiencias, la directora ejecutiva de la Fundación Misión Cultura, Elsa Gualdrón, definió el empeño en la nueva coyuntura del país:

“Uno de los grandes desafíos que tenemos como pueblo venezolano es el reimpulso de todas las misiones, y una de las fundamentales para la patria es esta de la cultura.

“Este paso por un momento duro para el pueblo venezolano como consecuencia de una guerra económica, obliga a repensarnos; pero de ningún modo eso significa disminuir la calidad, el amor, el compromiso, la entrega a los más lindos proyectos de la Revolución.

“Ahora mismo estamos proponiendo —y nuestro ministro Freddy Ñañez está convencido— promover las itinerancias de especialistas, artistas cubanos de áreas fundamentales como el teatro, circo, música, que viajen por periodos a Venezuela y nos ayuden a formar, a especializar a nuestra gente. Tenemos ocho años trabajando masivamente con varias especialidades, pero en el nuevo contexto esto nos permitiría reforzar esta intención.

“Para nosotros es fundamental el aprendizaje con los hermanos cubanos, en los procesos de asesoramiento, de metodología, de orientación, porque ya llevan un camino recorrido, son un pueblo digno, un pueblo probado ante el mundo y son una esperanza para nosotros, como mismo Venezuela representa una esperanza para los pueblos de América Latina y del mundo. En la medida en que ambas naciones fortalezcamos esos lazos de amor, de solidaridad, de intercambio, de experiencias a nivel cultural, pero también a nivel humano y solidario, serán mayores las esperanzas para el resto de los pueblos de la región”.

En la voz y la experiencia de esos venezolanos que en todo el país mostraron gratitud y se definieron a sí mismos como un saldo fehaciente de la colaboración en materia cultural… esa esperanza es un hecho.

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