ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Rafael de Águila. Foto: Ariel Cecilio Lemus

Aunque no suelo decir, por conocido que sea, que la persona entrevistada no necesita presentación, lo cierto es que todos hablan por estos días del escritor Rafael de Águila. En unos cinco meses recibir dos lauros como el Premio Internacional de Cuento Julio Cortázar y el Casa de las Américas –también como cuentista– nos remite a un hombre que sabe muy bien qué rumbo seguir en su escritura.

Condecorado también con el Alejo Carpentier 2009, De Águila es ahora mismo un enigma. ¿Qué fibra tendrán los cuentos que firma? ¿Qué habrá en Viento del Neva, ganador del Cortázar? Para saberlo hoy es el día. En la sala Alejo Carpentier de la Cabaña, se presenta a las 3:00 p.m. el título Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, donde esta y otras piezas narrativas verán la luz.

–Lo oí decir una vez que la feliz noticia de ganar un certamen hace que el solitario oficio del escritor se convierta en algo muy distinto a la soledad.

–Se escribe en solitario. La literatura va a mixturar página en blanco y autor, en una suerte de soliloquio. Se arriba a la ceremonia de entrega y he ahí que la soledad de la creación contrasta con los seres que te felicitan y ponderan. La negación de la soledad cobra mayor significado cuando la obra, finalmente, se publica. Una vez publicada y leída la obra, sesionará el único Jurado que no resulta veleidoso: el lector. Los premios poco o nada significan. Los premios se los inventamos a la realidad. La realidad es la obra. Y sobre ella el lector tiene, siempre, la última palabra.    

–El Decálogo del perfecto cuentista, de Horacio Quiroga, empieza sugiriendo que se crea en un maestro como en Dios mismo. ¿Cuáles son los suyos?

–No creo en decálogos. No se escribe desde ellos. Lo digo con todo respeto. Cada autor privilegia a unos y relega a otros.

En mi caso, desde luego, también tengo mis devociones: Saramago, Kafka, Faulkner, Hemingway, Cortázar, Borges, Dostoievski, Hesse, Mann, Camus, Yourcenar. Entre los cubanos Carpentier, Piñera, Cabrera Infante, Arenas, Lezama.

Pero, francamente, descreo de dioses. Los dioses son infalibles y no creo en la infalibilidad. Todo debe ponerse a prueba, todo debe someterse a duda. La única creencia posible es intentar escribir lo mejor que se pueda.

–A propósito de Quiroga, el narrador recomienda resistirse a la imitación, siempre que el influjo no sea demasiado poderoso. ¿Sigue usted esos pasos?

–Un autor es siempre la resultante de toda la historia literaria anterior, no se escribe deslastrado de ella. Sobre todo autor gravita la sumatoria de todas las lecturas, en rara y, a menudo, indefinible mixtura. Gravita no solo en la esfera de lo consciente, sino en el mismísimo y etéreo inconsciente. En ese contexto son inevitables las influencias. Bajo ellas se forma un autor. Se reciben influencias, sin excepción, en cada circunstancia de la vida. Pero influencia en modo alguno puede traducirse como imitación. No son sinónimos. No son homologables.

–Muchos colegas y amigos han acogido con beneplácito la noticia de su más reciente premio. En las redes sociales fue compartido y comentado con creces. ¿Qué opinión le merece la popularidad?

–No creo sea precisamente popularidad. No creo. Popular es un salsero. Un pelotero. Un futbolista. No creo los escritores sean en nuestro medio, o en algún otro, en este mundo nuestro de hoy, precisamente populares. No creo eso se aplique a mi caso. Conozco a muchos colegas, los respeto, los admiro, me duelo sinceramente de sus problemas y salto alegremente con sus logros. Cierta vez he intercedido por alguno, sin importar consecuencias. Creo en eso reside el secreto. Antes de ser un buen escritor me interesa ser un hombre bueno.     

–En Facebook un amigo le posteó: «Te has convertido en amo y señor de la cuentística cubana. Ya tienes la Triple Corona o la Triple C: Carpentier, Cortázar, Casa». Sentirse reconocido, ¿le acrecienta la confianza o el temor a lo que vendrá después?

–Juro sentirme exactamente igual que antes. Escribir continúa siendo trabajoso. Juro sentir la misma exacta inseguridad.

El mismo pavor ante la página en blanco, ante la página recién concluida. Los logros se publicitan, los conocen todos, no se publicitan las derrotas, los intentos de cada año en el envío a multitud de premios, intentos fallidos, no se publicita la persistencia, el trabajo sostenido, la tentativa errada, no se publicita el fracaso, eso quizá crea la falsa ilusión de que se está en situación de privilegio, de que se es un gran autor. Si se publicitaran esos intentos se establecería que son infinitamente mayores a los logros y a los premios. No creo que un premio, o dos, o tres, creen per se la preeminencia de una obra o de un autor. En mi caso, lo confieso, desconfío absolutamente de que los premios concedan alguna preeminencia.

–¿Qué «parentescos» se establecen cuando nos es dado, por alguna razón, compartir con los genios el tablado, aunque no sea en el mismo bendito minuto?

–En la sala Che Guevara de la Casa tuve la sensación de que el mero azar me hacía coincidir en ese sitio, en el que los más grandes monstruos del boom literario de la segunda mitad del siglo XX respiraron, impartieron conferencias o debatieron. No se establece parentesco alguno. O quizá sí, quizá se establece el parentesco que suele existir entre los muy admirados y divinos maestros y los respetuosos, agradecidos y humildes discípulos.

–Si tuviera que definir qué ha sido escribir Todas las patas en el aire, ¿me lo   podría decir?

–La vida es siempre un odre en el que se mezclan paz y turbulencias. Quizá escribir este libro me haya ayudado a entenderme mejor, sobre todo, a entender mejor al resto. A metabolizar turbulencias. A buscar un sucedáneo –fallido–de la paz. A defenderme del aquí y del ahora. O a defenderlo. A agredirlo pero también a acunarlo. Escribir este libro quizá me haya salvado y reconfigurado. Pero eso, me temo, es un lugar común: quizá precisamente eso lo haga todo libro.

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