General de División Raúl Menéndez Tomassevich

Fidel no abandona a sus hombres

Sus amigos lo llaman Tomás. Es una manera de abreviar su segundo apellido: Tomassevich. Nadie lo llama por el primero, Menéndez, o por su nombre, Raúl. Combatiendo en las montañas orientales se ganó la estrella de comandante, el grado más alto que otorgaba el Ejército Rebelde. Durante la Guerra de Liberación nunca se dejó la barba. Tampoco la melena. Hoy no podría, porque está completamente calvo. Próximo a cumplir sesenta y siete años, Raúl Menéndez Tomassevich es un revolucionario con una hermosa historia. Jamás ha olvidado sus raíces. Siempre tiene presente cuando trabajó como mensajero en la fábrica de alpargatas “Rubio”, en Santiago de Cuba. Este militar, que desde hace veinte años es General de División, ha desempeñado cargos muy importantes dentro de las Fuerzas Armadas. Hombre de acción, no ha dejado nunca de superarse. Ha pasado distintos cursos, incluyendo el de la Academia Militar Voroshilov en la antigua URSS, donde se le entregó la categoría de Oficial de la Enseñanza Superior Operativo-Estratégica. Recuerda con cariño su paso por la Policía Nacional Revolucionaria en 1959 y su participación en los combates de Playa Girón. Su vida no se puede recoger en una entrevista. Es tema de un libro; en eso trabaja. No se puede escribir la historia militar cubana de los últimos 40 años sin mencionarlo. Es tan valiente como modesto; tan audaz como humilde. Este es Tomás.
El General Tomassevich falleció hace poco más de cinco años —el 17 de agosto del 2001—, y no pocos cubanos lo recordamos como uno de los hombres de la Revolución que se transformó en leyenda. En recordación a este fundador del Ejército Rebelde, Granma reproduce la entrevista realizada en 1996 para el libro Secretos de Generales.

LUIS BÁEZ

—¿Qué estudios cursó?

—Llegué hasta el segundo año en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago de Cuba. Participé activamente en las luchas estudiantiles en ese centro docente hasta que caí preso.

Junto a Fidel y los entonces Comandantes Juan Almeida y Sergio del valle, durante el planeamiento de misiones combativas.

—¿Por actividades revolucionarias?

—No. Delito común.

—¿Qué tipo de falta?

—Falsificación de documentos oficiales. Falsifiqué la firma del alcalde de Santiago de Cuba, Felipe Fernández Castillo, para extraerle de la cuenta bancaria un montón de pesos.

El 23 de septiembre de 1952 comencé a cumplir mi condena en la prisión de Boniato.

—¿Momentos duros?

—Muy duros. Estar preso es muy jodido. Inclusive en una oportunidad me encerraron alrededor de cincuenta días en la celda de castigo.

—¿Por qué motivo?

—Me solidaricé con una huelga de hambre de los asaltantes del Moncada, que se encontraban en dicha prisión desde el 1ro. de agosto de 1953.

Una amistad imperecedera. desde los días guerrilleros del II frente Frank País y hasta el día de la muerte de Tomás, ambos Raúles tenían una relación de afecto, como hermanos.

—¿Tuvo relación con ellos?

—Alguna. Al que más trate fue a Abelardo Crespo, a quien hirieron en el asalto. Cuando sus compañeros fueron trasladados a la prisión de Isla de Pinos, él permaneció un tiempo más en Boniato.

—¿Tuvo contactos con otros revolucionarios?

—Conocí a Otto Parellada, condenado junto a otros compañeros por prepararle un atentado a Fulgencio Batista en la carretera de Ciudamar, en Santiago de Cuba.

Hombre de gran sensibilidad. Durante su estancia en prisión se dedicó a enseñar a leer a presos comunes.

En ocasión del aniversario 40 de la Victoria de Playa Girón, Fidel condecora con el título de Héroe de la República de Cuba al General Tomassevich.

Quién me iba a decir que años más tarde, una pequeña unidad guerrillera que operaba a mis órdenes en Alto Songo, llevaría su nombre.

—¿A quién más conoció?

—Conocí a mucha gente. A quien recuerdo con mucho cariño es a Braulio Curuneaux. Había sido sargento del ejército. Extrovertido, persona honesta.

En más de una ocasión me comentó que los dos errores de su vida habían sido ingresar en las Fuerzas Armadas y combatir a los hombres que el 26 de Julio de 1953 atacaron el cuartel Moncada.

Estuvo en desacuerdo con los asesinatos cometidos con los jóvenes moncadistas. El coronel Alberto del Río Chaviano, jefe militar de Oriente, no le perdonó esa actitud. Le hizo una maraña y lo condenaron por delito común.

Curuneaux se incorporó al Ejército Rebelde. Perdió la vida en el combate de Guisa. Fue ascendido póstumamente al grado de Comandante. Por cierto, siempre le vi poner su apellido: Curuneaux.

Me llama la atención que ahora lo escriben: Coroneaux. Participamos juntos en la fuga de Boniato.

—¿Cómo se produjo la fuga?

—A las siete de la mañana, con el desarme de varios policías, soldados y oficiales. Había sido autorizada por Frank País. Ocurrió el 30 de noviembre de 1956.

Ese mismo día ocurrieron las acciones en Santiago en apoyo al desembarco de Fidel.

—¿Quiénes se fugaron?

—Carlos Iglesias (Nicaragua); Orlando Benítez, que había sido dirigente de la Juventud Ortodoxa; Orestes Álvarez (Indio Sabu), Curuneaux y yo. Así como dos delincuentes. En esos momentos ya llevaba cuatro años y dos meses en prisión.

Durante una semana estuve deambulando por los montes. Pasé muchas necesidades. Algunos campesinos me ayudaron. Hasta que compañeros del Movimiento 26 de Julio me contactaron y escondieron en diferentes casas en Santiago de Cuba.

A fines de mayo de 1957 formé parte, como soldado, del segundo grupo de refuerzo enviado por Frank País para la Sierra Maestra. Al frente iba el compañero Francisco Cruz Bourzac (Paquito).

—¿Por dónde entraron?

—Fuimos a Manzanillo. De ahí Felipe Guerra Matos nos trasladó a la hacienda de su padre en Cayo Espino.

El lugar seleccionado para concentrarnos era la finca "Los Chorros" de Epifanio Díaz. El mismo sitio donde el 17 de febrero de 1957 el periodista norteamericano Herbert Matthews entrevistó a Fidel.

—¿Cuántos componían el grupo?

—Unos veinte. En los primeros días de junio se incorporó más gente. Llegamos a varias decenas. No recuerdo la cantidad exacta.

Allí conocí del ataque al cuartel del Uvero por el Ejército Rebelde y del desembarco de la expedición del Corynthia.

Después de varios días de estancia fuimos despedidos por Celia Sánchez, René Ramos Latour (Daniel) y Guerra Matos.

—¿Hacía dónde marcharon?

—Cogimos hacia la finca "La Derecha" en Cayo Probao. Fue una caminata larga. Las piernas se me hincharon: dolor profundo. Cada vez que hacíamos una parada metía los pies en agua y los secaba al sol. No estaba acostumbrado a esa vida.

En esas condiciones arribamos a "La Derecha". Ahí se sumaron otros jóvenes. Sobrepasábamos los noventa. Con el hambre y el agotamiento comenzó la indisciplina. Empezaron los problemas.

Pasaban los días. No se producía el contacto con el Ejército Rebelde. Paquito salió en busca del objetivo. Tras la ida del jefe aumentaron las deserciones. Se incrementó el caos y el desorden. La moral estaba en el piso.

Decidí regresar a Manzanillo. Fui a casa de Guerra Matos. Insistí en mis intenciones de irme para la Sierra Maestra. Le escribí a Daniel explicándole la situación. Recibí una orden del Movimiento: regresa a Santiago de Cuba.

—¿Qué hizo en Santiago?

—Volví nuevamente a la clandestinidad. Me encontraba muy triste al no poder lograr mi sueño de incorporarme a la Sierra Maestra. En esa situación me entero del fracaso de la apertura del II Frente en la zona de Miranda, hasta que el compañero Armando García Aspuru me comunicó nuevas instrucciones.

—¿En qué consistían?

—La fabricación de granadas rústicas. Me trasladaron hacia una finca ubicada en la zona de Jarahueca, al noreste de Alto Songo. A esa tarea se incorporaron otros compañeros. Yo no sabía nada de la fabricación de explosivos.

Fabricamos granadas durante más de dos meses. En octubre, la dirección del Movimiento nos ordenó dejar la finca.

Habían llegado informaciones de que el ejército empezaba a sospechar de los movimientos que había en la zona.

Finalmente, regresé a la clandestinidad en Santiago, hasta fines de año cuando el compañero Belarmino Castilla (Aníbal) me comunicó que el Movimiento me había designado jefe de un grupo de rebeldes que operaría en la zona de Alto Songo.

También me informaron que me habían dado el grado de Primer Teniente.

—¿Cuáles fueron las acciones más importantes que realizaron?

—Hicimos algunas. Incluso logramos liquidar a delincuentes que se hacían pasar por gente del Movimiento y se dedicaban a extorsionar a los campesinos.

Ahora, la acción más importante, fue la toma del cuartel del ejército en Mayarí Arriba.

Los guardias tuvieron dos bajas. Nosotros perdimos un hombre. Ocupamos armas, municiones y otros abastecimientos.

A los doce días de esa operación recibí un mensaje en el que me decían que contactara urgentemente con Nené Hernández, dueño de una tienda en Joturo, colaborador del Movimiento.

—¿Lo vio?

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Nada. Solo me entregó una carta.

—¿Quién la firmaba?

—El comandante Raúl Castro.

—¿Qué decía?

—Una orden: ir a su encuentro.

—¿Lo encontró?

—Sí.

—¿En qué lugar?

—En un sitio conocido por Bombí. Era el mediodía del 20 de marzo de 1958.

—¿Cómo lo recibió?

—Raúl me dio un efusivo abrazo. También estaba presente el capitán Demetrio Montseny Villa, quien con su guerrilla había realizado en febrero una acción en Nicaro.

Le expliqué el ataque a Mayarí Arriba, los sabotajes que habíamos hecho el 24 de febrero, cómo se estaba formando la unidad. Ese mismo día Raúl me dio las primeras instrucciones y el primer estímulo.

—¿En qué consistió?

—Me ascendió a Capitán y me nombró Jefe de la "Compañía A Otto Parellada" que operaría en Alto Songo.

Hasta el final de la guerra participé en varios combates, entre ellos, Caimanera, Alto Songo, San Luis, La Maya y el ataque al Tren Central para rescatar al compañero "Nicaragua", que nuevamente había caído preso.

Desde ese encuentro nació entre nosotros una estrecha amistad. Considero a Raúl como parte de mi familia.

Los hermanos te los impone la vida. Los amigos los escoge uno. A él lo quiero más que a un hermano.

—¿Ha tenido enfrentamientos con agentes de la CIA?

—Con varios. En Oriente dirigí las fuerzas que se enfrentaron y aniquilaron a grupos de mercenarios que desembarcaron por las zonas de Imías, Macambo, Yumuri, Baire; donde fueron capturados Vicente Méndez, Amancio Mosqueda (Yarey) y otros importantes contrarrevolucionarios.

No se me ha olvidado que cuando el desembarco de Yarey, al primero del grupo que capturamos fue a Carlos Ibarra. Era oriental.

Al interrogarlo, me reveló que la CIA lo había enviado a Venezuela en unión de otros agentes, con el propósito de liquidarme a mí y al resto de los cubanos que estábamos operando en las montañas.

Le respondí que si no me había capturado, era porque no había podido. Que eso no le perdonaba la vida. "Yo la tuya no te la voy a perdonar. Vas para el paredón a no ser que estés dispuesto a cooperar con nosotros". Ese hombre comenzó a hablar y no había forma de pararlo. Fue de una extraordinaria ayuda.

Me explicó las características de Yarey; cómo se comportaba cuando tropezaba con el cerco; de qué forma trataba de romperlo.

También dio datos sobre algunos colaboradores que tenían en la zona. Todo esto nos ayudó a capturar a Yarey, quien posteriormente sería condenado a muerte por los Tribunales.

Gracias a Ibarra, pudimos conocer los nombres de los buques que mandaban los hermanos a Babún a las costas cubanas, transportando a agentes y armamentos.

Algunas de estas embarcaciones fueron capturadas, al igual que sus tripulantes. Ibarra cumplió algunos años de prisión. Actualmente vive en el extranjero.

—¿Combatió en el Escambray?

—En dos ocasiones: de enero a marzo de 1961 y en 1962 fui designado Jefe de Lucha Contra Bandidos (LCB). Dirigí las operaciones contra las bandas contrarrevolucionarias ubicadas en el Escambray, norte de las Villas y Camagüey.

En esos encuentros capturamos a los cabecillas Osvaldo Ramírez, Tomás San Gil, Arnoldo Martínez y Margarito Lanza (Tondike).

Hay momentos que nunca olvidaré. En el Escambray cogimos a un jefe de bandidos. Hablamos con él para que trabajara con nosotros. Estuvo de acuerdo.

Los compañeros de la Seguridad le enseñaron los métodos de infiltración, cómo pasar la información, etc. A la hora de actuar, el hombre se rajó. Me quedé preocupado.

Ya conocía nuestra forma de operar. Le hice el cuento a Fidel. Me preguntó: "¿Qué vas a hacer?". Le respondí: "fusilarlo". Entonces, con esa grandeza que tiene Fidel me dijo: "coño, Tomás, por un secreto vas a fusilar a un hombre". Ahí libró el bandido.

—¿Cómo eran sus relaciones con el Che?

—Buenas. A su regreso del Congo, el Comandante en Jefe nos ordenó a Manuel Piñeiro y a mí, ir a recibirlo al aeropuerto.

Al descender por la escalerilla del avión, nos llamó la atención que el Che caminaba algo encorvado. Traía una prótesis en la espalda para simular una joroba.

—¿Del aeropuerto para dónde fueron?

—Directo para la finca San Andrés, en Pinar del Río. Allí permaneció el Che hasta su salida para Bolivia.

—¿Qué hablaron?

—Le informé que estaba preparando a un grupo de compañeros para formar una guerrilla. Le mostré el listado. Escogió a algunos e hizo por su cuenta una nueva relación.

Entregué la lista al Ministro de las Fuerzas Armadas quien después me informó que estaba aprobada.

—En la finca, ¿cuáles fueron los primeros pasos que dio el Che?

—Cambió nuevamente su fisonomía. Mandó a buscar al barbero que tenía en el Ministerio de Industrias y le indicó que le hiciera esa media calva delantera. El barbero empleó una pinza y le arrancó los pelos uno a uno. El cabello que le quedó detrás de la calva se lo tiñó de blanco.

Después de terminada la transformación me planteó que le trajera la gente pero sin revelarle su identidad, pues quería probar el disfraz y hacerles a los compañeros una maldad.

Monté al grupo en un camión con encerado y les dije que no podían saber a dónde iban. Los bajé del carro a la entrada de la finca y les informé que a partir de ese momento estarían bajo el mando de un oficial español, quien les transmitiría algunas experiencias de guerra de guerrilla y les advertí: "El tipo es un poco cascarrabia, dice malas palabras, ofende, pero no le hagan caso".

Fui a ver al Che, quien se había puesto un traje y aguardaba dentro de la casa. Me ordenó que formara a los hombres y le avisara.

—¿Cómo fue el encuentro?

—El Che salió. Empezó a dar paseítos frente a la formación. Se detenía e individualmente ofendía a los hombres.

Les decía palabrotas y que se habían acobardado en uno u otro combate. Aquello estaba tenso. A la gente se les veía en la cara que estaban cabrones.

—¿Qué tiempo duró esta situación?

—Hasta que Jesús Suárez Gayol gritó: "Caballeros, es el Che". Ahí mismo se rompió la formación. Todos fueron a abrazarlo.

El Che hizo un plan de entrenamiento que se cumplía rigurosamente. Además, daba clases de quechua.

—¿Cuál es la imagen que conserva del Che?

—La de un hombre entusiasta, afable, sereno, muy seguro de sí mismo.

—¿En qué países ha cumplido misiones internacionalistas?

—Guinea Bissau, Venezuela y en tres ocasiones, Angola.

—¿En qué momento va a Guinea Bissau?

—En julio de 1966 fui a ese país en misión especial. En unión de Amílcar Cabral, Joao Bernardo Vieira (Comandante Nino) y el Comandante Chico, participé en la reorganización de la guerrilla del PAIGC.

Posteriormente nos trasladamos a Madina Boe, en donde planificamos el ataque al cuartel principal de los portugueses en esa zona.

—¿Cuándo entró en Venezuela?

—El ocho de mayo de 1967. Fui en la operación donde pierde la vida Antonio (Tony) Briones Montoto. Su misión era asegurar el desembarco y regresar.

Debíamos llegar a la orilla sin mojarnos. No fue posible. Había un rompeolas que lo impidió.

Además, vimos una luz que iluminaba un cocal. Después supimos que se llamaba el "Cocal de los Muertos".

Le dije a Briones: "vete". Le di un abrazo. Nos tiramos en la arena.

Vi que la luz se proyecta sobre Briones que iba empujando la balsa mar afuera. Aprovechamos y nos internamos en el cocal.

Nos reorganizamos. Atravesamos la carretera Caracas-Barquisimeto y emprendimos el camino de las montañas.

—¿Cuántos desembarcaron?

—Ocho. Cuatro venezolanos: Moisés Moleiro, Héctor Pérez Marcano, Eduardo Ortiz Bucaram, todos dirigentes del MIR y un campesino llamado Aurelio, que más tarde perdió la vida en la guerrilla.

Los otros cuatro éramos cubanos: Ulises Rosales, Silvio García Planas, Harley Borges y yo.

—¿A qué hora pisaron tierra?

—Entre las 2 y 2:30 de la madrugada.

—¿Cuándo llegaron a las montañas?

—A las seis de la mañana.

—¿Qué rumbo cogieron?

—Fuimos a buscar la guerrilla que estaba en la zona del Bachiller.

—¿La encontraron?

—A los tres meses y diecisiete días.

—¿Cómo subsistieron?

—En nuestras mochilas llevábamos dos libras y media de comida. Fidel nos manifestó que no podíamos llevar un peso mayor de treinticinco libras, incluyendo el fusil, que pesaba diez, y las balas.

Como siempre, hasta en la cosa doméstica, el Jefe es sabio. Un día después que teníamos el equipo nuevo: las botas, los uniformes, etc., llegó y me preguntó:

"¿Ustedes probaron el equipo?". Le respondí que no. Mandó a que lo probáramos. Empezaron a surgir dificultades: las botas quedaban apretadas, las mochilas tenían unos ganchos que pelaban la espalda. Así fuimos descubriendo cosas que después, en el campo de acción, hubiera sido imposible resolver.

—¿Qué tipo de comida llevaban?

—Pastillitas de sopa, chorizos, jamón.

—¿En qué momento comían?

—Al atardecer, cuando acampábamos. Hacíamos una candela larga donde cada uno ponía algo dentro de su jarro.

Era la fiesta de la candela. De noche no podíamos caminar por la vegetación. Hasta que se nos acabaron las provisiones.

—¿Cómo se las arreglaron?

—Pasamos mucha hambre. Días enteros sin ingerir ningún alimento. En una ocasión estuvimos más de una semana en esa situación. Solo a base de agua.

Comíamos todo lo que pudiéramos agarrar. Desde mono, burro hasta serpiente venenosa.

—¿Cómo se la comieron?

—Hervida con sal.

—¿A qué sabe?

—A pescado. En ese momento me pareció el manjar más rico del mundo.

—¿Qué tiempo permaneció en las montañas?

—Alrededor de doce meses. Todos muy difíciles. Siempre tuvimos el mismo uniforme y botas que cuando desembarcamos.

Me enfermé gravemente. Llegué a pesar cien libras. Prácticamente no podía caminar.

—¿Cuál fue la causa?

—Habíamos comprado unas gallinas. Las salamos y las echamos en la mochila. Se pudrieron. Yo con la mía hice una sopa. En vez de gallina lo que comí fueron gusanos. Cogí tremenda infección.

Los compañeros me plantearon la necesidad de que bajara. Me dijeron que si tropezábamos con el ejército, ellos no me iban a dejar solo y nos iban a matar a todos. Me convencieron. Y bajé.

—En la ciudad, ¿dónde se alojó?

—En casa de un matrimonio amigo. Me consiguieron un pasaporte. También un cuño. Me tiraron una foto. Quité la foto original del pasaporte y puse la mía.

—¿Cómo salió del país?

—Por el aeropuerto internacional de Maiquetía. No tuve ningún problema. Estaba tenso. Me encontraba desarmado. Si me descubrían, me mataban.

Afortunadamente todo salió bien. Viajé a Río de Janeiro y de ahí seguí a París.

Al llegar a Francia me encontré con unos compañeros que tenían la instrucción de acompañarme.

El Comandante en Jefe había preparado una operación para evitar que no me pasara nada. Una demostración más de que Fidel no abandona a sus hombres.

—Angola fue una experiencia interesante...

—Interesantísima. Durante mi primera estancia desempeñé el cargo de Jefe de la Misión Militar Cubana.

En la segunda ocasión, tuve la responsabilidad de la "Operación Olivo" dirigida al asesoramiento de las FAPLA en la liquidación de las bandas de la UNITA.

Estando en esa tarea me designaron nuevamente Jefe de la Misión Militar. En el último viaje fui como Jefe de la Colaboración Militar.

—¿Estuvo a punto de perder la vida?

—Es cierto. Fue cuando la "Operación Olivo". Se produjo un accidente entre Chipipa y Huambo.

—¿Qué ocurrió?

—Uno de nuestros helicópteros MI-8, cayó arriba del automóvil Volga en que viajaba.

Bajaron mucho y al hacer un giro, una de las aspas chocó contra una loma, el helicóptero se incendió y se desplomó encima del carro.

Murieron todos los tripulantes. Los tres compañeros que iban en el asiento trasero del auto también fallecieron. El chofer, un coronel soviético, quedó herido.

A mí, que iba sentado a su lado no me pasó nada. Al parecer, como los gatos, tengo siete vidas.

—¿Qué hace en estos momentos?

—Escribo. Tengo escritos dos libros: La lucha armada de las FAPLA contra la UNITA en la RPA.

El Centro de Estudios Militares lo ha evaluado: "Constituye un valioso material histórico-militar, el cual nos aporta un gran número de experiencias militares, especialmente en las acciones antisubversivas; que resultarán de gran utilidad en el proceso de formación y preparación de los jefes y oficiales de nuestras Fuerzas Armadas Revolucionarias. Es de circulación restringida.

El otro lleva por título: Rebelión en la cárcel. Trata de mi permanencia en la prisión de Boniato y la posterior fuga en unión de varios compañeros.

El tercero, que está en preparación, tiene como título provisional: Refugio y Combate.

En este libro narro mi vida clandestina y guerrillera hasta el primer encuentro con el comandante Raúl Castro; todos los libros han sido escritos en colaboración con el Teniente Coronel José Garciga Blanco.

—¿Ha sentido temor?

—Sí. El temor se siente. Generalmente me entraba más miedo cuando se terminaba el combate.

Al recordar, analizar los errores cometidos, me asustaba más. El miedo existe. Nadie lo puede negar. El problema es sobreponerse.

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