General de División Antonio Enrique Lussón Batlle

Ocho Leones Feroces

Al ser humano hay que tratarlo para saber cuánto puede haber de calidad en él. A veces se es injusto cuando se califica a alguien sin realmente conocerlo. Eso le puede haber ocurrido a algunas personas con el General de División Antonio Enrique Lussón Batlle, Héroe de la República de Cuba. De carácter fuerte, al igual que su padre, jamás le han interesado las posiciones. Siempre se ha considerado como un medio básico de la Revolución. Todos los cargos los ha desempeñado con entusiasmo, seriedad, modestia, pero sobre todo con mucha honestidad. En muchas ocasiones había conversado con Lussón. Sinceramente, lo vine a conocer en esta entrevista, cuando al escarbar en su crudeza, me encontré con un hombre extremadamente emotivo y con profunda sensibilidad.

(Tomado del libro Secretos de Generales)

LUIS BÁEZ

—¿De dónde es usted?

—Soy oriental. Nací el 5 de febrero de 1930, en Santiago de Cuba, en las calles Martí y Moncada. En el capitalismo le decían Moscú como símbolo de lo peor. En aquellos años se acostumbraba a inscribir a los hijos en pueblitos cercanos y mis padres me asentaron en El Cristo.

Mi papá Antonio Lussón Laforcade, era de Alto Songo, de origen campesino. Mi madre, Aurora Batlle Escrich, era santiaguera, de familia humilde, única hija, estudió piano pero al casarse lo dejó en el séptimo año.

De ese matrimonio nacimos diez hijos; seis hembras y cuatro varones. Soy el mayor.

El viejo, a los veintidós años, heredó de su padre de crianza la finca María Manuela en el municipio Songo-La Maya, en un lugar conocido por Dulce Nombre, entre La Prueba, La Victoria y San Benito.

Junto a Fidel y Raúl el día en que lo ascendieron a General de División.

—¿Qué extensión tenía la finca?

—Seis caballerías. Estaba dedicada en un principio a café. Después se comenzaron a sembrar frutos menores, viandas, granos y una o dos caballerías de caña. También teníamos alrededor de cincuenta cabezas de ganado vacuno y porcino.

Pasé los primeros seis años en la finca, con mis padres. A los siete años me llevaron para Santiago a la casa de una tía. Cursé los tres primeros grados en una escuelita que tenía la que fuera mi primera maestra, Sósima de la Torre, a quien recuerdo con gran cariño.

El cuarto y quinto los hice en la Escuela Pública No. 6. El sexto, en la anexa a la Normal y la Preparatoria para ingresar al Bachillerato en la academia privada Instituto Americano de los hermanos Machirán.

Fui internado en el Colegio Hermanos de La Salle, donde aprobé los dos primeros años de bachillerato. La situación económica de mis padres se hizo difícil y no pudieron seguir pagándome los estudios. Decidieron que volviera para la finca donde comienzo a trabajar como uno más.

Mi afición y perspectivas en el béisbol tuve que dejarlas, al incorporarme al campo.

—¿En qué trabajó?

—En la atención de cultivo a la siembra, transportación con mulos, carretas, arando tierra; ordeñaba veinticinco vacas todos los días, hasta que pudimos comprar un camión Ford.

Lo adquirimos a plazos. Las agencias de vehículos vendían con una pequeña entrada. Estuvimos pagando letras durante treinta y seis meses con altos intereses. Ya había cumplido los diecisiete años. También me convertí en colono azucarero.

—¿Cómo fue eso?

—Mi padre, para buscar ventajas, inscribió una parte de las tierras a su nombre y la otra a nombre mío. En esos momentos tenía dos "C": "Colono-Camionero".

Cuando planteabas el interés de dedicar alguna tierra al cultivo de caña, te la inspeccionaban. Lo aprobaban o no, según el suelo. Investigaban la solvencia económica, deudas, responsabilidad, seriedad, prestigio, etc. Al aprobarte, eras un colono afiliado a ese central.

Tenían una norma de préstamo en subsidio. Según la cantidad de tierra a sembrar te abrían un pequeño crédito. Preparabas la tierra durante cuatro o cinco meses y la sembrabas. El inspector volvía a los cuarenta y cinco días de sembrada la caña y según había nacido, su vitalidad, te adelantaban algún dinero.

Realizaban tres o cuatro inspecciones periódicas donde, según lo visto, te daban un por ciento, del por ciento total convenido, de forma escalonada, de lo que te habían normado.

Así eran las cosas, pero algo muy importante y valido en aquella sociedad era que pasabas a ser colono azucarero. En una ocasión en que asistía a una reunión en Holguín conocí a Ramón Castro. Estoy hablando de 1947. Desde hace muchos años Mongo viene dando consejos sobre la caña y fíjate que todavía no le hacemos todo el caso necesario, ni hacemos todo lo justo y sabio que él recomienda con vehemencia y sabiduría. Increíblemente los colonos lo oían más y llevaban a vías de hecho lo que nosotros no le atendemos suficientemente.

—¿A qué hora comenzaba a trabajar?

—A las 3:00 a.m. salía con el camión a cargar la caña, tras un desayuno de campesino preparado por mi madre. Al tocar la corneta corrían hacia el campo los 18 macheteros que cortaban caña. Comenzábamos a cargar el camión.

Había que empezar a media madrugada para ser el primero en llegar a la grúa. El que llegaba primero ganaba tiempo y tenía más posibilidades de cubrir los viajes asignados para ese día. En ocasiones, al más adelantado le daban un viajecito extra, aunque se lo quitaran a otro para acabar más temprano los grueros.

—¿Cómo tenía organizado el trabajo?

—Los dieciocho hombres estaban organizados en seis brigadas de tres macheteros cada una. Con gran disciplina y eficiencia. Se cortaba y cargaba a mano. Se hacían pilas o bultos grandes de cuatrocientas, quinientas y seiscientas arrobas, según el resultado del cultivo. No nos demorábamos más de veinte minutos en cargar el camión.

Practicaba el multioficio: manejaba, cargaba, organizaba, exigía la disciplina, y sancionaba.

—¿Cuándo daba el último viaje?

—Entre las 13:00 y las 15:00 horas. Llegaba a mi casa; ya mi padre, que también manejaba me esperaba en el portal, cogía el camión y se iba por el barrio a cargar frutos menores, viandas, granos.

Dormía hasta que regresaba el viejo con el camión cargado y entonces salía hacia la plaza de Santiago de Cuba, a dos o tres horas de camino. Descargaba en la plaza, pues ya estaba contratado el producto con un intermediario. Regresaba a la finca. Me acostaba y a las 3:00 a.m. ya estaba en pie. Eso era así día por día, durante el periodo de zafra, y al concluir esta, seguíamos cargando viajes al mercado. No había descanso, no había fiestas, distracción, solo trabajo y pretensiones de hacer dinero. Llegó un momento en que decido independizarme.

—Ya independizado, ¿a qué se dedicó?

—Vivía en un cuartito alquilado en Cuabita y Calle 6, en Santiago de Cuba, frente a un bar llamado El Caracol. Le propuse al dueño del bar organizar una venta ambulante. Él me conseguía los créditos para adquirir las mercancías y yo las vendía.

Una maestra amiga tenía un jeep. Se lo alquilé. Iba por los pueblos y campos vendiendo. Vimos que el negocio tenía perspectiva y decidimos comprar a crédito una Power Wagon (camioneta de doble tracción).

—¿Qué vendía?

—Arroz, cebolla, ajos, jamones, bacalao, arenque, alka-seltzer, preservativos, pomada de pelo, mercuro cromo, agujas, caramelos, galletitas, bicarbonato. Todo lo que pudiera hacer falta en el campo.

Después del golpe militar del 10 de Marzo de 1952 la cosa se empezó a poner mala. La gente solo quería comprar a crédito y mi negocio era vender al contado. Comencé a explorar nuevas zonas.

Llegué a ir hasta Baracoa, que era como decir hoy voy al Cosmos. Mi vehículo fue de los primeros que entraron a ese poblado por tierra y fui el pionero de la venta ambulante que llegó a esa olvidada villa.

La situación económica empeoraba diariamente y di la camioneta como entrada para poder comprar un camión. Me puse a hacer viajes a flete por esa misma zona. Llevaba mercancías. Al regreso traía café, frutos y con un poco de habilidad fui viviendo.

En ocasiones, salía cargado de carbón, boniato, ñame, plátano y me iba a venderlos por los pueblos cercanos a Santiago de Cuba y en una oportunidad llegué a Holguín.

Posteriormente en un rastro compré otro camión, lo armé y lo puse también a dar viajes.

Ya tenía dos camiones y había comprado un yipecito. Tenía mi equipo: dos camiones, dos choferes y dos ayudantes. También fui elegido delegado al Partido Ortodoxo.

—¿Por qué lugar?

—Por el barrio de Florida Blanca, en Alto Songo en 1948. Recién había dejado de estudiar, surgió la fuerza del Partido Ortodoxo. Era simpatizante, por intuición, de esa organización política. Inclusive fui electo delegado a la Asamblea Provincial del Partido en Santiago de Cuba.

Después de la llegada de Fulgencio Batista al poder, me uní a la Organización Auténtica (OA).

—¿Por qué razón?

—Por mi repudio a la tiranía. En la finca de mi padre guardé armas y algunos jóvenes recibieron entrenamiento militar. En esa etapa se pretendía por la OA dar un golpe de Estado en La Habana.

Cuando me percato de que todo era una farsa, abandoné la Organización y me incorporo al Movimiento 26 de Julio.

—¿Mediante quién?

—De Belarmino Castilla (Aníbal), en esos momentos jefe de Acción del Movimiento en Santiago de Cuba. A partir de ahí con mis camiones y yipecito empecé a mover compañeros y armas.

Cuando Raúl Menéndez Tomassevich se fue a alzar en la Zona del II Frente, Raúl Castro aún no había llegado; lo trasladé a él y a otros compañeros. El Movimiento no me permitió alzarme en esos momentos, pues consideraba que era más útil la labor que estaba realizando.

—¿En qué momento se alzó?

—El 9 de abril de 1958, con René Ramos Latour (Daniel). Me alcé con las milicias de Santiago de Cuba con los grados de Sargento. Formé parte del grupo que posteriormente sería la matriz de la Columna 9 José Tey dirigida por el Comandante Belarmino Castilla (Aníbal).

Participé en el ataque al cuartel de Boniato. Al terminar esa acción, me ascendieron a Teniente. Posteriormente atacamos a Ramón de las Yaguas. Finalizado el combate, me ascendieron a Capitán.

Ya estábamos preparados para atacar El Cristo, cuando recibimos un mensaje de Raúl Castro, 3 de mayo, en que nos mandaba a buscar a su Comandancia, situada en esos momentos en El Aguacate.

—¿Cómo fue el encuentro con Raúl?

—Emocionante. Aníbal le informó sobre el estado de la Columna. En el campamento nos llevamos la grata sorpresa de encontrarnos también con René Ramos Latour, que había ido a informarle a Raúl que pasaba a la Sierra Maestra por órdenes de Fidel.

Allí Raúl me ratificó los grados de Capitán y se determinó convertir los tres pelotones que tenía la Columna 19 en tres compañías, asignándole una zona para operar a cada una.

—Usted, ¿para qué zona fue?

—Para Calabazas de Sagua. Fui designado jefe de la Compañía A Orlando Regalado y operaría en la zona de Calabazas-Sierra Cristal. A fines del mes de mayo participo en el combate de La Zanja.

—¿Qué importancia tuvo ese combate?

—Mucha. Tuvimos información de que el ejército se movería por la carretera Mayarí-Sagua con la intención de subir desde Cabonico rumbo a La Zanja para continuar a Calabazas, Bayate y unirse con fuerzas que, por el sur, desde Guantánamo, intentaban llegar a Bayate y destruir la Comandancia del II Frente.

Me dieron instrucciones de tomar todas las medidas para evitar que penetraran por El Jobo. Nos emboscamos en la loma de La Vigía y posteriormente nos trasladamos hacia La Zanja, donde el terreno ofrecía mejores condiciones para combatir.

En La Vigía dejamos doce hombres. Ya en La Zanja había ubicados unos cuarenta rebeldes distribuidos por diferentes lugares. Me situé al suroeste, al lado derecho del camino. Como armamento tenía un fusil ametrallador Browning.

En el combate, las fuerzas rebeldes le ocasionamos al ejército dos muertos y dieciocho heridos. Pudimos detener el avance de los guardias.

A propuesta del Jefe de la Columna 9, el Jefe del Segundo Frente otorgó por esa acción, la Orden Legión de Honor Frank País al hoy General de Brigada Francisco González y a mí.

—¿Cuándo se creó la Columna 17?

—El 3 de agosto de 1958. Me nombraron Jefe de la Columna 17, que llevaría el nombre de Abel Santamaría. También me ascendieron a Comandante. Ambas distinciones constituyeron para mí una total sorpresa.

A la Columna se le designó para operar en los municipios de Alto Songo, San Luis y algunos barrios de Mayarí, Palma Soriano y Mayarí Arriba, donde, en el mes de agosto, se había instalado la Comandancia del II Frente con su Jefe, el Comandante Raúl Castro.

Se formó, entre otros, con destacados y experimentados combatientes procedentes de la Sierra Maestra, que habían hecho la travesía con Raúl, como Abelardo Colomé Ibarra (Furry), y Filiberto Olivera.

También volvía a estar junto con Tomassevich y sus compañeros, con quienes estábamos compenetrados desde que se iniciaron como guerrilleros, pues juntos, los habíamos trasladado y avituallado.

—¿Cuántas compañías tenía la Columna?

—Tres: la A, Parellada; la B, Reynaldo Brook y la C, Roberto Estévez Ruz. Sus jefes eran los Capitanes Tomassevich, Olivera y Furry, respectivamente.

También creamos una Unidad Móvil de Choque, que serviría para reforzar cualquier línea avanzada nuestra en el momento que se viera amenazada por una ofensiva enemiga o para atacar objetivos enemigos.

—¿Conocía la zona?

—Sí. Había estado vinculado a ella desde la infancia, pues allí residían mis padres. La proximidad y contacto con la capital oriental me entusiasmaba y renovaba el sueño de poder un día entrar en un Santiago liberado.

Comprendía que el territorio de la Columna se convertiría en área de partida para ese ataque final. Se nos asignó el indicativo 8-LF (Ocho Leones Feroces).

Al norte teníamos la Columna 19 José Tey; al este, la Columna 6 Juan Manuel Ameijeiras, quedando al sur y al noroeste el territorio no liberado, donde se estrechaba la cooperación con las milicias y el movimiento clandestino.

El importante apoyo campesino, entre otros, nos garantizó una comunicación telefónica en el II Frente, pues en cada finca por donde pasaban esas líneas ellos las cuidaban, evitando que los gajos, yaguas, etc. cayeran sobre dichos alambres, podando los árboles e informando de inmediato cualquier ruptura.

—¿Cuál fue la primera acción importante de la Columna?

—En el mes de octubre, el combate de El Socorro —se llama así una curva que hay en la carretera Songo-La Maya—. La acción se desarrolló con la rapidez característica de las emboscadas. El ejército tuvo unas veinte bajas.

Con anterioridad habíamos cumplido pequeñas acciones aisladas, rechazos de intentos del ejército de incursionar en el frente de la Columna y principalmente misiones de rescate de armas en los pueblos cercanos. Posteriormente participamos en la Operación Gancho.

—¿En qué consistía?

—En respuesta a la falsa electoral convocada por el régimen para el 3 de noviembre, la Comandancia General del Ejército Rebelde impartió instrucciones a todos los Frentes de realizar acciones, a fin de paralizar el tránsito por carreteras y vías férreas en sus respectivas zonas de operaciones.

El plan en nuestro territorio recibió el nombre de Operación Gancho y su golpe principal fue contra la cabecera del municipio de Alto Songo, donde atacamos el Cuartel, Ayuntamiento, Junta Electoral, Jefatura de la Policía, y el apostadero de la Guardia Rural que custodiaba la planta eléctrica de La Araña, a pocos kilómetros de Songo. Dicha planta fue destruida provocando un apagón en todo el territorio. Al propio tiempo, se sitió a la guarnición del ejército en el central Baltony (Los Reynaldos) y hostigamos La Maya.

Las acciones que conformaban las operaciones fuera de la cabecera del municipio de Alto Songo resultaron denominadas como Tentáculo 1, Tentáculo 2, y así sucesivamente. Igualmente, se situaron emboscadas para impedir la entrada de refuerzos enemigos.

También realizamos otras acciones con otras fuerzas de la Columna 17 por el oeste de San Luis, Palmarito, Alto Cedro, Guaro, Cueto y los centrales azucareros Borgita, Unión, Santa Ana de Auza, Miranda y Marcané.

—¿Dónde estaba ubicado el cuartel de Songo?

—En una altura dominante, a orillas de la carretera que conduce a El Cristo. Unos cien metros al costado pasaba la línea de ferrocarril hacia La Maya y minas de Ponupo. Su construcción era de mampostería, de gruesas paredes con aspilleras y asentamientos para ametralladoras. Se le consideraba una fortaleza inexpugnable.

Después de una tenaz batalla lo logramos tomar el 4 de noviembre. Fue una resonante victoria. Mas, sería de forma temporal.

—¿Por qué?

—Debido a que el enemigo envió una columna de más de doscientos hombres apoyada por tanques, y algunos errores que se cometieron por las emboscadas que cuidaban la carretera de Guantánamo hacia La Maya, les dieron posibilidad de apoderarse nuevamente del cuartel de Songo.

Esa alegría les duró poco tiempo, pues veintitrés días después, al ponerse en práctica la Operación Flor Crombet, el municipio de Songo fue nuevamente atacado y liberado definitivamente el 27 de noviembre.

—¿Cuál era el objetivo de esa operación?

—La Operación Flor Crombet, aprobada y dirigida por el Comandante Raúl Castro, fue una de las más importantes del II Frente Oriental Frank País y constituyó una parte fundamental de la ofensiva final de las fuerzas rebeldes.

Las operaciones que se realizaron fueron complejas, de gran envergadura y de importancia relevante. Dentro de las misiones de cooperación encomendadas a otras fuerzas que apoyaban esta operación, estaban la Columna 9 Antonio Guiteras que debía garantizar que el enemigo no entrara por la carretera Santiago-El Cristo hacia Songo y, en coordinación con el III Frente, dirigido por el Comandante Juan Almeida, no permitir la entrada enemiga desde Santiago, El Cobre, Palma Soriano hacia San Luis.

En la misma forma la Columna 6 Juan Manuel Ameijeiras y la Columna 20 Gustavo Fraga no dejarían el ingreso de los guardias que venían desde Guantánamo por la carretera que conduce a Songo-La Maya. El combate en el cuartel fue una pelea fuerte. Duró días. Finalmente vencimos. Esa segunda toma del cuartel constituyó una victoria muy importante para las fuerzas rebeldes.

No solo por la liberación definitiva del poblado, sino por la gran cantidad de armas y parque ocupados, que fueron puestos pronto en función de la toma de La Maya, que en esos momentos estaba siendo atacada por las tropas de Olivera.

Tomado nuevamente Songo, dejé organizada su defensa y me trasladé con la Móvil a La Maya, donde asumí personalmente la dirección de las acciones que allí se libraban.

—En La Maya, ¿con qué fuerzas contaba el enemigo?

—Unos doscientos setenta hombres, incluyendo efectivos del ejército, la policía y los chivatos armados.

Nuestro objetivo inmediato era irlos desalojando de las posiciones que ocupaban en el pueblo, lo que ya venía realizando el entonces Capitán Olivera con la Compañía B y parte de la Móvil de nuestra Comandancia, y obligar al enemigo a concentrarse en el cuartel para cercar la guarnición. Fue un combate muy fiero.

Transcurridos doce días de haber comenzado el ataque, el cuartel no daba señales de rendición. En medio de esa situación, el Comandante Raúl Castro decidió utilizar medios de la Fuerza Aérea Rebelde para acabar de rendirlos.

—¿Qué tipo de avión emplearon?

—Un Kingfisher de la Marina de Guerra. El que hoy se muestra en el Museo de la Revolución.

—¿Cómo había llegado a ustedes?

—En las Columnas habíamos recibido órdenes de Raúl de acondicionar terrenos adecuados y tenerlos listos para recibir en cualquier momento aviones procedentes del exterior, con armamento y municiones.

Uno de los lugares escogidos por nosotros fue un potrero en el lateral oeste del río El Arpón, próximo a un cementerio y a un kilómetro de la Comandancia de nuestra Columna.

Una tarde, súbitamente, apareció un avión procedente del norte de la Sierra Cristal y realizó un aterrizaje forzoso en nuestro campo.

Rápidamente fue rodeado por nuestros combatientes, quienes pensaban que era un avión que nos traía armamentos. Pero se llevaron tremenda sorpresa al ver que se trataba de una nave de la Marina de Guerra piloteada por un teniente de la dictadura.

Si grande fue el asombro de los rebeldes, mucho mayor fue el del piloto cuando se vio rodeado de nuestros combatientes. En esos momentos yo salía de la comandancia y al ver al avión también pensé que era uno de los que estábamos esperando. Igualmente recibí tremenda sorpresa cuando vi lo que teníamos en la mano.

—¿Qué misión tenía el piloto?

—El piloto había despegado de Santiago de Cuba hacia Felton en misión de trasladar a un alto oficial de la Marina. Cumplida la tarea, emprendió vuelo hacia la capital oriental. En la travesía vio unos jeeps sin capota en que viajaban rebeldes y decidió volarles rasante y hacerles fuego con la ametralladora de cola.

Los rebeldes se tiraron a la cuneta y cuando el avión volvió a pasarles, le dispararon y el piloto, al sentir las balas cerca, hizo un forzaje muy brusco y se llevó un pistón del motor.

El avión perdió fuerza y comenzó a descender. Atravesó la Sierra Cristal, se percató de que no llegaba al aeropuerto de Santiago, vio aquel potrero y decidió tirarse antes de estrellarse.

—¿Qué pasó con el piloto?

—Lo cogimos preso y el avión fue remolcado a un lugar seguro y camuflado convenientemente. Nuestros técnicos lo revisaron y detectaron que todo se encontraba en orden, excepto el motor que estaba fundido.

Semanas antes, un avión similar que nos había traído armas de la Florida, se fue de nariz al aterrizar por Cananova, noroeste de Oriente, rompiéndose la hélice, pero el motor quedó intacto. Se fue a buscar el motor. Se le puso. Los mecánicos trabajaron arduamente y lograron ponerlo de alta.

Se realizó un vuelo de prueba desde El Arpón hasta Mayarí Arriba, donde se ajustaron detalles y se hizo el plan de vuelo. Fue artillado para la Operación.

El día 6, cuando ya el aparato estaba listo, llegó Raúl a la pista de Mayarí acompañado de Vilma Espín y otros oficiales de la Comandancia Central.

Al ser informado de que las bombas a utilizar serían de alto poder explosivo, ordenó sustituirlas por otras menos potentes, debido a que en el interior del cuartel se encontraban refugiados familiares de los guardias.

A las cinco y media de la mañana comenzó la Operación que se denominó A-001. El ataque se realizó en vuelo rasante. El piloto era Alfonso Silva Tablada, que en 1961 caería combatiendo la aviación mercenaria en Playa Girón.

La distancia entre Mayarí y el objetivo era de unos treinta kilómetros por lo que, a los pocos minutos del despegue, el pequeño avión fue avistado por las tropas rebeldes que, ansiosas, esperaban su aparición.

Al dar el primer pase, Silva hizo un giro sobre el cuartel precisando su ubicación. Los soldados creyéndole avión amigo, abandonaron las trincheras gritando: ¡la FAE, la FAE!... (Fuerza Aérea del Ejército).

En el segundo pase alertó a su artillero, mientras entraba en picada y soltaba las bombas. Al salir de la picada ordené abrir fuego.

—¿Las bombas explotaron?

—La primera bomba explotó en el patio del cuartel, no así la segunda, cuya mezcla inflamable se incendió con las llamas de la primera. Solo tres pases bastaron para crear el desconcierto y la desmoralización de la guarnición, que al mismo tiempo era atacada con nutrido fuego de ametralladoras y fusilería.

Al dar el último pase, Silva puso rumbo a Cananova, tal como estaba planeado. La primera acción de la aviación rebelde había sido un éxito.

—¿Cómo reaccionaron los guardias?

—Se creó el pánico en la guarnición enemiga. Realmente fue mayor el efecto psicológico que los daños materiales. No obstante, el insólito hecho venía a sumarse al rechazo de los refuerzos del ejército provenientes de Santiago de Cuba y Guantánamo.

En horas de la tarde, después de haber intercambiado cartas con el Jefe de la guarnición, el cuartel de La Maya se rindió. Habían sido catorce días y trece noches de combate. Era el 7 de diciembre de 1958, sesenta y dos aniversario de la caída en combate de Antonio Maceo.

Alrededor de las seis de la tarde, el Comandante Raúl Castro, que había llegado a La Maya, subido en un carro, le habló a los soldados y a la población, que escuchó con júbilo y entusiasmo las palabras del Jefe del II Frente.

Concluida la toma de La Maya quedaba solo un objetivo enemigo, de los que se habían previsto tomar en el marco de la Operación Flor Crombet. Era el cuartel de San Luis. Lo que se logró después de intensos combates, que forzaron a la guarnición a abandonarlo.

La Columna 17, además de las misiones principales de retoma del cuartel de Songo, la ocupación de las fortificaciones militares de La Maya y San Luis, de atacar otros objetivos del enemigo, formó parte de las fuerzas del II Frente que, en cooperación con el I, III y IV Frentes, participaron en la liberación de Palma Soriano, San Germán, Cueto y Mayarí, lo que además se cumplió con la toma del regimiento de Holguín.

—¿En qué momento conoció a Fidel?

—El 26 de diciembre en Palma Soriano. Se acababa de tomar el cuartel. Eran alrededor de las 5:30 de la tarde. Fidel estaba contando las armas que se habían ocupado. Me le presenté.

Fidel empezó a hacerme preguntas. Se interesó en conocer la situación en San Germán, en Mayarí. Me dijo que hiciera contacto con el Comandante José Quevedo y que lo llevara a San Germán para influir en la rendición de los militares.

También me orientó seguir para Mayarí y que le dijera a Aníbal (Belarmino Castilla) que cuidara la salida hacia Preston que la guarnición del cuartel iba a tratar de retirarse hacia allí.

Le di el recado a Aníbal, quien me respondió que tomarían todas las medidas, pero que era un terreno llano y desprovisto de vegetación, que no era un buen lugar para hacer las emboscadas.

Le transmito a Fidel lo planteado por Aníbal y me expresó: Mira, es verdad que eso es llano y con poca vegetación, pero dile a Aníbal que a tres o cuatro kilómetros de la salida de Mayarí hacia Preston hay un arroyito en un terreno semiquebrado, con algunas matas de guásima, que ponga la emboscada principal en el lugar, que los va a coger a todos.

Trasladé el nuevo mensaje a Aníbal. Este hizo el reconocimiento del lugar, preparó la emboscada y es donde captura al comandante de la tiranía Esteban Cuza, con toda su gente cuando abandonaba Mayarí y trataba de llegar a Preston. Yo me quedé perplejo. Siempre me preguntaba cómo Fidel pudo hablar así de ese lugar.

Al cabo de los años, conversando con Raúl, me explicó que cuando muchachos, viviendo en Birán, en ocasiones ellos iban de Mayarí a Playa Manteca y pasaban por ese lugar, que por eso Fidel lo recordaba. Increíble, ¿verdad?

—¿Llegó a ver a Quevedo?

—Sí. Al amanecer del día 1ro. fui a buscarlo a El Cobre. Nos montamos en el jeep y cuando estábamos saliendo de la carretera para entrar en Palma y seguir para San Germán otra vez, detrás de nosotros venían dos o tres jeeps tocando bocina, enarbolando una bandera de la Cruz Roja, y otra blanca.

Era el sacerdote Francisco Guzmán de Santiago de Cuba que iba a comunicarle a Fidel la noticia de que Batista se había ido. Me puse contentísimo. Nos pusimos de guías de la caravana del cura. Llegamos a Palma, Fidel no estaba. Seguimos para Contramaestre. Encontré que se había volado el puente del río Contramaestre.

Fidel venía por debajo, por el cauce. Es un río de piedras redondas. Nos encontramos allí. Ya la noticia de la fuga de Batista se había regado. Fidel estaba cabrón. Comenzó a meterle patadas a las piedras y a decir malas palabras. Empezó a dar órdenes.

—A usted, ¿qué orden le dio?

—En unión de Aníbal formáramos una tropa de quinientos hombres bien armados. Tomáramos Preston. Saliéramos por el norte. Pasáramos por Santa Lucía a salir a Florencia, Camagüey, y caer en Jatibonico para cerrarle el paso a los guardias.

Debido a la velocidad con que transcurrían los acontecimientos no llegué a ir a Jatibonico, pues Fidel me asignó una nueva misión.

—¿En qué consistió esa misión?

—Ir para Holguín y que, en unión de Furry y Delio Gómez Ochoa, acabáramos de tomar el Regimiento y posteriormente organizarlo. Nos comunicó que él iba rumbo a Santiago de Cuba y que después nos uniéramos en Holguín. No pude entrar a Santiago.

—¿Qué sintió en esos momentos?

—Una gran tristeza, pues siempre tuve la ilusión de entrar victorioso a Santiago.

Cuando la clandestinidad, Idalberto Lora, compañero que murió en el combate de Ramón de las Yaguas, siempre jaraneaba y decía: El día que triunfe la Revolución vamos a entrar victoriosos a Santiago por calle Cuabita y, como en las películas, a uno le faltara una pierna, a otro un ojo, una mano. Me quedé con los deseos.

Pasé por casa de los viejos. Me uní a la Móvil en San Germán y seguí para Holguín.

—Al triunfar la Revolución, ¿qué pensó hacer?

—Volver a mis camiones. Cada uno cogería por su lado. Me llamaba la atención que Fidel decía que había que ir para La Habana. Realmente no tenía visión para darme cuenta del futuro. Me daba tristeza pensar que nos separaríamos. Ese día me sentía como en el aire.

—¿Qué tareas le asignaron?

—Al salir la caravana con Fidel de Holguín para La Habana, Raúl me encomendó que cuidara mucho a Fidel, que escogiera los mejores hombres y le organizara una escolta.

Tuve el privilegio de organizarla y nuestra Columna venía a la vanguardia de la caravana.

Los compañeros que se designaron en aquella primera escolta estuvieron junto a Fidel durante el recorrido y prácticamente todo el año 1959 y algunos más.

Al llegar a la capital, fui con el Comandante Juan Almeida para Managua como su segundo. En el mes de febrero me nombraron Jefe del G-3 del Estado Mayor. En el mes de septiembre de 1959 di un viaje a Oriente. En el avión me puse a hojear el periódico Revolución y de pronto leo que me habían nombrado Presidente del Banco de Seguros Sociales.

Cuando llegué a Santiago de Cuba ya me estaban esperando con instrucciones de que virara enseguida para la capital.

—El Banco, ¿de qué se ocupaba?

—Surgió por una Ley de la Revolución. Ahí se agruparon todas las Cajas de Retiro. Eran unas veinte Cajas.

Yo no sabía ni lo que era la Seguridad Social. La Seguridad Social no existía realmente en Cuba. Existía una Caja de Retiro por cada sector laboral. Con las tributaciones de los obreros se enriquecían los gobernantes y funcionarios de turno.

Nos encontramos retiros de $2.00 o $3.00, y pensiones a familiares de $0.40 y $0.50. Los cheques de la época lo demuestran. Permanecí nueve meses en el cargo pero me parecieron nueve años.

—¿Ha pasado escuelas militares?

—Sí. Después de Girón me enviaron al Primer Curso de Oficiales en Matanzas. Al concluir el curso, me dejaron de Jefe de la Cátedra de Táctica y Profesor de Táctica de dicha Escuela de Oficiales. También pasé la Escuela Superior de Guerra.

En los momentos en que estaba de Jefe del Cuerpo de Ejército Independiente del Oeste me mandó a buscar Raúl para informarme que se había decidido nombrarme Ministro de Transporte.

—¿Qué significó para usted ser Ministro de Transporte?

—Fueron diez años de intensa actividad. En el caso mío la sexta parte de mi vida. Fue una escuela. En esa época tenía que ver con todo lo que se movía por aire, mar y tierra.

Los trabajadores de transporte, de quien no siempre se habla bien, son una gente aguerrida, luchadores, revolucionarios, de iniciativas, todos pasan por la universidad de la calle.

No soy masoquista, pero definiría ese periodo como de felicidad y trabajo revolucionario.

—¿En qué momento estuvo en Angola?

—En varias oportunidades, que hicieron un total de seis años y medio. La primera vez fue en 1982, en los momentos en que era el Jefe del Cuerpo de Ejército del Ejército Juvenil del Trabajo en la provincia de Camagüey.

Ya en Angola participé en la Lucha Contra Bandidos en Menongue, Luena, Huambo y Bie.

Regreso a Cuba en 1984. A los tres años de estar en Cuba me mandaron a buscar al despacho del Ministro de las FAR. Pregunté cómo debía ir y me respondieron: Como estás, pero cuanto antes.

Cuando llegué al MINFAR me pasaron a la oficina del Ministro. No había nadie. En el medio estaba colgado un mapa grande de Angola, pintado de azul por todas partes y alguna simbología roja, parecía un gran mar.

En eso entró Raúl y me dijo: Estamos reunidos con el Jefe, él quiere hablar contigo. Me pasaron a un saloncito donde estaba Fidel con Raúl, Ulises, Furry y otros compañeros más. Fidel al verme me dice: Lussón, estás gordo... Sí, Comandante, pero eso se baja en dos o tres días sin problemas. Me preguntó por la salud, la familia, la casa. Le respondí que todo estaba bien.

Mira, estamos reunidos aquí analizando. Hace falta mandar un hombre para Angola, los compañeros piensan que tú eres el indicado y yo coincido con ellos. ¿Qué tú crees?

Le respondí que mi mochila estaba hecha y que me dijera cuándo tenía que salir. Entonces pasó a explicarme el contenido de la misión. Se trataba de la defensa de Luena, capital de Moxico, provincia dos y media veces la extensión de Cuba. A los dos años regresé a La Habana con la satisfacción del deber cumplido.

Antes de terminar con el tema de Angola quiero contarte que en 1975, cuando mi hijo mayor fue en misión internacionalista para dicho país, en el aeropuerto me pidieron que me situara en la escalerilla para presidir la despedida de los compañeros.

Voy dándoles la mano a aquellos combatientes. En eso le llega el turno en la fila a mi hijo. Lo abrazo y le digo: no te preocupes por mi nieta, yo te la cuido. Hacía cinco o seis días le había nacido su primera hija. Yo no voy porque no puedo ahora, así que tú tienes que hacer por ti y por mí. El muchacho cumplió.

Cuando voy a mi primera misión, el hombre va a despedirme al aeropuerto. Se paró en la escalerilla, repitió la ceremonia, me abrazó y me dijo: Compay, fui y traté de hacer por los dos, así que ahora haga usted también por los dos.

Se me salieron las lágrimas. Son los privilegios de los revolucionarios que algunos no entienden o no imaginan.

—Actualmente, ¿qué labores realiza?

—Bueno, fui designado Vicepresidente Primero del Instituto Nacional de Reservas Estatales (INRE), después pasé al Cuerpo de Inspectores de las FAR y en estos momentos soy Jefe de la Jefatura de Tropas Especiales. Para mí siempre la última responsabilidad que tengo es la más importante. Me siento bien, útil, siempre preparado como medio básico de la Revolución.

Lo que hacemos, lo que hagamos, tenemos que hacerlo cada vez mejor, para que la Revolución continúe eternamente perfeccionándose y para garantizar que, por lo menos, la última impresión dé pie a mejores palabras para la despedida de nuestro duelo.

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