
Grata sorpresa experimenté al leer Espacio literario y escritura femenina, cuya autora, la doctora Olga García Yero, señala tangencias de mis escritos con el imaginario creativo de Dulce María Loynaz.
En esa obra, premio Oriente de ensayo 2009, la doctora García Yero analiza, junto a Jardín, de la Loynaz, y a Memorias de una cubanita que nació con el siglo, de Renée Méndez Capote –otra hija de general–, mi volumen de cuentos Casas del Vedado, publicado en 1983.
Ella sitúa una continuidad en el imaginario femenino respecto a la casa y su espacio de violencia y creación, en la ya mítica zona de el Vedado, la urbanización emblemática de La Habana, a la que mis cuentos de ese libro aportan el elemento fantástico.
No obstante, mi visión de el Vedado es bien distinta a la de Dulce María, quien lo considera algo consustancial, su hermano gemelo. En Fe de vida afirma que ella no dice «el Vedado en que viví, sino el Vedado que viví, porque formaba parte de mí». Asiste a su nacimiento y comparte tanto su brillantez como la decadencia de su primera etapa que arrastró la casa de su infancia y de sus recuerdos.
Conocí a Dulce María personalmente durante una presentación de la revista Revolución y Cultura, en la cual aparecían poemas de Bestiarium y un cuento mío. Miguel Barnet le habló de Casas del Vedado.
Su rostro se iluminó con una sonrisa tierna y nostálgica: «¡Ah, mi casa del Vedado!». Y tras lamentar su mala visión, me dedicó la foto que ilustraba la página de sus poemas. Sin duda el Vedado significó para ella algo más que una temática.
Para mí, fue solo un motivo ambiental, circunstancial tal vez, y creo que por entonces yo me acercaba a la literatura con ojo periodístico: enfoqué mi mirada, «objetivamente», en la situación de los miembros de una clase social en derrota: «los que no se fueron pero tampoco se quedaron».
Debo advertir que se me ocurrió aquel tema durante la etapa más solitaria de mi vida. Para atender a mis hijos, aún muy pequeños, tuve que cambiar el trabajo de periodista por el de escritora de guiones radiofónicos, pues estos podía escribirlos por la madrugada.
Me vi prácticamente encerrada en el duodécimo piso de un apartamento, en la calle Línea –vedadense, claro–, desde cuya terraza era más posible ver a un marciano que a un transeúnte.
Pero, sin duda, el Vedado suele colarse por esos intersticios de soledad y allí muestra su magia, ejerce su control, porque de pronto mi «objetividad» literaria se vio asaltada por gentes que no se sabía si estaban muertas o vivas. Me integré al mundo de esos personajes en cuerpo y alma, lo que, de cierta forma, me permitía evadir aquella especie de «arresto domiciliario» en el cual vivía.
A Casas del Vedado le debo, según apunta la doctora García Yero, mi lanzamiento definitivo como escritora, aunque a veces me parezca que ha «invisibilizado» un tanto mi obra posterior.
Pero, volvamos a Dulce María, que es el motivo que nos reúne.
La investigadora Zaida Capote –refiriéndose a algo ya apuntado por Fina García Marruz– encuentra desavenencias en la afirmación de Dulce María de que ella no se afilia a corrientes literarias. Especialmente a la vanguardia, en cuyo entorno, nutrida por sus lecturas, crea su primera obra.
Y señala los toques modernistas de Jardín, uno de cuyos elementos pudiera considerarse «la poetización de la máquina», pues la máquina para ella «tiene la belleza de todo lo que es grande y fuerte. Incluso tiene alma, un alma oscura, rudimentaria, mineral».
Aunque sociológicamente esa alma no sea del todo encomiable, sí lo son las palabras con que Dulce María la aborda, porque en toda la obra de esta singular mujer hay un rejuego con el idioma muy similar al enamoramiento.
No es esa la única negación de la autora respecto a uno de sus textos. También niega que Bárbara, la protagonista de Jardín, sea un personaje autobiográfico, aunque su soledad, su encierro enajenante aceptado de buen grado, se parece demasiado a la vida de Dulce María, tanto en los albores como en la etapa en que personaliza el pasado, la ausencia, el olvido y la extinción en una casa desde cuya desesperanza no nos habla el personaje, sino ella misma, con su voz y su aliento poético inconfundibles.
No obstante, creo que faltan otras interpretaciones en torno a la obra de Dulce María Loynaz. Estas serán más factibles cuando la distancia temporal nos permita verla con mayor exactitud, en su puro aspecto literario, sin los aditamentos de quienes, vencido su largo silencio –obligado y aceptado–, se dieron a la innecesaria tarea de endiosarla, celebrando, paradójicamente, entre otros aspectos de su carácter, una humildad posiblemente derivada de su formación católica aunque su obra revele, pese a las alusiones franciscanas, una religiosidad libresca. Y un legítimo orgullo de ser quien fue.
No obstante, pese a cualquier enfoque a posteriori, desde ahora contamos con un análisis sustancial, profundo, revelador de su obra total, como encontramos en las palabras del escritor y poeta César López que prologan la Poesía de la Loynaz (Letras Cubanas, 2002), haciéndonos interiorizar «la limpidez, la música interior, el lúcido intimismo, los silencios capaces de comunicar la esencia plena del verso».
En cuanto a la prosa, creo que la cultivó con igual acierto en todos sus aspectos y posibilidades.
Su primera novela, Jardín (iniciada en 1928 y publicada en 1951), aunque haya sido muy comentada, constituye un universo aún explorable. Resulta el testimonio de Bárbara, una mujer enclaustrada, que según la autora no se inspiraba en ella misma.
Igualmente valiosas son sus conferencias, sobre todo las que dicta sobre la Avellaneda, en la década de los 50, durante la campaña para darle su nombre al Teatro Nacional, aún en construcción. Tras llamarla «tal vez la más grande escritora del siglo xix», no vacila en lanzarse contra la dictadura batistiana: «Encima de todo lo que nos quitan todos los días, también quieren quitarnos a Tula». Y señala que tanto delito es atentar contra la hacienda del país como contra su patrimonio espiritual.
La biografía de su segundo esposo, el cronista social Pablo Álvarez de Cañas, es una prosa que puede calificarse de buen periodismo, por la capacidad de comunicación y el lenguaje sin lugares comunes que la distingue.
Justo eso, buen periodismo, es exactamente Fe de vida. O al menos es una apropiación de las facultades del texto periodístico, en función de la precisión biográfica, bien distante de los juegos formales de Jardín o del complejo castellano de Un verano en Tenerife, su novela más valiosa, que ella señala, escuetamente, como «libro de viajes».
Sin duda esta excelente obra relata un viaje, pero se afinca en la historia, en la sicología, recrea y vivifica anécdotas de siglos atrás, caracteriza a los personajes reales y eleva los imaginarios a su propia altura de certera escritora, de poeta intimista, de mujer raigalmente culta... Y, curiosamente, esta obra la concibe y la escribe «en el momento más brillante de mi vida», con lo cual desmiente –otro desmentido–, un postulado recurrente en ella: «solo el dolor produce belleza».
Me permito volver a disentir:
La belleza literaria, ya sea verso medido o libre; prosa en novela ficcional, conferencia, biografía, testimonio, periodismo o libro de viajes –en fin, todo lo que nos legó–, la produce un don con el cual ella venció la soledad, el silencio y el olvido, para instalarse en una parcelación elevada y olorosa a mar: el Vedado de nuestra alta literatura.
Ese don se llama Talento –así, con mayúsculas–.











COMENTAR
Responder comentario