Hay estadios que terminan convirtiéndose en parte de la identidad de una ciudad; el Latinoamericano es uno de ellos. Este lunes 26 de octubre el llamado Coloso del Cerro cumplió sus primeros 80 años de existencia, ocho décadas en las que sus gradas han reunido generaciones de aficionados y han guardado algunos de los capítulos más importantes del beisbol cubano.
La historia comenzó en 1946, cuando abrió sus puertas con el nombre de Gran Stadium de La Habana. Más de 30 000 espectadores acudieron a la inauguración para presenciar el enfrentamiento entre los Alacranes de Almendares y los Elefantes de Cienfuegos. Aquella primera jornada fue el nacimiento de un espacio que, con el paso de los años, se convertiría en una de las grandes catedrales deportivas de Cuba.
Con el tiempo, el recinto adoptó el nombre de Estadio Latinoamericano y amplió su capacidad. Sus dimensiones –325 pies por las bandas y 400 por el jardín central– forman parte de su ficha técnica, pero no explican por sí solas su importancia. El Latinoamericano se entiende mejor a través de sus sonidos: el golpe del bate, el guante que recibe una recta, el murmullo de la multitud y ese rugido que estalla cuando una pelota viaja hacia las cercas.
Es, además, la casa natural de Industriales, el conjunto más laureado de las Series Nacionales, con 12 títulos. El equipo azul ha hecho del estadio su principal fortaleza y también el
escenario de sus grandes frustraciones. Allí sus seguidores han celebrado campeonatos, han despedido temporadas y han discutido durante horas cada decisión, cada error y cada carrera dejada en circulación.
Pero el Latino nunca ha sido exclusivamente de Industriales, su historia pertenece al país. Sus tribunas mezclan los aficionados locales con quienes llegan para acompañar a sus equipos provinciales. Cada visita de Pinar del Río, Santiago de Cuba, Villa Clara, Las Tunas o cualquier conjunto convierte el recinto en un mapa beisbolero de Cuba. Durante nueve entradas, muchos vuelven a sentirse como en su pueblo natal.
El estadio también ha sido escenario de acontecimientos que superan el calendario regular. Allí se disputaron partidos de Series del Caribe, campeonatos mundiales, copas intercontinentales y jornadas memorables de los Juegos
Panamericanos de 1991. En 1999 recibió a los Orioles de Baltimore, visita que representó mucho más que un encuentro internacional y quedó en la memoria deportiva de la Isla.
Entre sus imágenes imborrables permanece el jonrón de Agustín Marquetti en 1986, una conexión que todavía despierta conversación entre los aficionados que la presenciaron y entre quienes la conocieron por relatos familiares. El batazo pertenece ya a esa categoría de recuerdos que se transmiten de una generación a otra.
El Latinoamericano también ha acogido conciertos, actos multitudinarios, espectáculos de boxeo y otras actividades.
En sus alrededores y pasillos permanece, igualmente, la figura de Armandito el Tintorero, símbolo de la animación y del entusiasmo que durante años acompañó a Industriales. Su estatua, obra del escultor José Villa Soberón, mantiene vivo el recuerdo de un personaje inseparable de la cultura beisbolera capitalina.
Un total de 80 años después, el Coloso del Cerro conserva una fuerza que no depende únicamente de sus dimensiones ni de su antigüedad. Su riqueza está en las historias acumuladas: los niños que vieron allí su primer partido, los jugadores que debutaron bajo sus luces, los veteranos que regresan para reencontrarse con un pedazo de su juventud y las familias que continúan ocupando sus gradas.
En el Latino cada juego trae consigo una memoria anterior. Un lanzamiento puede recordar una final; un batazo puede despertar la imagen de un héroe; una ovación puede unir a quienes estuvieron presentes hace décadas con quienes comienzan a descubrir el beisbol.
Por eso, cuando el último out pone fin a un partido, el estadio no queda completamente en silencio. El juego termina, pero la historia permanece. A sus 80 años, el Latinoamericano sigue siendo una de las grandes casas del beisbol cubano y un lugar donde la pelota, más que observarse, se vive.







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