Matanzas.–«Lilita no danza; ella vuela». La expresión viene de alguien que le es muy cercana en el arte y la estima mucho, pero no deja por ello de recoger, en esencia, la admiración de la gente por esta distinguida artista matancera con una extensa labor creativa y a quien acaban de reconocer con el Premio Nacional de Danza 2026.
A Liliam Padrón Chávez se le ve habitualmente en esta ciudad en ropa de trabajo, atuendo oscuro y holgado que, por lo visto, oculta las marcas del quehacer diario en las tablas. Confiesa que no se trata de un gusto en específico ni de moda alguna. «Es que así me siento más cómoda para entrar y salir del salón sin pérdida de tiempo».

En breve diálogo con Granma Internacional, tras conocerse la noticia de su Premio y poco antes de emprender uno de los usuales ensayos con jóvenes de la Compañía Danza Espiral, adelantó que no sería una mujer muy distinta de la que es de no haber apostado por la danza.
«Amo la danza, es mi vida, pero sería una mujer igual, así de sencilla y feliz, de haberme dedicado a otra cosa. Lo importante en esta vida, creo yo, es hacer algo que te guste».
–¿Qué impresión le deja este galardón?
–A ver, honestamente, uno siempre agradece un premio. Este en particular me alegra por lo mucho que representa; y, en consecuencia, agradezco la gentileza y el fallo del jurado. Pero no es algo que va a cambiar mi vida. Trabajo por necesidad artística, porque la danza me apasiona desde muy pequeña.
«Lo mejor de esta grata noticia es el cariño de personas de diversas latitudes, con palabras muy lindas, incluyendo las de un vecino, ya mayor, y que desconoce quizá a qué me dedico. “Felicidades, artista”, me dijo en forma muy elocuente. Da gusto sentirse querido».
–Háblenos de su familia y amistades…
–Mi familia es numerosa, como los amigos. Fui la primera hija de cinco hermanos. Todos me apoyaron siempre, al igual que mis tíos. Mis padres, por quienes guardo un inmenso cariño, deseaban que yo estudiara Medicina. No pensaron nunca, ni tenían idea, de que podría dedicarme a la danza. Siempre anhelaron que a la niña se le quitara la idea de bailar.
«Muy contrario a mi primera maestra de baile, María Elena Fernández, quien descubrió mis aptitudes para la danza y nunca aconsejó que me dedicara a otra cosa.
«Ella me enseñó la técnica del ballet, hizo que llegara al escenario y me colocó las primeras zapatillas. Fue muy importante en mi carrera y quiero agradecerle también de alguna manera este reconocimiento».
–¿Qué tan determinante ha sido en su vida profesional la compañía de una persona como su esposo?
–Mi esposo, José Antonio Méndez Valencia, es el director del Coro de Cámara de Matanzas. Entre nosotros existe una relación de respeto, amor y armonía. Cuando hay paz, muy a pesar de los problemas existentes, suele haber bienestar y felicidad. Estamos juntos desde 1983. Nos complementamos, y eso es vital.
«Con mi hijo, que es un excelente músico y buen ser humano, la relación es igual. Resulta una bendición tener un hijo tan amoroso. Ambos me apoyan mucho y colaboran en algunas de mis obras. Tenemos una conexión fuerte, lo cual consolida la realización familiar y profesional».
–¿En ese largo aprendizaje que ha sido el mundo de la danza, quiénes le han sido útiles, las mejores influencias?
–No son pocos, y algunos están en el grupo de mis mejores amigos. Están aquellos con quienes coincidí en el movimiento de aficionados, la Brigada xx Aniversario, y varios maestros de ballet que me abrieron puertas para mí desconocidas.
«Eso sí, mi vida y la de Danza Espiral hubiera sido otra sin la contribución del maestro Ramiro Guerra, a quien admiré desde que yo era estudiante de la Escuela Nacional de Arte. Fue nuestro mentor. Para mí existe todavía y lo tengo en mi pensamiento cada vez que hago una obra o estoy bailando».
–¿Qué distingue a la danza de lo que conocemos como el simple acto de bailar?
–Para mí no se puede separar una cosa de la otra, aunque la danza como espectáculo comprende una serie de códigos y determinados parámetros estéticos y de lenguaje escénico como la escenografía, diseño y vestuario.
–Al momento de concebir una obra, ¿tiene algún propósito de antemano?
–Desde el inicio hay una necesidad, aunque no siempre se sabe con exactitud lo que vas a conseguir. En el proceso de búsqueda, de investigación y de trabajo con los bailarines, el asesor teatral, el diseñador y el músico, va conformándose la pieza. El proceso creativo es muy diverso y después de todo la obra no termina en el escenario. Se queda en cada una de esas personas que están en el público.
–Desde 1987 dirige la Compañía Danza Espiral, ¿cuánto ha significado ese colectivo artístico multipremiado?
–Me consolidó como creadora, me dio la oportunidad de tener un equipo de personas para poder experimentar, aprender y evolucionar, que es lo que en definitiva hago todos los días. Lo curioso es que ya vamos a cumplir 40 años y cuando comenzamos a trabajar, no pensábamos que íbamos a llegar tan lejos.
–¿La fórmula?
–Trabajar, estudiar, investigar y ser muy pacientes.
–Al destacar su labor pedagógica y de gestión cultural, los críticos insisten en que ha sido formadora de varias generaciones de bailarines. ¿Profesora, coreógrafa, bailarina… ¿si la obligaran a escoger, con cuál se quedaría?
–En realidad, no creo que se pueda separar una de las otras. Confieso que no me gusta ser profesora en el sentido estricto del término, aunque admito que enseño todos los días y doy todas las clases de ballet aquí en la compañía.
–Creadora e impulsora del Concurso de Coreografía e interpretación DanzanDos, ¿cuánto considera que haya aportado a este Premio?
–Este espacio nació para hacer confluir a todas las personas vinculadas a la danza en el país, y su importancia reside en aglutinar a los creadores, sobre todo jóvenes, para encontrarse y dialogar.
–¿Cuál de sus piezas, de todo su trabajo, le llena más de satisfacción?
–Hay varias obras que han permanecido en el tiempo a partir de 1994 con el estreno de El No, pieza teatral homónima de Virgilio y que obtuvo Mención de Coreografía en la primera edición de DanzanDos…
«Está también La sombra de nosotros, inspirada en un poema de Laura Ruiz, Aire frío, La Consagración de la primavera, Eclipse y Otelo. Son obras que no envejecen a pesar del tiempo; y se debe, a mi juicio, a la honestidad con que fueron montadas, y no solamente a las condiciones del bailarín».
–Cómo se autodefine Liliam Padrón?
–Soy muy apasionada y me motiva el hecho de enfrentar riesgos. Por otra parte, doy valor a todas las personas que me rodean, casi sin excepción.
–¿Qué la incomoda?
–El exceso de bulla innecesaria, sin justificación.
–La ciudad de Matanzas, ¿qué papel ha jugado en su vida?
–Es donde mejor me siento, no concibo vivir en ningún otro lugar. El sitio que saca la magia que puede haber en mí, donde puedo respirar pese a cualquier contratiempo. Mi obra tiene mucho que ver con esta pequeña urbe, con sus ríos, sus puentes, su bahía y su gente.
«Tal vez por eso, y quizá solo por eso, sea cierto lo que con su infinita bondad dice sobre mí la actriz Miriam Muñoz… eso de que yo más que danzar, vuelo».











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