General de Brigada Rafael Moracén Limonta

Angola fue una escuela

El General de Brigada Rafael Moracén Limonta tiene una hermosa historia de internacionalismo. Han sido varias las misiones que ha cumplido en el exterior y siempre con un saldo positivo. Me habla emocionado de los momentos en que Fidel colocó sobre su pecho la medalla de Héroe de la República de Cuba. En ese mismo sitio, la plaza Carlos Manuel de Céspedes en Santiago de Cuba, de niño, se dedicaba a limpiar zapatos para poder vivir. Cuántas cosas habrán pasado por su mente. Hombre muy valiente, me narró con sencillez distintos aspectos de su vida. Vale la pena conocerlos.

LUIS BAEZ

—¿De qué parte es usted?

—Nací el 5 de febrero de 1939 en la finca San Quirino, barrio Santa Filomena, término municipal de Palma Soriano, Santiago de Cuba.

Momentos en que el Comandante en Jefe le impuso al General Rafael Moracén la condecoración de Héroe de la República de Cuba.

Mi papá era campesino. Mamá trabajó como criada en casa de una familia rica en Santiago de Cuba. Hasta cierta edad, me crío mi abuela por parte de padre.

Trabajé en el campo desde jovencito. Al cumplir catorce años me fui a vivir a Santiago de Cuba y me ganaba la vida como limpiabotas, vendedor de maní, etc.

Dos años más tarde, volví para las tareas agrícolas como cortador de caña, haciendo carbón, cultivando la tierra y criando animales.

—¿A qué escuela asistió?

—A ninguna. Al triunfo de la Revolución era semianalfabeto. Solo había aprendido con una tía el abecedario y algunas palabras. En 1987 me gradué de Licenciado en Ciencias Sociales. Fui el primer expediente de mi curso.

Desde muy temprana edad comencé a sentir repugnancia contra el ejército de la tiranía por el maltrato que daba la guardia rural a los campesinos.

—¿Lo llegaron a maltratar?

—En una ocasión recibí ese maltrato en carne propia, al tratar de recibir un juguete de los que mandaba la señora del tirano y que negociaban los politiqueros.

Esas acciones de la tiranía, más la actitud de la Generación del Centenario, con su ataque al cuartel Moncada, me creo una simpatía hacia Fidel y sus compañeros.

—¿Tuvo algún contacto para alzarse?

—Me fui por la libre. Jamás había pasado de Contramaestre. Me monté en un ómnibus que cubría la ruta hasta Manzanillo y me bajé en Veguita. Empecé a caminar y llegué a las minas de Bueycito. Pasé mucho trabajo y además, con la incertidumbre de si Fidel me aceptaría.

En un determinado momento me desanimé y decidí venderle a un campesino un suéter y un reloj, para ver si podía regresar al campo donde había nacido y en el que aún vivían mis familiares.

Después de tremenda odisea llegué a Bayamo. No conocía a nadie. Fui a parar al central Maceo.

Conseguí trabajar picando caña, algo que nunca había hecho y por eso rendía poco.

—¿En qué momento logró incorporarse al Ejército Rebelde?

—En los primeros meses de 1958 logré alzarme en la Sierra Maestra. Subí por la región del Cobre-Palma Soriano.

Los primeros rebeldes con quienes me tropecé tenían como armamento unas escopeticas marca "U".

Me incorporé al III Frente bajo la dirección del Comandante Juan Almeida.

Participé en varios combates: en la Carretera Central desde Santiago de Cuba hasta Contramaestre; en la toma de Cueto, San Luis, Palma Soriano y en los intentos por tomar Dos Palmas. También me mandaron a cumplir misiones a la ciudad.

—¿Qué tipo de misión?

—Desarmar soldados.

—¿Cuántas veces lo hizo?

—En tres ocasiones.

—¿Dónde?

—Santiago de Cuba, San Luis y el central Santana, hoy Chile.

—¿Qué armas capturó?

—A cada guardia le quité un fusil. Subí tres fusiles para la Sierra.

—¿Por eso es que le dicen "quita fusil"?

—Exactamente. Durante un tiempo me disgustó que me llamaran de esa manera. Finalmente tuve que aceptarlo, pero solo a mis compañeros de la Sierra Maestra.

—El primero de enero de 1959, ¿qué hizo?

—Formé parte de las columnas rebeldes que entraron en Santiago de Cuba y posteriormente viajé hacia La Habana como integrante de la Caravana de la Libertad que encabezaba Fidel.

—¿Dónde lo destacaron?

—En el campamento de Managua. Me ascendieron a segundo teniente. A los pocos meses me nombraron jefe de un pelotón de tanques.

Más tarde me enviaron a pasar el segundo curso de unidades blindadas que duró seis meses.

Desempeñé diversos cargos en las Fuerzas Armadas hasta que en 1965 me preguntaron si estaba en disposición de cumplir una misión internacionalista. Respondí afirmativamente.

A los pocos días, varios compañeros comenzamos el entrenamiento. Todos éramos negros. Nunca había visto tantos juntos.

En dos ocasiones el Comandante en Jefe se reunió con nosotros. Nos explicó el objetivo de la misión.

—¿A qué sitio?

—Al Congo Brazzaville.

—¿Cuál era su misión específica?

—Apoyar al Movimiento para la Liberación de Angola (MPLA). Fidel nos dijo que íbamos como instructores, porque a ellos les hacía falta preparación; pero si había que combatir, combatiéramos.

—Su grupo, ¿cuántas personas lo integraban?

—Seis cubanos.

—¿Cómo realizaron la travesía?

—En la motonave Uvero. A los marineros se les dijo que éramos estudiantes que participaríamos en un festival en Argelia.

Después de diecisiete días de navegación arribamos a Guinea Conakry. Seguimos a Accra y de ahí al Congo Brazzaville, donde aún no había embajada cubana.

—Al llegar, ¿qué hicieron?

—Incorporarnos a la vida de los angolanos. Empezamos a correr sus propios riesgos.

Nos dieron una amplia información de la situación político-militar del MPLA.

También nos explicaron la necesidad de hacernos de documentación angolana para nuestros movimientos en Brazzavi

lle y el pase de la frontera por la provincia de Cabinda.

—¿Qué leyenda le crearon?

—Había nacido en el municipio de Chivias, provincia de Huila. Me legalizaron la situación ante las autoridades del Congo.

Me entregaron un documento que me permitía residir en el país como asilado político.

—¿Por qué nombre lo conocían?

—Humberto.

—¿Se quedó en Brazzaville?

—A los cuatro días fuimos para Dolisi, pueblo cercano a la frontera con Angola, donde el MPLA contaba con un Centro de Instrucción Revolucionaria, grandes almacenes de armas, municiones y alimentos. También radicaba la jefatura de la segunda región.

Pasados unos días penetramos en territorio angolano. Dividimos nuestro grupo en dos.

—¿En qué momento entró en acción?

—A los pocos días de estar en la zona chocamos con el ejército colonial portugués cuando trataban de apoderarse de un campamento. Después intervenimos en algunas emboscadas.

Los primeros cinco meses fueron de enseñanza mutua. Les explicamos arme y desarme, táctica irregular y especialmente a poner emboscadas.

Al año la dirección del MPLA decidió reforzar la lucha en el norte, en la llamada primera región y decidió traer a Brazzaville a guerrilleros para que los preparáramos.

Los dividimos en tres grupos: Camilo Cienfuegos, Comandante Cami y Bomboco. Desempeñaron un papel importante en la lucha.

—¿De África, ¿qué lo impactó?

—Muchas cosas, en especial, las tribus. Para mí todos eran angolanos. Ellos no tenían esa concepción.

A un jefe, si no es de la tribu o de la etnia de los soldados, le es muy difícil imponer la disciplina y mucho menos que lo acepten como tal. Debe hablar la misma lengua o dialecto. Ser negro. Tener las mismas costumbres y beneficiar a los parientes más cercanos. Aquello no era fácil.

—¿Por esa época se produjo un intento de golpe militar en Brazzaville?

—Eso fue en junio o julio de 1966. Me encontraba en Kimongo preparando una columna que iba a reforzar la primera región.

Me mandaron una orden de que me presentara inmediatamente en Brazzaville.

Al llegar, el compañero Jorge Risquet y el Comandante Rolando Kindelán me informaron que se había producido un intento de golpe de Estado.

La mayor parte de los gobernantes estaban refugiados en el campamento de los cubanos.

El ejército y la gendarmería tenían tomada la ciudad. Los jefes de la Seguridad y del Ejército estaban presos.

Me plantearon defender una intersección por donde pasaban todos los camiones de soldados armados, de un lugar para otro, en posición ofensiva.

Las instrucciones eran de no tirar si no nos agredían. Pudimos dominar la situación y todo volvió a la normalidad.

—¿Cómo conoció a Agostinho Neto?

—En la guerrilla, en Cabinda. Me encontraba enfermo de paludismo y Neto me trató como médico.

Tanto en la guerrilla como después del triunfo del MPLA Moracén estuvo junto al Presidente Agostinho Neto.

El medicamento que me recetó me provocó alergia. Me puso unas inyecciones y mejoré.

Me explicó que el paludismo en África es una enfermedad endémica y normalmente se repetía cada seis meses.

También me aclaró que el Movimiento que él dirigía no era racista, ni tribalista ni regionalista.

—¿Cuánto tiempo permaneció en esa misión?

—En julio de 1967 abandoné África. Estuve más de dos años. Durante mi estancia también fui responsable de la atención a distintos Movimientos Revolucionarios africanos.

Durante los años de 1968 a 1970 cursé la Academia Superior de las FAR General Máximo Gómez.

Ocupé distintas posiciones en la cadena de mando hasta que en 1973 volví a salir en misión internacionalista.

—Esta vez, ¿a qué país?

—A la República Popular Siria.

—¿Cómo hizo el viaje?

—En un Britannia de Cubana de Aviación. Tuvimos que dar tremenda vuelta para llegar a Siria debido a que la República Árabe Unida no nos permitió pasar por su territorio.

Hicimos la siguiente travesía: Argelia, Libia, Bulgaria, Iraq, Siria. Llegamos de noche a Damasco, con el aeropuerto Alepo completamente apagado.

No se podía apenas hablar. Después comenzaron a aterrizar más aviones hasta que se completó un regimiento de tanques. Fui jefe del primer batallón.

La misión resultó exitosa por nuestro comportamiento y actitud ante los sirios y otros países árabes que luchaban contra el sionismo. Permanecimos un año y cuatro meses.

—¿En qué momento regresó a Cuba?

—En febrero de 1975. Regresamos en el barco Rossia. Demoramos veinte días en la travesía.

Al llegar al puerto del Mariel, el Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias nos dio la bienvenida y posteriormente nos reunimos con el Comandante en Jefe en La Cabaña.

Me enviaron a pasar un curso de actualización en la Academia Máximo Gómez.

En la primera quincena de noviembre de 1975 fui citado al Estado Mayor General.

—¿Para qué?

—Me comunicaron que iría para Cabinda, como jefe de la compañía de tanques y no de regimiento, que era el cargo que ocupaba en esos momentos. Diez años después volvía a Angola.

Participé en varios combates hasta que el Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias me informó que se iba a crear una unidad subordinada al presidente Neto y que estaría bajo mi responsabilidad.

Volví a Cabinda. Dejé resueltos algunos asuntos que tenía pendientes y viajé de vacaciones a Cuba.

—¿Volvió a hablar con el Ministro de las FAR sobre su nueva misión?

—Sí. Días antes de regresar me mandó a buscar. Conversamos en el salón de protocolo del aeropuerto adonde él había ido para despedir a un visitante.

Me explicó la importancia que tendría para Angola y el presidente Neto la unidad que iba a formar.

También me dijo que debería estar en la "viva" porque en cualquier momento se podía producir un intento de golpe de Estado.

Realmente las cosas ocurrieron tal como las pronosticó el General de Ejército Raúl Castro.

—A su regreso, ¿qué pasos dió?

—Comencé a trabajar duro en la formación de la Unidad y a organizar la seguridad del Presidente.

En el mes de mayo, las contradicciones de Nito Alves con el gobierno y el MPLA eran más evidentes, y la conspiración más intensa.

Se hablaba mucho de la posibilidad de golpe de Estado, pero Neto nunca creyó que fueran a llegar tan lejos.

—Ante los rumores, ¿qué medidas tomó?

—Se le planteó a Neto que no estuviera en Palacio; sin embargo, dijo que para irse hacia otro lugar había que asegurarle que el Palacio no sería tomado. Saqué de mi Unidad dos compañías y reforcé la guardia presidencial.

El 27 de mayo, a las 04:00 horas, los golpistas pusieron en práctica su plan. Tomaron la cárcel y soltaron a todos los presos, entre ellos a los mercenarios. Se apoderaron de la Radio Nacional y empezaron a manifestarse en grupos por las calles.

Los principales jefes de las FAPLA fueron a la Octava Brigada de Luanda a buscar refuerzos.

A medida que llegaban, los metían presos. A otros militares y funcionarios los detuvieron en sus casas.

Me había pasado toda la noche del veintiséis al veintisiete sin dormir. Cuando sentí los disparos fui para Palacio.

Al llegar me encontré una manifestación que avanzaba con los militares golpistas con el objetivo de tomar la presidencia.

Di la orden de que no se podían apoderar de Palacio. Mandé instrucciones a la Unidad para que, formada en columna, estuviera lista para salir hacia Luanda. Se encontraba en el campamento de Vidrul, a pocos kilómetros de la capital.

Me avisaron que Neto planteaba que trajeran la Unidad para el Palacio. Fui a buscarla. Comenzamos a avanzar sobre Luanda.

Como no sabía realmente quienes estaban en la conspiración, al entrar en la capital dejé en la reserva la compañía de tanques en el barrio de Zambizanga.

Ya en Palacio me llamaron de parte de Neto que fuera a tomar la Radio Nacional, que se encontraba en manos de los traidores. La cosa estaba fea. No había gobierno en Luanda.

—¿Qué se encontró en la Radio?

—Estaba llena de gente y de militares fraccionalistas. Fuimos en varios camiones y en BTR.

Había confusión. Los golpistas estaban apoderados de la emisora y daban vueltas a su alrededor en sus vehículos de combate BRDM, etc.

Nosotros nos incorporamos también a dar vueltas alrededor de la Radio Nacional.

En un momento determinado confundo a mis soldados con los de la contrarrevolución, todos estábamos vestidos iguales, pero uno de los militares leales es reconocido y se formó tremendo tiroteo.

Decidimos tomar la radio. Con quince compañeros angolanos y cubanos nos apoderamos de la radio e incorporamos a los casi 200 que teníamos en los vehículos circulando. El enemigo trató de recuperarla pero ya era tarde. Desarmamos a los que estaban dentro del edificio.

De allí llamé por teléfono al compañero Abelardo Colomé (Furry) que era el jefe de la Misión Militar Cubana.

Le informé dónde estaba. Se puso contento. Le expliqué que estaba rodeado y le pedí que me mandara mi compañía de tanques que había dejado en Palacio y no tenía comunicación con ella.

Me respondió que aguantara en mi posición y que iba a mandar los tanques.

También me dijo que le prestara algunos tanques (un pelotón, 3 tanques) al hoy General de División (r) Jesús Bermúdez Cutiño, quien igualmente tenía una misión.

En nuestro poder, la radio no dejó de trasmitir. Fui, y le arrebaté el micrófono al locutor. Lo obligué decir: "Viva Neto".

Después pronuncié unas palabras fuertes y le comuniqué a la población que la radio estaba en manos de la Revolución.

Al poco rato llegaron nuestros tanques y todo se calmó. En unión de otros compañeros participé en la recuperación de la 8va. Brigada y de la cárcel.

Esa intentona contrarrevolucionaria hizo mucho daño al proceso de desarrollo de la sociedad nacional angolana. Fueron asesinados valiosos cuadros del MPLA y de las FAPLA.

Estuve al frente del asesoramiento y mando de la Unidad Militar y de la seguridad del presidente Neto hasta su muerte.

Continué la misma misión con el presidente José Eduardo dos Santos hasta 1982, cuando regresé para Cuba.Angola fue una escuela.

En 1995 volví a Angola como Agregado Militar, Naval y Aéreo. Cargo que desempeñé hasta enero de 1998. En la actualidad, soy miembro de la Dirección Nacional de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, integrante del Ejecutivo, Jefe de la Secretaría de Relaciones Internacionales.

—En la intimidad, ¿cómo era Neto?

—Un hombre muy paciente, sereno, de carácter introvertido, hablaba poco.

Podía recibir cualquier tipo de información, buena o mala, que no alteraba su expresión. Muy humano, modesto, gran conocedor de su pueblo.

En una ocasión, producto del tribalismo y regionalismo, se produjo una insubordinación en la guerrilla.

Neto fue a resolverlo. Pensé que tomaría severas medidas contra los soldados. No lo hizo.

Después que le informaron cómo habían ocurrido los hechos, pronunció un patriótico discurso. Resolvió el conflicto armoniosamente.

Posteriormente se reunió con los jefes y les dijo que los culpables eran ellos. Pidió que no se hablara más del asunto, que todos eran hermanos y que para ese tipo de boberías no lo molestaran más.

En las conversaciones que sostuvimos se interesó en conocer de la historia de Cuba, cómo conocí a Fidel, cómo había dirigido la guerra en la Sierra Maestra.

Me habló de su admiración por Fidel y de lo que Cuba significaba para el mundo.

En mi vida he tenido el privilegio de presenciar dos acontecimientos de expresión popular.

No tengo palabras con qué describirlos. Uno de alegría y otro de tristeza. El de alegría: el recibimiento a Fidel en La Habana el ocho de enero de 1959 cuando entró al frente de la Caravana de la Libertad. El de tristeza: la llegada del cadáver de Neto a Luanda, cuando lo trajeron de la antigua URSS.

Los cubanos perdimos un amigo.

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