General de Brigada José Ramón Fernández Álvarez

Orgullo de ser cubano

Me encontré por primera vez con José Ramón Fernández en el teatro de operaciones de la zona de desembarco de la invasión de Playa Girón. Acababa de ser nombrado jefe militar de una de las direcciones de los combates de las fuerzas revolucionarias que, en menos de 72 horas, liquidarían a los mercenarios. Era la mañana del 17 de abril de 1961. A lo largo de estos 46 años nos hemos visto en numerosas ocasiones. Nunca nos habíamos sentado a dialogar tan ampliamente. La conversación resultó cordial. Trató todos los temas de una manera sencilla, abierta y franca. Es una persona jovial, afable, que despliega una extraordinaria actividad. Ha sabido aunar autoridad, responsabilidad y disciplina. Es un excelente organizador. Este cubano, al que llaman cariñosamente “El Gallego”, ha sido empleado en numerosas ocasiones por el presidente Fidel Castro en misiones muy delicadas y complejas. Y las ha cumplido exitosamente

LUIS BÁEZ

¿De dónde eran sus padres?

Mis padres eran asturianos. Mamá del propio Oviedo y papá de Morcín, un pueblecito cercano a Oviedo. Es un lugar muy pintoresco.

¿Cuándo llegó su padre a Cuba?

Como muchos otros españoles de la época, alrededor de 1912-1914, huyéndole al Servicio Militar, que le llamaban "Servir al Rey". Vino a trabajar con un hermano que tenía una tienda de ropa en Ciego de Ávila.

El Comandante en Jefe le entrega el uniforme con las insignias
 de General de Brigada.

Posteriormente, se mudó para Santiago de Cuba donde se hizo propietario de un hotel y otros negocios. Le fue bien.

¿Volvió a España?

Sí, alrededor de 1922 decidió retornar, no sé si con el premeditado propósito de casarse; pero lo cierto es que allí contrajo nupcias con la que sería mi madre.

Estando en España se produjo el célebre crac bancario y perdió todo el dinero. Decidió volver a Cuba.

¿Cómo se llamaban?

Antonio Fernández y Fernández y Palmira Álvarez del Río.

¿Cuál es su nacionalidad?

Cubana.

¿De dónde?

De Santiago de Cuba.

¿En qué año nació?

1923.

¿Vivió todo el tiempo en Santiago?

Siendo un niño, papá compró una finca y nos mudamos para las cercanías de un pueblecito llamado Hongolosongo, en lo que era el término municipal de El Cobre. Ahora pertenece al municipio de Santiago de Cuba, en el límite con Palma Soriano, en las estribaciones de la Sierra Maestra.

¿Su padre llegó a ser un hombre adinerado?

Bueno, sí. Nuevamente en Cuba volvió al negocio de hoteles y no le fue bien. Más tarde alquiló una finca en las cercanías de El Cobre y después compró a crédito la mencionada finca cercana a Hongolosongo, que había sido bautizada con el nombre de Nueva Málaga.

El dueño anterior se llamaba Alejandro Dumas, pariente lejano del autor de los Tres Mosqueteros.

¿Dónde estudió?

Estudié la primaria en la Escuela pública de Hongolosongo y luego en el colegio de los Hermanos La Salle en Santiago de Cuba y en el Instituto de Santiago de Cuba. Ya de joven cursé la carrera militar.

¿La posición económica de su padre le permitió estudiar la carrera militar?

Hasta cierto punto, sí. Desde pequeño me gustó mucho la vida militar. Me atraían la disciplina, el orden y las posibilidades que representaba.

Cursé estudios en distintas instituciones militares. En la de cadetes y de artillería de Cuba y después me gradué en la escuela de artillería del ejército de los Estados Unidos, entre los años 1953-1954; y en un curso en la Escuela Superior de Guerra en 1955 y posterior al triunfo de la Revolución cursé la Escuela Superior de Guerra en 1962-1963.

¿Cómo se explica que con esa educación haya abrazado el marxismo?

Hay que partir de determinados preceptos. La formación en el hogar fue decisiva en mi vida. También la de la Escuela Primaria.

Papá era un terrateniente, pero a la hora de la comida, los empleados se sentaban a la mesa con nosotros. Pese a ser de los pocos blancos que vivíamos en la zona, siempre nos enseñó a llamar a las personas por su nombre y no faltó un pescozón o un severo castigo cuando le decíamos a alguien negro o negrito. En casa nunca existió la discriminación y el artífice fundamental de esto fue mi padre. No podría decirte todavía hoy si ello se debió a su origen humilde o a convicciones propias.

La verdad es que desde muy niño nos inculcó el sentido de la igualdad, de la justicia, de la honestidad, patrones a los que he tratado de ser fiel a lo largo de toda mi existencia.

¿A qué se dedicaba cuando se produjo el ataque al cuartel Moncada?

En esos días se encontraba en la etapa final el curso que recibía en la escuela de artillería y realizábamos las prácticas de tiro con esa arma en la región de Guanito, al noroeste de Pinar del Río. Ese periodo duraba dos o tres semanas y el sábado anterior al 26 habíamos salido de pase a nuestras casas en La Habana, donde conocimos por la radio las primeras informaciones del ataque al cuartel Moncada.

¿Qué pensó de dicha acción?

En primer lugar, había una gran confusión. Las noticias eran las que daban las estaciones de radio, la prensa, obedeciendo a la tiranía.

Era apabullante la información negativa sobre participantes extranjeros, asesinatos y otras acciones que se imputaban a los combatientes revolucionarios, y que hacían llegar al pueblo de Cuba y sobre todo, al ejército.

En esa institución se dieron a conocer numerosas circulares, informaciones, fotos, avisos puestos en tablilla, donde describían como criminal, falta de toda sensibilidad y extranjerizante la acción realizada por los revolucionarios.

Fue solo con el transcurso de las semanas y meses que pudo irse descorriendo el velo de la verdad sobre la personalidad de los atacantes, las motivaciones que los impulsaban, los objetivos que perseguían.

Declaraciones, información de persona a persona, el juicio contra los asaltantes y después contra Fidel, permitieron conocer con algún grado de exactitud todo lo anterior y razonar con calma, aunque dentro del ejército estaba muy polarizada la opinión contra la acción.

Solo pasados los meses me pude identificar con lo justificado de la misma.

En la conspiración militar en que usted participó el 4 de abril de 1956, ¿estaban involucrados los norteamericanos?

Categóricamente No. lo anterior no significa que no hubiera pensamientos diferentes en cuanto a cómo enfrentar la problemática del país, las medidas sociales, las medidas a tomar contra los conspiradores del 10 de marzo que habían violado el orden constitucional, como proceder contra los corruptos, y otros.

Puedo afirmar que el grupo, como tal, no tenía relación, ni había buscado ni esperaba el consejo, auspicio a patronazgo de los norteamericanos. Puede ser que alguien individualmente tuviera relación, amistad y que hubiese filtrado algo.

Tampoco ello significa que alguna agencia de Estados Unidos tuviera un determinado conocimiento de lo que acontecía, pero sin que se pidiera apoyo, ayuda, se diera conocimiento o pidiera permiso. Era una acción netamente nacional y casi netamente militar, aunque al cargo de Presidente Provisional llevaríamos a un civil: Clemente Inclán, rector de la Universidad de La Habana.

Sé que ha habido comentarios y rumores por los cargos que ostentaba el entonces coronel Ramón Barquín en Estados Unidos, de su vinculación con ellos, pero deseo reiterar que, hasta donde conocíamos los principales dirigentes del grupo conspirador, nunca Barquín había puesto a los norteamericanos al tanto de estas cuestiones, ni tenía relación con los mismos para estos fines.

¿Cuál era su posición?

Yo era uno de los del grupo que tenía un programa más radical. Consideraba que había que juzgar a Batista y sancionarlo a la pena máxima como gran culpable de miles de muertos.

Planteaba que había que hacer una reforma agraria, depurar las fuerzas armadas, hacer cumplir la Constitución de 1940 y confiscarles los bienes a los ladrones del erario público. Hasta ahí llegaba yo.

Luego, en presidio, me percaté de las profundas divergencias de criterios que existían entre todos los que habíamos sido protagonistas de aquella conspiración.

¿Qué tiempo pasó en la cárcel?

Tres años. Fui Mayor de la Circular 4, con la aprobación de los más de 500 presos políticos que nos encontrábamos allí, en su inmensa mayoría del 26 de Julio, formados por expedicionarios del Granma, algunos miembros de la Dirección y otros muchos luchadores de la clandestinidad.

Pude conocer con bastante claridad los objetivos de la lucha, con lo que tuve conciencia más clara, no ya de la justeza de la causa, que lo creía, sino de la voluntad, tesón, habilidad, capacidad de lucha y espíritu de victoria de aquel improvisado ejército que dio lecciones de todo tipo al ejército de la tiranía y a los supuestamente más capaces jefes que lo dirigían.

También entré en contacto con algunos miembros del Partido Comunista que se encontraban presos por sus actividades contra la tiranía.

¿Con quién?

Con el que tuve más estrechas relaciones fue con Lionel Soto de quien aprendí mucho.

Sosteníamos conversaciones que duraban alrededor de tres o cuatro horas. Le preguntaba de todo.

Él me fue aclarando conceptos y explicando con brillantez la teoría marxista. Ello provocó la crítica de algunos de mis compañeros militares, quienes llegaron a decir que me estaban "lavando el cerebro".

En aquel entonces mis convicciones e ideas de justicia social eran anémicas y poco sustentadas, en comparación con un socialismo real.

¿Creyó que el Ejército Rebelde podría salir victorioso en la Sierra Maestra?

Yo conocía muy bien al ejército, su organización, estructura, equipamiento, preparación técnica y táctica, y la moral de la mayoría de los dirigentes principales y de otros que estaban en posiciones de cierta importancia, que tenían una actitud condicionada por la corrupción, el robo desaforado, la inmoralidad, la falta de ética y sobre todo, después del 10 de marzo, por la cruel represión que no en pocos casos, llegaba a la tortura más bárbara y al asesinato.

Pero en el orden material, representaba una fuerza formidable de decenas de miles de hombres frente a una incipiente lucha guerrillera con escasos recursos.

Al igual que muchas personas, y así era creído en el ejército, estaba convencido de que "podía derribarse el Gobierno, con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército".

No le vi mayores posibilidades a la lucha en la Sierra, no solo porque eran pocos y estaba dirigida por hombres de la ciudad, sino por la razón anterior.

Luego de lo que se publicó sobre Alegría de Pío, los rumores y la noticia sobre la muerte de Fidel, el resultado del alzamiento de Santiago de Cuba, los primeros meses de muy poca información o de casi ninguna y de las posiciones triunfalistas del ejército, creía que el Movimiento en las montañas había fracasado.

Lo que sí no tenía aquel ejército era moral de combate, espíritu de lucha y voluntad de vencer, pues no había una causa justa, patriótica, que defender; lo que sí poseía el Ejército Rebelde.

El ejército de la tiranía defendía con tesón sus posiciones, cuarteles o instalaciones, pero era muy vulnerable en movimiento.

Tampoco tenían las fuerzas armadas de la tiranía la simpatía y mucho menos el apoyo del pueblo.

En los últimos tiempos el ejército de la tiranía combatía por la supervivencia del Gobierno y del ejército mismo.

Lo sabía, reclutó miles de hombres, aumentó su equipamiento, compró aviones y tanques y se empleó a fondo en la lucha en todas las regiones.

Al propio tiempo el pueblo, los vecinos y en muchos casos la propia familia, desempeñaron un papel importante en hacer ver lo injusto de su causa y la repulsa que despertaban.

Estaba en prisión. Sabía que de ese triunfo dependían muchas cosas, incluso mi libertad, pero tratando de examinar la situación con objetividad, pensaba que la guerrilla estaba embotellada en la Sierra Maestra.

No es hasta después de las acciones ofensivas del Ejército Rebelde y sobre todo, la derrota de la ofensiva de la tiranía, alrededor de mayo de 1958, que me convencí de la posibilidad real de la victoria.

¿Por qué triunfó el Ejército Rebelde?

Porque creía en aquello por lo que combatía, porque Fidel desarrolló una concepción de la lucha en las condiciones de la guerrilla basada en la movilidad, la sorpresa y el ataque a las fuerzas del ejército en movimiento, para las cuales este nunca pudo encontrar protección. En otras palabras, por el genio de Fidel.

Además, la moral de combate que otorga saber que se defiende una causa justa, la capacidad, audacia e iniciativa del Ejército Rebelde hicieron posible la victoria.

¿Cómo se enteró de la caída del régimen?

Desde horas de la madrugada del 1º de enero, se fue haciendo evidente que algo extraordinario estaba sucediendo en la capital. En un pequeño radio de transistores, que clandestinamente teníamos en la circular y que era manipulado, operado y escondido de modo muy meticuloso, se comenzaron a escuchar noticias extrañas y en las primeras horas de la mañana se anunció, por esos medios, que el general Eulogio Cantillo daría una conferencia de prensa en la Ciudad Militar de Columbia.

Cantillo tenía su mando en Oriente, donde era jefe de Operaciones, no era jefe de Estado Mayor Conjunto ni del Estado Mayor General del ejército y era racional pensar que si iba a dar una conferencia de prensa era porque algo extraordinario había acontecido; un golpe de Estado, o habían sido sustituidos los principales jefes militares y quedaba Cantillo, o Batista se había ido. Realmente era una combinación de estos hechos.

Los presos militares y principalmente Enrique Borbonet y yo, le mandamos a avisar al comandante Carlos Viera de la Rosa, supervisor del penal, que viniera a vernos, lo que hizo breves minutos después y nos escuchó detrás de la doble reja de la circular.

Le pedimos con vehemencia, y en medio de un tumulto generalizado dentro de la circular, que nos soltara, que sabíamos que Batista se había ido, lo cual de hecho aceptó, que tuviera el gesto de hacerlo, él que no había cometido crímenes y era una persona que se había conducido con mesura y respeto en los diez días que llevaba al frente del penal. El anterior supervisor, coronel Joaquín Casillas Lumpuy, había sido ascendido y designado jefe del Regimiento 3 en Santa Clara.

¿Qué hizo Viera de la Rosa?

No fue capaz de comprender lo que se le explicaba y al final nos dijo que se iba a trasladar a La Habana, lo cual efectivamente hizo, pues la pista de la avioneta del ejército que patrullaba los alrededores de la Isla, dos veces al día, estaba a 150 metros del penal, al este de la Circular 4 y lo vimos cuando tomó el avión.

Hacía algún tiempo que habían reforzado la vigilancia de la circular emplazando una ametralladora de trípode apuntando a la puerta de la misma, a 50 metros de distancia.

Unas dos horas y media o tres después, regresó. Vino a la circular acompañado de ocho o diez soldados. Viera de la Rosa nos comunicó que decía Cantillo que tuviéramos calma, que en breve tiempo seríamos indultados. Eso fue un insulto para nosotros.

El barullo, y sobre todo la arenga a Viera de la Rosa, no surtía efecto en él, pero sí en algunos de los soldados que lo acompañaban, en los que se les veía claramente que estaban a favor de que nos abrieran la circular. Viera de la Rosa se los llevó y recriminó severamente.

Como a las tres y media o cuatro de la tarde, vimos un avión DC-3 del ejército que pasó en dirección a la pista de la Isla (no era la misma del presidio) y pensamos que era algo relacionado con los presos políticos.

Realmente, ¿qué era?

Unos minutos después se personaron en la puerta del penal, Viera de la Rosa acompañando al comandante Carlos M. Carrillo Ugartemendía y vestido de civil, el comandante Ricardo M. B. Montero Duque, que vino en Playa Girón; entraron a la circular y fueron a hablar con Barquín en su celda.

Pasado un rato, Barquín nos informó que un grupo de los oficiales presos, con él a la cabeza, debíamos salir en el avión que había llegado hacia la capital, pues Cantillo había accedido a una petición de los militares de Columbia, quienes consideraban a los oficiales presos como única vía para detener el triunfo del Ejército Rebelde.

¿Cuál fue su respuesta?

De inmediato surgió la inconformidad en varios de nosotros, especialmente de Borbonet y mía. Lo supo casi de modo simultáneo Armando Hart, que también puso objeciones y se creó un clima de gran tensión.

Hart fue a discutir con Barquín, sin la participación de nosotros, y le exigió más que propuso, que salieran todos los presos como pensábamos Borbonet, otros oficiales y yo, que creíamos que no podíamos marcharnos y dejar a los demás encerrados y mucho menos después del mensaje que había llegado de Columbia.

Ante ese reclamo, Barquín propuso nombrar un oficial de su confianza, de los allí presos, que se quedara al frente de la guarnición de la Isla. Hart no estuvo de acuerdo con esa proposición.

Fue a verme a mi celda y me preguntó si estaba dispuesto a quedarme al frente de la Isla, a nombre del 26 de Julio y de la Revolución, a lo que contesté afirmativamente.

Con esa solución se informó por Hart y por otros dirigentes del 26 a los presos políticos.

¿Pertenecía usted al 26 de Julio?

No. Tenía muy buenas relaciones con los compañeros del 26. Inclusive ellos me propusieron como Mayor de la Circular e instructor militar del batallón que se formó dentro de la propia circular, a los que estuve dándoles clases más de un año.

Hubiera podido por convicción participar como miembro del 26, pero siendo miembro de un grupo de militares, que juntos habíamos intentado derribar la tiranía, no me pareció ético dar ese paso.

Entonces, ¿qué hicieron?

En esas condiciones salimos de presidio Viera de la Rosa, Carlos Carrillo Ugartemendía y Ricardo Montero Duque y unos 23 ó 24 oficiales en tres automóviles, que eran carros nuevos del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) que habían mandado para la Isla.

Algunos, como yo, iban fuera del auto sentados en los guardafangos. Nos dirigimos al cuartel sin que Viera de la Rosa se percatara con antelación.

En el cuartel se dio la voz de atención y se ordenó a todo el mundo a formar en el patio, lo cual hicieron con sus armas largas reglamentarias; el comandante Carrillo les dijo que yo había sido designado para quedarme al frente de la unidad y que Viera de la Rosa y su segundo se marchaban con él para La Habana.

Le hablé a los soldados de modo enérgico y claro, les dije que no había persecución de nadie que no tuviera delitos y les ordené poner las armas en los armeros. El resto de los oficiales, incluyendo a Viera de la Rosa y su segundo, se marcharon hacia el aeropuerto.

Yo designé cuatro o cinco soldados que habían tenido y tenían un comportamiento amistoso con nosotros, como escolta mía.

Además, me armé de una carabina, granada y una camisa con los grados de primer teniente, que era del piloto de la avioneta del Escuadrón, que por cierto, me quedaba chiquita, y tuve que remangarme las mangas.

Inmediatamente con esa escolta partí para la circular y ante la sorpresa de los custodios, que estaban en la puerta, y de la dotación de la ametralladora que estaba enfrente, pues lo hacía vestido de semi uniforme y armado, con el respaldo de un grupo de soldados, ordené abrir la reja, a lo que tuve que conminar, pues había una determinada resistencia para hacerlo.

Rápidamente el batallón formado por los presos políticos, de los que yo había sido el instructor, durante bastantes meses, dentro de la circular, salió en perfecta formación dirigiéndose al cuartel.

Los presos comunes, ¿qué actitud asumieron?

En ese momento no supe si por sabotaje o error, se abrió la puerta de la circular 3, donde se encontraban algunos de los presos comunes más peligrosos y comenzó la ametralladora que estaba en la puerta de la circular a tirar hacia ellos, afortunadamente con poca puntería, pues no hirió a nadie, pero sin que hubiera forma de que obedecieran órdenes de cesar el fuego hasta que, junto a la propia ametralladora, lo logré.

A medianoche de ese día primero se produjo un plante de presos en las circulares, pidiendo que los liberaran. Con el compañero Hart fui circular por circular, no hubo necesidad de hacer uso de la fuerza y el plante culminó.

En horas de la madrugada Mario Salabarría, que estaba preso, me mandó a buscar y me pidió, por la antigua colaboración que había tenido con nosotros cuando estábamos presos en La Cabaña, pasándonos información, etcétera, que lo pusieran en libertad.

Le contesté persuasivo, pero clara y firmemente que no, que el Gobierno Revolucionario que se estableciera tomaría la decisión que estimara oportuna y le recomendé que no hiciera ninguna tontería.

Sustituimos las postas de soldados de la guarnición y también del presidio por nuestros compañeros y nos dedicamos a detener a los presos comunes escapados y a los esbirros como los comandantes Juan Capote Fiallo y Pedro Rodríguez (Perico), Pistolita, el Japonés y otros.

Hasta donde conozco, sólo lograron evadirse cuatro presos comunes que se dirigieron al puerto de Júcaro en el oriente de la Isla, tomaron un yate y llegaron a México. Todos los demás fueron apresados.

Cuando se produjo la balacera, el batallón de presos políticos que marchaba hacia el cuartel trató de guarecerse ante todos los obstáculos que encontraba y recuerdo con nitidez que el avión que conducía a los otros compañeros hacia La Habana, pasó por encima del presidio en esos instantes.

Ya dentro del cuartel le entregamos las armas de los almacenes y las que estaban en los armeros, a los hasta entonces presos políticos.

¿Qué pasos dio cuando se normalizó la situación?

Establecido el control, me dirigí al hotel Colony, pues corrían rumores de que Batista había aterrizado en Siguanea. Registré la casa de Batista, la casa de Justo Luis del Pozo donde encontré la mitad de un chorizo en el refrigerador y como tenía hambre lo confisqué y después me personé en el hotel, revisé la lista de huéspedes y entrevisté a algunos.

Se detuvo toda la fiesta que había en el hotel con motivo de su inauguración ese día o la noche anterior.

Se acercó a verme un coronel de la fuerza aérea de Estados Unidos y me pidió si podía continuar, porque venía con su permiso de cacería, que era su objetivo, lo cual autoricé.

A finales de la década de 1980 un hijo de ese coronel, que había pasado a ser consuegro de Richard Nixon y que estuvo de visita en Cuba, me trajo saludos y me dijo que su papá recordaba con agrado la forma en que había sido tratado.

También me personé en La Cañada en la casa del contratista González del Valle, que era socio de Batista y de Capote. Lo detuve. Un hermano de él, que estaba allí, me dijo en tono retador, que a donde fuera su hermano iría él.

Entonces le dije: "Vengan los dos" y los recluimos en presidio. Igualmente hicimos con otros connotados delincuentes.

¿Quién se quedó al frente de la Isla?

Al salir el grupo de oficiales presos, también lo hicieron Hart y otros dirigentes del Movimiento 26 de Julio.

El compañero Hart se quedó como representante del Movimiento en la Isla y jefe civil de la misma.Yo estaba al frente de lo militar.

Creo que la primera arenga revolucionaria que recibió el pueblo de Isla de Pinos, mediante la radio local fue la mía, cuando aquella noche, que pareció corta para todos, me pidieron que fuera a la estación y le hablara al pueblo.

El puesto naval se negó a entregar el mando a oficiales de la marina que estaban presos y que yo había mandado para que asumieran el control de la situación. Le mandé a responder con un mensaje enérgico, diciéndoles que no llamaba por teléfono para concertar la paz, que entregaran el mando y las armas de inmediato, así como que el personal se pusiera a las órdenes del mensajero que enviaba, lo cual hizo.

Tanto Hart como yo no permanecimos más de 48 horas en la Isla, pues tuvimos que viajar a la capital donde habíamos sido mandados a buscar.

Ya en La Habana, ¿a dónde se dirigió?

Al Estado Mayor donde se encontraba Barquín y también el coronel José Rego Rubido. Era el 2 de enero.

Ese mismo día, en horas de la tarde saliendo del Estado Mayor, me tropecé con Aldo Vera que actuaba como Jefe de la Policía o algo similar y me comentó que había mandado a buscar refuerzos para detener a Cantillo, que se encontraba en su casa bien escoltado.

No sabía que Cantillo estaba suelto; había oído a Fidel y la denuncia de la traición de Cantillo; y además creí que el mismo en libertad, representaba algún grado de peligro, por lo que dije a los compañeros que iba para su casa a detenerlo.

¿Cómo se produjo la detención?

Fui solo. Pregunté por él. Dos de los ayudantes que estaban allí, el teniente coronel José de J. Martínez Suárez y el comandante Roberto Collado Alvarez (ambos vinieron en la invasión de Girón), me preguntaron en forma airada qué íbamos a hacer, si íbamos a entregar al ejército.

Es lógico que les di la merecida respuesta por la traición que ellos habían cometido. En primer lugar, a la Patria, y en segundo lugar con la institución, apoyando a Batista, su tiranía, crímenes y robo; y pregunté por Cantillo.

Me contestaron que estaba bañándose. En la sala de la casa había una situación tensa con esos dos oficiales y varios hombres de la escolta de Cantillo.

Al pasar varios minutos y Cantillo no salía, sin muchas preguntas me dirigí a la habitación donde se encontraba, abrí la puerta y estaba en paños menores. Al verme entrar a su habitación, sin avisar, se aproximó a saludarme y expresó: "Cuánto tiempo sin verte, Fernández", a lo que contesté con un ríspido; "Porque usted no quería general" y seguidamente le dije: "Vístase que nos vamos".

¿A dónde lo llevó?

Lo saqué directamente de la residencia a los calabozos de Columbia, donde había más de un centenar de coroneles, tenientes coroneles, comandantes y otros oficiales presos.

Minutos después me encontré con Hart que estaba gestionando hablar con Fidel en Santiago de Cuba y le informaron que ya había salido hacia Bayamo. Lo acompañé a la Fuerza Aérea por una pequeña carretera que existe dentro de la entonces Ciudad Militar. Allí tampoco pudo localizar a Fidel y partió para Santiago de Cuba en un avión militar puesto a su disposición y pasó esa noche en Santiago en casa de las hermanas Ruiz Bravo. Al día siguiente en el propio avión se trasladó a Camagüey, donde contactó con Fidel. En esa oportunidad fue nombrado Ministro de Educación.

En el acto del juicio oral, ante el Consejo de Guerra que lo juzgó, Cantillo expresó que yo, inconsultamente lo había detenido, pero que Barquín le había ofrecido un avión para que se fuera de Cuba y él no había querido irse.

Como no me gustaron las medidas que estaba tomando Barquín en relación con los diferentes mandos militares, le informé a él y a otros compañeros que me iba para mi casa y me marché.

Esa fue una actuación incorrecta de Barquín, violando incluso las ideas y concepciones en que se basaba nuestro movimiento en abril de 1956 y ratificado, infinidad de veces, en nuestras reuniones en prisión.

Comencé a trabajar en un cargo privado en la vida civil: administrador del central Narcisa, hoy Obdulio Morales, en Yaguajay, provincia de Las Villas.

¿En qué momento conoció personalmente a Fidel Castro?

El 12 de enero de 1959. Ese día Fidel se reunió en el antiguo Estado Mayor de Columbia —hoy Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona— con un grupo de los 18 ó 20 militares más connotados que habíamos estado presos. Nos explicó los proyectos de la Revolución. Al terminar, nos pidió incorporarnos al Ejército Rebelde. Al único que asignó un mando, fue a mí, los demás todos fueron como asesores.

A usted, ¿Fidel qué le planteó?

Asumir la dirección de la escuela de cadetes. Prudentemente no le dije nada. Cuando se acabó la reunión le pedí hablar con él.

Recuerdo que me llevó para un saloncito aledaño. Me preguntó qué quería. Le contesté que realmente no sentía que hubiera hecho nada por la Revolución, aunque no tenía nada en contra del proceso. Al contrario. También le manifesté que no tenía interés en volver al ejército, al cual había que transformar desde sus raíces. Además, ya tenía trabajo. Me interrumpió y preguntó:

"¿Qué trabajo tienes?"

Le informé que administrador de un central. Volvió a preguntarme:

"¿Cuánto ganas?"

Le respondí: "Mil pesos". Y me dijo:

"Yo no sé si te podría pagar tanto"

Seguí argumentando. Comenzó a dar pasos dentro de aquel pequeño salón. De repente, se detuvo me puso la mano en el hombro y expresó:

"Creo que tienes razón. Tú te vas para el central. Yo me voy a escribir un libro sobre la Sierra Maestra y la Revolución que se vaya para el carajo".

Ese mismo día en horas de la tarde tomé posesión como director de la escuela de cadetes de Managua.

¿Qué tiempo permaneció en las Fuerzas Armadas Revolucionarias?

Once años. Los primeros de la Revolución. Ocupé distintas responsabilidades incluyendo la de viceministro, bajo el mando directo de Raúl Castro.

Soy de la opinión de que las fuerzas armadas, su prestigio, disciplina, orden y organización se deben, no sólo al liderazgo de Fidel, sino también a la ejecución directa de Raúl, que como Ministro, es quien dirige y controla cotidianamente la actividad.

¿Cómo valora el papel de Raúl?

Los enemigos critican, calumnian y temen a Raúl. La reacción jamás ha perdonado a sus sepultureros.

Puedo decirte con conocimiento de causa, que Raúl ha sido y es un extraordinario forjador de cuadros.

Además, es uno de los mejores compañeros que he conocido en el plano personal.

Es un hombre sumamente organizado, ordenado, sistemático, exigente, que por sobre todas las cosas predica con el ejemplo, capaz de llamar la atención cuando tiene que hacerlo y estimular cuando hay que estimular.

Justo y enemigo acérrimo de cualquier injusticia, por muy pequeña que ésta sea, máxime cuando afectan al hombre del pueblo.

También es muy criollo.

Criollísimo, afable, atento, sensible, chistoso, con un carácter muy abierto y profundamente humano.

Como padre, junto a Vilma ha sido muy preocupado por la educación y el cuidado de sus hijos, ejemplo para que los demás dirigentes hagan lo mismo con los suyos.

He recibido de él y de Fidel distintos estímulos y el primero de todos ha sido su confianza en mí. Uno de los que siempre me viene a la mente, con mayor cariño, es el de mi ascenso a Comandante luego de Girón.

Fue precisamente en las arenas de Playa Girón donde nos conocimos.

Hace ya cuarenta y seis años.

Siempre que pienso en ese hecho recuerdo que me llamó poderosamente la atención el entusiasmo que usted mostraba.

Es cierto. Fui a Girón entusiasmado, no sólo porque iba a defender una causa justa y a enfrentarme a un enemigo poderoso, que significaba un gran peligro para la Revolución sino también, porque en mi caso particular, me ofrecía la oportunidad de realización personal, de mostrar mi lealtad a la Revolución y a la confianza que en mí se había depositado.

Es verdad que había tenido una actitud de rebeldía, de inconformidad y acción contra el régimen de Batista y no se puede dejar de valorar lo que eso significaba en aquella época, pero no había tenido la oportunidad —que sí la tuvieron diariamente los compañeros que combatieron en la Sierra y el llano— de poner en riesgo mi vida y demostrar la lealtad a las ideas que profesaba.

Girón significó participar con mis propias manos en la defensa de la Revolución y del Socialismo. Entonces reforcé mi convicción de que mi destino se había fundido para siempre al destino de este pueblo heroico.

¿Qué significó para usted ser Ministro de Educación?

Una experiencia extraordinaria. Cuando se me informó de la designación constituyó para mí una verdadera sorpresa. Antes había ejercido durante unos meses como Viceministro Primero de esa rama.

En los momentos en que pasé para Educación era Viceministro de las Fuerzas Armadas.

Una noche el Ministro, compañero Raúl, me llamó y me dijo que había el propósito de que pasara a trabajar en Educación como Viceministro Primero, donde podría ser útil y con su conocida sensibilidad, comentó que si no lo deseaba no estaba obligado a aceptar.

También me manifestó que si aceptaba y en cualquier momento me arrepentía podría "correr de nuevo" para el MINFAR. Por supuesto, como he hecho a lo largo de mi vida en todo el proceso revolucionario, mostré mi conformidad y pregunté cuándo debía ir a la nueva tarea.

¿En qué momento se incorporó?

El 1 de septiembre de 1970. El Comandante en Jefe me brindó una excepcional atención ayudándome a comprender la misión.

¿Cuáles fueron los aspectos educacionales más importantes en la década del setenta?

A finales de la década del sesenta y primeros años de la del setenta se produjo una gran acumulación de alumnos en los primeros grados de primaria, lo que el Primer Congreso de Educación y Cultura definió como la "tupición del sistema": falta de una eficiente tasa de promoción y una mayor afluencia de niños a la escuela, debido al crecimiento de la población en los primeros años de Revolución.

Todo ello, más la falta de maestros y otras causas, crearon una fuerte contradicción en el Sistema Nacional de Educación que condujo a la conveniencia de que se celebrara el mencionado Primer Congreso en abril de 1971, que significó un diagnóstico muy profundo de todos los problemas que se presentaban en el sistema.

No solo se señalaron deficiencias, sino que se trazaron los fundamentos de la estrategia a seguir en esta rama: necesidad de formar maestros y de modificar los planes y las formas de hacerlo, la atención inmediata al establecimiento de planes y programas de estudio, a la elaboración de libros de texto, de materiales didácticos para la enseñanza.

Igualmente requerimientos organizativos en la escuela para elevar la escolarización, asistencia y retención, que presentaba serias irregularidades; la atención al maestro no titulado que permitiera un mínimo de preparación docente. Medidas organizativas y de otra índole trajeron como resultado un mejoramiento en los indicadores principales de la educación primaria y como consecuencia, una explosión de la matrícula en la enseñanza media.

Uno de los grandes logros en este periodo fue el hacer posible que todo el personal docente tuviera el nivel superior y la preparación de grandes contingentes de educadores que se fueron apropiando progresivamente de las ciencias pedagógicas.

Las batallas por el sexto y el noveno grados, a alcanzar por la población adulta, fueron grandes victorias obtenidas en esos años, al igual que la consolidación de la enseñanza técnica y profesional.

Los estudios, análisis e investigaciones que llevaron a la toma de decisión del perfeccionamiento del sistema educacional, que conllevó a planes de estudios, programas y libros de textos nuevos que se ejecutaron y pusieron en vigor con el adecuado proceso de tránsito para acelerar esos cambios, significaron una transformación trascendente para toda la educación en el país, incluyendo los estudios universitarios, la formación de postgrado y el trabajo en general de todo el organismo y las esferas que le competen.

Ya a partir de los años ochenta se desarrolla de forma masiva, la formación posgraduada y la investigación pedagógica y psicológica y se comienza a consolidar el proyecto del perfeccionamiento constante del Sistema Nacional de Educación.

Cuando llegó el momento y se consideró por nuestra dirección la conveniencia de que dejara de estar al frente de las tareas de la educación, el compañero Fidel me lo planteó, con unos dos meses de antelación a su realización, e igualmente expresé del modo llano y firme como lo siento: "¿Adónde debo ir, qué debo hacer, qué tarea se me designa?

Me fui contento del trabajo realizado. Como todo ser humano cometí errores. Pero mi mayor satisfacción es haber dado mi modesto aporte, convencido de que la educación es un gran monumento de Fidel a la Patria, es su obra.

Ud. sostuvo una entrevista con Sadam Hussein

A principios de noviembre del año 1990, poco antes de la llamada primera Guerra del Golfo, recibí la misión del compañero Fidel de encabezar una delegación que debía viajar a Iraq con el propósito de entregar un mensaje personal al presidente de ese país Sadam Hussein.

Fue una delegación de unas diez personas las que viajamos a través de Europa a Ammán, capital de Jordania, y de ahí en un avión ejecutivo que envió Sadam, volamos directamente a Bagdad en horas de la noche y a baja altura durante todo el vuelo.

Al día siguiente de llegar a Bagdad nos recibió el Presidente acompañado de su Estado Mayor, los principales dirigentes del Gobierno y del partido BAAS, a quien había enviado por adelantado el mensaje del compañero Fidel y con quien debía desarrollar un guión de varias páginas escrito en La Habana, bajo la dirección de Fidel argumentando todas las razones legales, de respeto a la soberanía de los países, éticas y morales pudiéramos decir, que había para rechazar como rechazábamos y rechazó la comunidad internacional la injustificada invasión y ocupación de Kuwait.

Durante aproximadamente dos y media a tres horas pasados los saludos y amable atención de Sadam Hussein, y utilizando la traductora que él designó, aparte del que nos acompañaba a nosotros, después de comentar el contenido de la carta que él recibió y reafirmarle yo algunos aspectos, pasé a enumerarle, argumentándole los distintos puntos del guión que llevaba al efecto.

Al finalizar, el presidente Hussein indicó un receso y se retiró él y después algunos de sus colaboradores a un local aledaño, mientras que nosotros permanecimos en el salón por un espacio cercano a una hora. Al final del receso regresó Sadam Hussein; agradeció la información que se le brindó e hizo referencia a la fuerte reacción en apoyo a Iraq que habría en los países árabes si Estados Unidos le atacaba.

Le argumentamos y mencionamos las agrupaciones de tropas que los Estados Unidos habían ubicado en los alrededores, una poderosa flota naval con varios portaaviones, aviones de ataque en varios lugares cercanos, unidades de infantería, artillería, tanques, que totalizaban cerca de medio millón de hombres, información esta que de un modo u otro se había filtrado y era conocida. Le señalamos lo importante que era el consenso internacional que había logrado Estados Unidos para llevar adelante la acción y tenía la justificación legal para ejecutarlo en base a las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Hasta las condiciones climatológicas próximas, favorables al desarrollo de las acciones les fueron señaladas al presidente Sadam Hussein con todas las recomendaciones propias del caso.

Le sugerimos dirigirse al secretario general de Naciones Unidas, Pérez de Cuéllar, a través de un mensaje directo, con el objeto de facilitarle una negociación sin los condicionamientos que estaba imponiendo Estados Unidos y le señalé, transmitiendo la idea del compañero Fidel, que cualquier respuesta debía responder a la necesidad de devolver de inmediato la soberanía a Kuwait y añadí de acuerdo con lo que tenía indicado, que la toma de una iniciativa por él a favor de la paz podía promover una acción de apoyo a la solución política y en contra de la guerra por parte del Movimiento de los No Alineados.

Incluso, hablamos de la posibilidad de que en la próxima reunión de los No Alineados, convocada para Ghana en África, tal vez podría lograrse un elemento de apoyo convocando a una reunión extraordinaria y por último lo alertábamos diciéndole que si había tenido el valor de firmar la paz con Irán, que era algo más difícil que evitar la guerra futura y lo había logrado, que era necesario salir de esa situación desventajosa que se había convertido en una trampa para Iraq; que para ello debía flexibilizar su posición y que en opinión de Fidel no había otra opción.

Le insistí en lo que se planteaba en uno de los párrafos de la carta de Fidel que reproduzco:

"En mi opinión, la guerra se desatará inexorablemente si Iraq no está dispuesta a lograr una solución política negociada sobre la base de retirarse de Kuwait. Esa guerra puede ser sumamente destructora para la región, y en especial, para Iraq, independientemente de la valentía con que el pueblo de Iraq esté dispuesto a luchar."

Actualmente tiene la responsabilidad de atención al deporte.

Efectivamente, tengo responsabilidades desde hace años con la atención al deporte en Cuba.

Antes de la Revolución, lo digo y se puede demostrar de modo convincente, en Cuba había deportistas individuales, pero no había un deporte al alcance del pueblo, estimulado y protegido por el Estado como un derecho de todos.

Antes de la Revolución, de 13 Juegos Olímpicos Cuba participó en siete y solo asistieron 114 atletas, entre ellos una mujer y obtuvieron 14 medallas de oro, muy merecidas, pero prácticamente con un solo atleta Ramón Fonst, que sentía y actuaba como patriota cubano aunque se entrenaba y vivía en el extranjero.

Después del triunfo de la Revolución de 12 Juegos Olímpicos celebrados hemos participado en 10 con 1 433 atletas, de ellos el 24% mujeres y hemos logrado 60 medallas de oro: véase la diferencia.

Hemos dejado de asistir a dos Juegos Olímpicos por justificados motivos de solidaridad.

La Revolución creó un organismo, el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) que es el encargado de llevar adelante toda la labor en esa esfera.

En los planes de estudios del sistema educacional aparece la educación física y el deporte como una asignatura de carácter obligatorio. No se obliga a qué deporte o actividad física realice, pero sí de acuerdo con la vocación, actitud y posibilidades, ello constituye una asignatura más.

El deporte está por precepto institucional establecido como un derecho del pueblo y como tal se ejecuta.

El deporte para todos, cuyo 11no. Congreso Mundial se celebró en Cuba a finales de octubre y principio de noviembre del pasado año 2006, constituyó un reconocimiento y un ejemplo de lo que un pueblo pobre y bloqueado puede hacer en función del deporte, como una corroboración de lo que se ha logrado en el de alto rendimiento.

Se hacen ingentes esfuerzos; se forman decenas de miles de técnicos; se incita a todos a practicar deporte y educación física como un medio de salud, de sana recreación, de uso del tiempo libre, de desarrollar la voluntad, el espíritu, del esfuerzo y las buenas relaciones y la amistad entre todos los competidores.

La pirámide de alto rendimiento que se logra en base a la selección voluntaria de la práctica del deporte para todos y del desarrollo de las escuelas de iniciación deportiva, son un ejemplo y los juegos escolares que se celebran cada año después de finalizado el curso escolar, con la participación de todos los que tienen la calidad y aprobaron sus asignaturas del año, son la fuente de donde salen nuestros campeones, muchos de ellos reconocidos en el mundo entero por su integridad, juego limpio y patriotismo.

Con motivo de la excesiva comercialización, cuando el deporte ha dejado de ser de aficionados y el marketing desempeña un papel importante en las decisiones que se toman, el robo de talentos o sea, el robo del músculo, de los ricos contra los pobres, el doping como formas de engaño, llegando a constituir redes y los fraudes de diferente naturaleza, son motivo de profunda preocupación.

Cuba no permite y no alienta a que ningún extranjero defienda las heroicas banderas deportivas de la Patria, no se afilia a la comercialización galopante; no depende de las grandes transnacionales para financiar o apoyar su deporte y procura por todos los medios que el deporte cubano sea acreedor, como lo es, al creciente reconocimiento y sano orgullo que el pueblo manifiesta por sus glorias deportivas.

¿Cómo le dieron la noticia del ascenso a General de Brigada?

El viernes 12 de abril de 1996, en horas de la noche, avisaron a mi casa que estuviera en mi oficina localizable el día siguiente, a las 15:00 horas, que el Comandante en Jefe me llamaría.

Estuve pensando en todos los asuntos que atiendo, cuestiones pendientes y en otros aspectos y preparé los materiales que podían ser de interés para la citación de Fidel. El sábado 13 participaba en una reunión del compañero Carlos Lage, con los presidentes de los Consejos de la Administración de las provincias y otros dirigentes y en horas del mediodía me avisaron que el Comandante no me llamaría a las tres, sino que lo haría más tarde.

Ya casi al anochecer llamaron a Lage y me indicó que debíamos dirigirnos a la oficina del Comandante en Jefe en el otro piso y al verme recoger los papeles me dijo que no llevara nada, lo cual ciertamente me llamó la atención, pero sin imaginar los motivos de la citación.

Al llegar a la oficina del Comandante se encontraban, además, Raúl, Almeida, Ulises y Felipe Pérez, en fila y había un equipo de televisión, cuestión bastante extraña.

Me ordenaron pararme frente a ellos y Felipe leyó la orden de ascenso. El Comandante me entregó las insignias y me indicó permanecer en ese lugar.

También le confirieron la Orden Playa Girón.

Es cierto. Felipe leyó el Acuerdo del Consejo de Estado y el Comandante también me impuso la Orden.

¿En esos momentos qué pasó por su mente?

Como no estoy en servicio activo hace muchos años, no esperaba, ni pude imaginar que tal cosa aconteciera.

Ello significa un gran honor y ambas cosas en rápida sucesión, me produjeron un estado emocional, casi un bloqueo mental, una emoción que prácticamente no me permitía hablar.

Constituyen en realidad la más grande emoción, satisfacción, que un hecho de ese tipo puede proporcionar y también uno de los más grandes compromisos en mi ya no corta vida.

Tan grande era la emoción, que solo pude pronunciar más que unas pocas palabras de agradecimiento a Fidel y a Raúl por haberme permitido desde el año 1959 hasta ahora, sentirme realizado como hombre y como cubano, al tener la oportunidad de servir a la causa del pueblo y del socialismo.

La Orden Playa Girón la entiendo como recibida en nombre de los que lucharon en aquella jornada y particularmente de los que cayeron gloriosamente en la misma.

Al recibir esos dos honores y durante los momentos posteriores, cuando al hablar con los compañeros Fidel, Raúl y los otros, trajeron un uniforme completo con las insignias de General de Brigada y me indicaron ponérmelo, pasaban por mi mente, como una rápida sucesión de imágenes, el juicio ante un Consejo de Guerra en abril de 1956, donde fui enviado a prisión.

Recordaba la cárcel donde adquirí, en esos tres años, una gran experiencia e incorporé numerosos conocimientos y valores políticos y patrióticos; la salida de presidio, el apoyo y la confianza que depositaron en mí Fidel y Raúl, que me otorgaron funciones y autoridad en la vida militar y civil.

Como final de esa representación mental, Girón, la orden del Comandante en Jefe, su cumplimiento y la lucha, las complejidades y dificultades materiales de toda índole, los acontecimientos durante aquellos tres días, los caídos; la rendición, dispersión y huída de los apátridas que nos invadieron, pero sobre todo el espíritu patriótico de las milicias, de los cubanos, todos los que allí combatieron y la dirección continua, firme, exigente, meticulosa, del compañero Fidel, que nos permitió alcanzar la victoria.

Por último, venía a mi mente el compromiso con la Patria, con la Revolución, con Fidel y con Raúl, que es, si ello puede ser posible, cada vez mayor.

¿Qué sintió cuando le otorgaron el Título de "Héroe de la República de Cuba"?

El otorgamiento del Título "Héroe de la República de Cuba" el día 19 de abril del año 2001, conjuntamente con un grupo de compañeros, constituyó para mí una enorme sorpresa.

No lo supe hasta el momento de comenzar la ceremonia de entrega de condecoraciones, cuando el encargado de leer el Acuerdo del Consejo de Estado, el Secretario de ese organismo Dr. José Miyar Barrueco, leyó el documento donde aparecíamos varios compañeros. Es el honor más grande recibido en mi vida.

En Playa Girón, con motivo del Aniversario 40 de la victoria sobre los invasores, se otorgó a un grupo de diez compañeros. Fue un acto solemne en el que partimos de La Habana en helicóptero para el aniversario de la victoria y no fue hasta ya comenzada la ceremonia que nos enteramos de que éramos objeto de ese reconocimiento, a lo que después el compañero Fidel en la clausura del acto hizo referencia.

Son varias las ocasiones con motivo de reconocimientos, ascenso a General y Orden Playa Girón y el Título de Héroe de una profunda emoción y de sentirnos en el alma la reafirmación del compromiso que tenemos para con el pueblo, el Partido, Fidel y Raúl, para con la Patria misma.

¿Cómo se ven reflejadas en Fidel las características del gallego?

En su persistencia. En luchar hasta las últimas consecuencias por una causa considerada justa.

Unido a eso, en su talento, habilidad, espíritu de sacrificio y generosidad, están plenamente reflejadas las características del gallego en Fidel.

Estar durante más de un tercio de siglo al lado de Fidel, ¿qué ha significado para usted?

Una enseñanza constante. El privilegio de estar al lado del estadista más grande de la etapa contemporánea, el orgullo de ser cubano y poder servir a la Revolución, ha sido la culminación de mi vida.

Haber podido estar estos años al lado de Fidel es la mayor enseñanza y gloria a que podía aspirar en mi vida. Nunca soñé con nada igual.

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