Hay furias que no se olvidan. Se quedan tatuadas en la piel de la tierra y en la memoria de los hombres; en la mía, perduran los recuerdos; los del Toa, allá por octubre del 2016, cuando el huracán Matthew, ese monstruo feroz que rugía desde el mar, hizo que uno de los dos ríos más caudalosos de Cuba, se volviera loco.
Como parte de un equipo enviado por el periódico Granma a la zona, llegamos casi con las últimas lengüetas de aire del huracán, que traía vientos superiores a los 200 kilómetros por hora, aunque habían disminuido a su entrada por Boca de Jauco, en la provincia de Guantánamo, junto al Holguín, las más devastada por aquel fenómeno.
Ahora, con Melissa, miraba las imágenes del Cauto hinchado, poderoso, tragándose su valle con la misma sed insaciable. La misma película. No el mismo ciclón, ni el mismo río, pero es la misma cólera, la misma lección de temeridad que nos da la naturaleza cuando se quita la máscara de la tranquilidad.
El Toa, aquella vez, no creció: estalló. Matthew le inyectó una furia vertiginosa, un caudal que no era solo agua; era un muro movedizo de barro y árboles arrancados de cuajo. El ruido era un trueno continuo, el aire olía a catástrofe.
Recuerdo la impotencia de ver cómo se llevaba, como si fuera una hoja de papel en medio de un océano, el puente más recio y mejor plantado en todo el trayecto de su cauce; una obra considerada una de las siete maravillas de la ingeniería civil en Cuba, que une a la guantanamera Baracoa con la ciudad holguinera de Moa.
Primero socavó los estribos y después la emprendió contra los pedestales y las columnas, de varias toneladas de peso. Los hundió en el mar y los desapareció, hasta los días de hoy.
Los buzos salieron en su búsqueda y jamás los encontraron. «¿Quién sabe por dónde andarán?», se preguntaba el viejo Lorenzo, un balsero que dijo conocer el Toa como la palma de su mano.
Pero la fuerza del torrente desafiaba toda lógica. Era el fin del mundo en la Baracoa más profunda. Lorenzo se vio obligado a resguardar su balsa, la que después utilizó para hermanar las dos orillas: la de Baracoa y la de Moa, separada por quien, poco después de la tormenta, se transformó en el Toa apacible.
El Cauto, con Melissa, ha tenido una furia distinta. Más lenta, más meditada. No fue el zarpazo de un tigre, sino el aumento paulatino del nivel del agua. Donde el Toa fue estruendo, el Cauto ha sido un silencio amenazante. Donde Matthew empujó con la fuerza de un diablo enloquecido, Melissa susurró hasta convencer al río de que se desbordara.
El río Cauto no saltó su cauce ágilmente; lo rebasó con la autoridad de quien reclama un territorio que siempre fue suyo e intentó ahogar cuanto encontrara su a su paso. No tuvo piedad ni con la comunidad que lleva su nombre, allá, por el oeste de la provincia de Granma.
Pero en ambas crecidas, en ambos dramas paralelos, separados por años y por geografía, hay un elemento idéntico, un personaje que se repite con obstinación imperturbable: la gente.
En el Toa, después del rugido, vinieron las balsas improvisadas, los hombres cruzando corrientes traicioneras con una cuerda atada a la cintura para rescatar a un vecino, los medios de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) a la «caza» de quienes se vieron atrapados por la crecida.
La misma estampa se vio en el Cauto: el bote convertido en salvavidas, el pescador que conoce cada recodo de su río y lo desafía para llevar un pan, una medicina, una palabra de aliento. De nuevo los medios navales y aéreos de las FAR.
Es el mismo espíritu, la misma imagen. La del guajiro que ve cómo el agua se lleva su conuco y, mientras se escurre el sudor, piensa cuándo volver a sembrar. La de la mujer que pierde todo lo material y lo primero que hace es asegurarse de que los niños estén a salvo. La de los niños que esperan porque el sol les seque los libros mojados.
Es la terquedad del que nace en estas tierras y sabe que su vida es un diálogo, a veces amable, a veces violento, con la fuerza de la naturaleza, sobre todo en la temporada ciclónica, entre los meses de septiembre y noviembre.
El Toa me enseñó que el miedo se vadea con coraje. El Cauto, visto desde la distancia de quien ya vivió su propio diluvio, me confirma que esa lección no se ha olvidado. Los ríos, en su ira, nos recuerdan que contra ellos también hay que luchar, no cruzándolos, ni a brazos cruzados para comenzar. Es la respuesta del ser humano; del hombre o la mujer que levantan un territorio cuando las aguas bajan, perseverancia que nos define.
Toa y Cauto. Cauto y Toa. Dos nombres. Dos furias corriendo por dos venas con trayectoria diferentes. Lo que permanece, lo que no puede ahogar ningún río en esta isla, es la voluntad inquebrantable de renacer, siempre. No importa que sea de las aguas turbias y los vientos endemoniados.
Aunque en Cuba no pudo llevarse ninguna vida, el huracán Matthew, antes, pasó por las Bahamas, inundando posteriormente las zonas costeras de Florida, Georgia, Carolina del Sur y Carolina del Norte . A su paso por la costa estadounidense, dejó más de 40 muertos y miles de hogares inundados y sin electricidad. Se calcula en más de mil los muertos a su paso por el Caribe.





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