General de Cuerpo de Ejército Leopoldo Cintra Frías

Fidel es un ciclón humano

La entrevista con el General de Cuerpo de Ejército Leopoldo Cintra Frías (Polo) fue la que más trabajo me costó conseguir. No le gusta hacer declaraciones, ni hablar en público, ni sentarse en la presidencia de un acto. Era la primera entrevista que concedía en su vida el actual Jefe del Ejército Occidental, miembro del Buró Político y Héroe de la República de Cuba. Polo es un militar muy sencillo y con profunda calidad humana. Los pocos ratos libres de que dispone, los dedica a disfrutarlos con sus nietos. Valió la pena esperar y convencerlo de que nos narrara diversos aspectos de su vida. No es un problema de falsa modestia. Polo es así

(Tomado del libro Secretos de Generales)

LUIS BÁEZ

—¿Su padre, a qué se dedicaba?

—El viejo era campesino. Tenía una finca. También era propietario de una tienda-bar y una panadería. Hoy se diría que la finca era de cultivos varios. Ese es un nombre que inventaron después del triunfo revolucionario.

—¿De dónde es usted?

—De Yara.

—¿Fue al colegio?

—Sí. El último grado que aprobé fue el sexto.

—¿En qué momento entró en la Revolución?

—Me inicio en los quehaceres revolucionarios después del desembarco del Granma, de lo que me enteré por la revista Bohemia. El ataque al cuartel Moncada me fue indiferente.

Tenía doce años. En aquella época no había la cultura política que existe hoy en día. Militaba en la Agrupación de Jóvenes Esperanza de la Fraternidad (AJEF). Era el aparato juvenil de la masonería. En la logia a la que asistía estaban conspirando.

 

En la Asamblea Nacional en diciembre pasado, el General Polo sostiene un ameno y jocoso intercambio con el Comandante en Jefe sobre la lucha guerrillera.

Mediante los masones comencé mi lucha contra la tiranía. Además de las simpatías que sentía hacia los rebeldes.

—¿Cuáles fueron sus primeras actividades?

—Me metí en una célula. Vendí bonos. En una camioneta del viejo en la que distribuíamos el pan, llevábamos gente para la Sierra.

—En su pueblo, ¿qué se decía de los alzados?

 

Instante en que Fidel prendió sobre su pecho el título de Héroe de la República de Cuba. "Todavía no me lo creo. Considero que es un honor muy grande", comentó el General.

—Existían muchos comentarios de "radio bemba". Había la leyenda de que Fidel era un adivino. También se referían a él como el doctor.

Muchos no entendían cómo un hombre con su posición económica estuviera enrolado en ese tipo de actividad. Igualmente mentaban al Che.

—¿Cuándo se alzó?

—En noviembre de 1957.

—¿Por dónde entró?

—Por Pozo Azul en la zona de Hanabanita. Actualmente pertenece al municipio de Bartolomé Masó en la provincia de Granma. Allí vi por primera vez torear.

—¿Quién era el torero?

—Raúl Castro.

—¿En qué sitio?

—En casa de Domingo Torres, un guajiro de la zona que mantenía con dignidad tres mujeres.

 

Raúl es muy claro, realista, preciso. Dice las cosas muy claramente. Al pan, pan y al vino, vino, como se dice en el argot popular.

En cualquiera de las tres casas que se quedaba a dormir, dejaba puesta una contraseña, que podía ser un sombrero o una cotorra dentro de su jaula. De esa forma las otras dos mujeres sabían donde se encontraba.

—¿A qué tropa se incorporó?

—A la de Crescencio Pérez. Solo estuve tres meses. Después del segundo combate de Pino del Agua pasé a la Columna 1.

—¿Qué encomienda le dieron?

—Estaba bajo las órdenes de Pepín Quiala. Ese compañero era uno de los jóvenes santiagueros que había mandado Frank País de refuerzo a la Sierra Maestra. Un día, cerca de La Plata, Quiala me presentó a Fidel.

—¿Cómo fue el encuentro?

—Era la primera vez que hablaba con él. Tenía tremendo temor. Cuando aquello, una de las leyendas que corrían por la Sierra era que Fidel solo con mirarte sabía si eras valiente o no. Tremenda zozobra.

—¿Supo a qué conclusión llegó?

—Realmente nunca lo supe, pero sí me incorporó a la Comandancia de la Columna 1 José Martí, que estaba directamente bajo sus órdenes y ahí permanecí hasta el final de la guerra. Eso me permitió conocer de cerca su inteligencia y valentía.

Recuerdo una oportunidad que andábamos por Las Mercedes con la intención de atacar un cuartel, que Fidel se puso a explicarnos cómo se preparaba y tiraba un cóctel Molotov. Quiala tiró varios y ninguno explotó. Fidel cogió la botella y se le prendió en la mano. Aquello fue del carajo.

El ataque al cuartel de Guisa duró varios días. Los guardias pelearon intensamente. No se querían entregar.

Fidel planteó combatirlos con un tanque que teníamos en nuestro poder. Nunca había visto tan de cerca ese tipo de arma y mucho menos montarme en él en condición de artillero. Un guardia que se había rendido nos sirvió de guía.

Nos encontrábamos a diez o quince metros del objetivo donde estaban atrincherados los soldados. Le disparé cincuenta y cinco cañonazos. Casi ninguno dio en el blanco. Gasté todos los proyectiles.

Momentos antes Fidel había sido el profesor, él, montado en un caballo y nosotros, apuntando hacia él por el centro del tubo, para tomar la puntería: una clase magistral, que duró más de media hora.

El otro combate con un tanque fue en Maffo. En esa ocasión de jefe de la dotación puso a Pedrito Miret. Fui de artillero. En un momento determinado a Fidel se le ocurrió mandar a buscar una pipa de gasolina a Palma.

—¿Con qué intención?

—Meter la manguera por dentro del cañón, regar el combustible para después, con el disparo, incendiar el almacén BANFAIC desde donde combatían los soldados. Afortunadamente, la gasolina no llegó pues no estaría haciendo la historia. Eso ocurría por la madrugada.

—¿Le gustan los tanques?

—Verlos desfilar. La vida del tanquista es muy dura. Son esclavos. Es la madre del resto de las armas. Aunque me considero, por lo que conté anteriormente, el primer tanquista y artillero vivo.

—La primera vez que estuvo debajo de los tiros, ¿cómo reaccionó?

—Con un poco de acobardamiento, pero dispuesto a no dejarme vencer. En el bautismo de fuego la gente piensa: "Ser yo o no ser", "soportar o no soportar".

El miedo se siente. Lo importante es sobreponerse. A mí me pasó. Cuando aquello existía un arma llamada M-1. Tenía la característica de que el disparo te pasaba a cincuenta metros y uno creía que le había cruzado por encima de la cabeza.

En los primeros tiempos me impactaba. El triunfo de la Revolución me sorprendió en el central América, en Contramaestre.

—¿Cuándo vino para la capital?

—Formé parte de los rebeldes que acompañaron a Fidel en su recorrido desde Oriente a la capital y que la historia recoge como la Caravana de la Libertad.

Por primera vez venía a La Habana. Me impactó el alumbrado. Al pasar por Tallapiedra y ver una locomotora moviéndose por arriba me impresionó. Nunca había visto una ciudad tan grande.

—¿Cuáles eran sus aspiraciones?

—Toda mi vida me gustaron dos cosas: dentro de las Fuerzas Armadas ser piloto y en la vida civil, administrador de un hotel.

—¿Con qué grado terminó la guerra?

—Teniente.

—¿En qué momento lo ascendieron?

—A los pocos días del triunfo revolucionario, en el campamento de Managua, se formó tremenda bronca porque algunos rebeldes se querían llevar las armas largas para sus pueblos y no se les permitió. Un grupo se insubordinó.

Todo eso duró hasta que se apareció Fidel. Entró dando patadas. En menos de un minuto todo el mundo se deshizo de las armas largas.

Los castigó pero a los pocos días volvió y los perdonó. Les dio permiso para ir a sus casas pero sin el armamento. Todo fue producto de la inexperiencia. La gran mayoría eran analfabetos.

En medio de esa situación me vio y preguntó: "¿Polito, qué tú eres?". Le digo que primer teniente. Volvió a tomar la palabra y respondió: "cuando menos capitán".

Al otro día amanecí con mis nuevos grados. Así fue mi primer ascenso el catorce de enero de 1959.

La mayoría de las columnas estaban en Managua, salvo alguna gente que estaba de escoltas.

Un tiempo después Fidel mandó un grupo de rebeldes para la entonces Isla de Pinos, hoy Isla de la Juventud, debido a que había problemas en el presidio. Envolvió la operación como si fuera una maniobra. Me quedé en Managua.

Resuelta esa situación, Fidel nos mandó para la Sierra. Antes había designado a Aldo Santamaría al frente de la escuela de Minas de Frío.

En unión de reclutas subimos diez veces el Pico Turquino. Al terminar la misión, me nombró jefe de una Columna de Artillería que acababa de crear.

—¿Cuándo viajó por primera vez al exterior?

—En 1960, a Checoslovaquia, a estudiar artillería. Al salir Fidel me dijo que aprendiera el manejo del cañón autopropulsado SAU-100.

En un avión Britannia hicimos el viaje ciento quince compañeros. Una buena cantidad eran rebeldes que no sabían leer ni escribir.

Ninguno sabíamos el idioma. Uno de los compañeros, que era analfabeto, fue el que nos sirvió de traductor.

—¿Cómo ocurrió eso?

—El compañero era más negro que el betún y tuvo la suerte de "empatarse" con una checa.

Aprendió el idioma de memoria. Al final, el hombre se volvió loco. Nunca más se ha recuperado. No era para menos.

—¿Cómo les fue?

—Muy mal. Pasamos seis meses con la misma ropa. La embajada no nos ayudó.

Algunos compañeros fueron a las fábricas a buscar que le regalaran ropa. Les entregaron unos trajes de la época de Luis XV.

Por una cuestión de dignidad jamás fui a pedir absolutamente nada a nadie. Muchos rebeldes hicieron igual que yo.

El negro Fidel Vargas, que medía más de seis pies se "ligó" con una checa cuyo marido administraba un restaurante.

Cuando el hombre no estaba, algunos de nosotros íbamos a que nos mataran el hambre.

En un momento determinado se formó tremenda bronca entre los que eran hijos de viejos comunistas y los que habíamos bajado de las montañas.

Los checos casi siempre se ocupaban de resolverles a ellos los problemas. El Che nos visitó, pero no pudo resolver la situación. Se celebró una reunión en un teatro y varias sillas no quedaron sanas.

La invasión de Playa Girón sorprendió a Guillermo García reunido con el grupo para tratar de arreglar los problemas. Permanecimos quince meses en Checoslovaquia.

—¿Qué aprendió?

—Artillería, el manejo de los SAU-100 y la conducción de tanques.

—A su regreso a Cuba, ¿en qué lo pusieron?

—Me hicieron jefe de la Brigada de Artillería 1900, de Caimito. Al año me nombraron jefe de la División de Infantería 1270. Posteriormente, me situaron al frente de la artillería.

En 1964 concluí mis estudios en la Escuela Básica Superior. Cinco años más tarde pasé el Curso Académico Superior (CAS) desde el punto de vista militar y en 1982 me gradué en mando y estado mayor de nivel operativo-estratégico en la Academia del Estado Mayor General de la URSS.

Se puede considerar la misión internacionalista más difícil de mi vida

—¿Estuvo en Etiopía?

—Sí, en 1978 al mando de una Gran Unidad de Tanques.

—¿Cuál fue la diferencia entre la guerra de Etiopía y la de Angola?

—En Etiopía el teatro de operaciones era diferente. Se adaptaba un poco a la guerra regular y en Angola era una mezcla de regular e irregular.

En Etiopía teníamos un enemigo similar. Con la misma escuela y educado con los mismos profesores, porque los somalos habían sido preparados por los soviéticos; también nosotros, y los etíopes estaban en el mismo camino.

O sea, nos encontramos en acciones combativas, dos tropas con la misma escuela y otro que se estaba introduciendo en dicha escuela, aunque tenía una preparación occidental, pero estaba en el tránsito hacia esa enseñanza, aunque no les dio tiempo a asimilarla. Ellos siempre rechazaron la escuela soviética.

Los etíopes tenían sus características propias y además, su idiosincrasia. El soldado etíope es muy combativo.

Tanto Etiopía como Angola son pueblos agradecidos. Hay que decir que, donde quiera que los cubanos llegábamos, éramos recibidos con gran cariño.

Me recuerdo en Etiopía que los soviéticos, cuando arribaban a un lugar, decían que eran cubanos para que los dejaran pasar. Eso nos daba todavía más orgullo de ser cubanos. En esa misión estuve alrededor de un año.

—¿Cuándo visitó a Angola por primera vez?

—Mi primer viaje a Angola fue a finales de octubre de 1975. A fines de diciembre fui designado jefe del Frente Sur, de reciente creación.

Sumando todas las misiones que cumplí en dicho país hasta 1989, fueron alrededor de nueve años en total.

Participé directamente en la planificación y dirección de las unidades, primero para el rechazo de las tropas invasoras sudafricanas y posteriormente, en la aplicación de la ofensiva en todo el Sur del territorio angolano, que permitió la liberación de esa importante región hasta las fronteras con Namibia.

—¿Qué idea llevaba?

—Aplicar lo que había aprendido en las escuelas militares y en mis años de guerrillero, pero la vida me demostró que la realidad era completamente distinta.

En las escuelas nos pintaban las trincheras del enemigo a cien o doscientos metros, pero cuando nos encontrábamos en el terreno era otra cosa.

Cada país, población, tiene sus propias características. La experiencia es importante, pero es imprescindible adaptarla a las condiciones de cada lugar.

—Al llegar a Luanda, ¿qué le llamó la atención?

—Ver una población que se movía como si no estuviera pasando nada.

Llevaban una vida ajena a lo que ocurría en sus alrededores. Desconocían que a doscientos o trescientos kilómetros al sur, su gente se estaba matando.

Lo del Sur se justifica un poco por la distancia. Pero lo peor era que también ignoraban que a veinte o treinta kilómetros al norte, su país igualmente estaba en guerra. Algo verdaderamente increíble.

—¿Qué representó para usted recibir un mensaje del Comandante en Jefe en que le planteaba que no arriesgara su vida?

—Resultó emotivo, pero trataba de cumplir cabalmente las enseñanzas que el propio Fidel nos había dado.

Él ha estado siempre en primera fila corriendo todo tipo de riesgos y su vida vale más que la nuestra.

Manteníamos un permanente contacto con el Comandante en Jefe, diariamente se le enviaban los cables con las informaciones. Todo lo respondía y daba las instrucciones pertinentes.

Fidel es muy previsor. Una de sus constantes era el cuidado que teníamos que tener con la exploración y el minado. Cualquier descuido podía costar una vida.

Eso nos golpeó mucho. Te mandaba a situar un cañón en un lugar, un tanque en otro sitio. Dónde había que atacar, cómo hacerlo, con cuántos hombres, etc. Se lo sabía todo al dedillo. La mayoría de las veces tenía la razón.

—¿Qué no olvidará de esa guerra?

—La confianza de los combatientes en Fidel. La gente fue a pelear a Angola porque consi-deraba que lo había pedido Fidel. Todo el mundo fue estrictamente voluntario.

Hubo muy pocos que no resistieron aquello y viraron para Cuba, pero la mayoría se portó muy valiente.

Tuvimos mas de dos mil muertos, ya fuera por una malaria, una mina o un combate. Los actos de heroísmo estuvieron a la orden del día.

Lo mismo en Cangamba, Cuito-Cuanavale; los pilotos, la lucha contra bandidos, en los tanques, la artillería, en las columnas, la defensa de los puentes.

En cualquier arma, nuestros hombres siempre estuvieron dispuestos a dar sus vidas. Muchos, al arribar a Luanda, bajaban la escalerilla del avión con cuidado pues les habían metido tanto miedo con las minas que llegaban erizados.

Después cogían confianza y se volvían un poco negligentes. Ese descuido les costó la vida a unos cuantos.

—En su opinión, ¿qué importancia tuvo esa guerra para los cubanos?

—Mucha importancia. La guerra en Angola nos fortaleció política e ideológicamente. Para este periodo especial ha sido decisivo.

Fueron trescientos mil cubanos los que pasaron por esas tierras. Nos revitalizó como en 1959.

—En los acuerdos suscritos con Sudáfrica en 1976, ¿qué papel desempeñó?

—Fui el encargado de suscribirlos en nombre del MPLA. Los angolanos me nombraron su representante. La firma se efectuó en la frontera con Namibia.

Viajamos en un Aloutte, helicóptero francés, pero estábamos preocupados que a la hora de marcharnos no fuera a arrancar, pues tenía problemas con la batería. No nos falló.

El ambiente estaba tenso. No sabíamos cómo iban a reaccionar los sudafricanos. Me imagino que a ellos les pasaba igual que a nosotros.

Solo llevamos una compañía como seguridad, aunque el resto de las tropas estaban listas para cualquier contingencia.

Al preguntarme a quién representaba les respondí que al MPLA. Nadie me quería creer. Todos dijeron que a Fidel.

Cumplimos con todo lo acordado. Ellos no. Era el 27 de marzo de 1976.

—¿Qué opinión tiene del ejército sudafricano?

—Es un ejército muy bien preparado, inteligente. Llegaron a perfeccionar diversos tipos de armas para combatir a las guerrillas y a nosotros.

Contaban con un mejor armamento en los momentos iniciales y al final de la última contienda, incluso, tenían seis o siete bombas nucleares. Siempre estuvimos bajo el peligro nuclear.

Hay tres ejércitos incontrolables: sudafricanos, israelíes y cubanos. Los tres con diferentes ideologías.

Los soviéticos jamás nos pudieron controlar a pesar de que lo intentaron en más de una ocasión.

—¿En que consistió el golpe final que se le dio a los sudafricanos?

—En que fuimos superiores en la aviación. Eso resultó decisivo. Fue primordial la construcción de aeropuertos en el Sur.

También contamos con una poderosa defensa antiaérea. Avanzamos sobre la frontera de Sudáfrica con más de mil tanques y otros medios.

La Agrupación del Sur tenía entre cubanos y angolanos más de cuarenticinco mil hombres sobre las armas sin contar otros aliados.

—¿Cuál fue su momento más triste?

—El día que comenzó la Operación Tributo se hizo una actividad oficial de despedida en el aeropuerto de Luanda.

Es imposible describir lo que sentía al contemplar, en los pequeños osarios, los restos de compañeros que, más que amigos, fueron mis hermanos.

Los dirigentes angolanos lloraron al igual que los cubanos. Allí todos lloramos. Fue un momento de honda emoción.

—¿Con anterioridad había llorado?

—En la guerra no puedes demostrar el más mínimo síntoma de debilidad. Muchas veces lloré internamente, pero mis hombres jamás se percataron; en ocasiones ni eso puedes hacer, por muy duro que sea.

A todos los combatientes los consideraba mis hijos. Cualquier cosa que les pasaba a ellos la sentía en carne propia, pero no se los podía demostrar.

Ya hoy no tengo por qué ocultar ese sentimiento. Angola me convirtió en un ser humano mucho más sensible.

—¿Cómo valora la sensibilidad en el revolucionario?

—Si no eres sensible no puedes ser revolucionario. Puedes tener un carácter duro, pero tienes que poseer alguna fibra de sensibilidad. Si no cuentas con esas condiciones, eres única y exclusivamente un farsante.

—¿Es amante de la lectura?

—Mucho. Todas las noches antes de acostarme leo alrededor de una hora, libros relacionados con cuestiones militares. También me interesan los asuntos históricos, las biografías y las memorias.

—¿Qué tipo de música le gusta?

—La antigua. Sobre todo el bolero y un poco el cha cha cha. Aunque no sé bailar.

—¿Cómo marcha el Ejército Occidental?

—Al igual que los otros ejércitos marchamos bien. En los últimos años hemos realizado enormes esfuerzos para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de nuestros oficiales y soldados.

Laboramos duro para cumplir las tareas estratégicas planteadas por el Ministro de las FAR.

—¿Mantiene contacto con la población?

—Permanentemente. Mi auto lo verás siempre lleno de gente. Constantemente estoy "dando botella". Aunque sean dos cuadras, les pregunto de todo. Hablan con mucha sinceridad. Se manifiestan contra los funcionarios, instituciones. Critican lo que tengan que criticar.

Me emociono cuando observo la confianza que tienen en las Fuerzas Armadas para la solución de muchos de nuestros problemas.

Lo más impactante es la enorme fe que el pueblo posee en Fidel y en Raúl. Es algo muy hermoso.

Vale la pena luchar y morir si es necesario por un pueblo tan extraordinario y por dos jefes de la estatura política y moral de Fidel y Raúl.

—¿Cómo son sus relaciones con Raúl Castro?

—Excelentes. No conozco a una persona más sencilla, sensible, humana y atenta al más mínimo detalle, que nuestro Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Es capaz de hacer, con tu familia, lo que uno no hace.

Como militar es muy claro, realista, preciso. Dice las cosas muy claramente. Al pan, pan y al vino, vino, como se dice en el argot popular. Cuando se termina la reunión es el amigo, el hermano.

Con Raúl se puede hablar sobre cualquier tipo de problema, incluyendo los personales, por difíciles que sean.

Siempre te da un consejo sano. Está fuera de serie. Él y Fidel se complementan de una manera increíble.

—En pocas palabras, ¿cómo definiría a Fidel?

—Si en la Sierra existía la leyenda de que Fidel era adivino, hoy puedo afirmar que es profeta.

Tiene una extraordinaria visión para prever el futuro en el orden político, militar y social. Esa es una de sus grandes virtudes. Es un hombre que en los momentos más delicados se crece, con una dignidad y honor mucho más altos que el Pico Turquino. Su sola presencia conmueve. Lo transforma todo. Es un ciclón humano.

1996

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