
¿Quién es Marilyn Bobes? Nació en La Habana, en 1955. Es –lo dicen las contraportadas de sus libros– narradora, poeta y periodista. Ha ganado el premio David y dos veces el Casa de las Américas.
Y, no obstante, ¿quién es la mujer que ha escrito poemas como Anocheceres apacibles?: Ella lo espera. / Él no la ha advertido. / Se preocupa más bien por las noticias. / Dice que la felicidad es inalcanzable / y se arrepiente un poco / mientras enciende el último cigarro. / Ella pregunta entonces / si el domingo / llegarán los parientes / y se aferra a una cara. / En la televisión: una película, / una eterna película. / Los niños juegan. / Otra noche acaba. / Después / se acuestan / a morir temprano.
Todas las entrevistas intentan hurgar, con ambición, en lo que el entrevistado dice, y lo que no dice, para llegar más allá: develar un ser. A Marilyn estará dedicada la venidera edición de la Feria del Libro. Ella, reportera al fin, es precisa, directa. Cree que le han preguntado «ya de todo»; pero sabe bien que a los periodistas no se les acabarán las preguntas, y accede al diálogo con solidaridad de colega.
–En un artículo publicado en La Jiribilla, Laidi Fernández de Juan afirmó que usted es una abridora de caminos. ¿Por qué ha optado por abrirles paso a otras voces?
–Si he sido abridora de caminos ha sido inconscientemente; pero sí, me ha interesado siempre la obra de los demás, porque con ella aprendo. Además, es una manera de difundir la literatura, especialmente de las mujeres, que son las que más me interesan. Además, de esa manera contribuyo a difundir la literatura nacional, que para mí es una cosa esencial.
–Hay un poema suyo que dice, De todos los días de mi vida, yo escogería aquel que no ha llegado. ¿Ha sido esa una actitud suya ante la vida?
–Sí. Es la confianza en el futuro que creo que nunca nos debe dejar de acompañar, esa confianza en que el día de mañana siempre va a ser mejor. Sigue siendo hoy un verso vigente, lo escribí como a los 21 años, y hasta ahora, que tengo 70, me ha acompañado.
–En otro poema leemos, Escribir el verso que la salve, ¿la ha salvado la poesía a lo largo de su vida?
–Indudablemente, y se lo agradezco muchísimo. En los momentos más difíciles, escribir ha sido una manera de catarsis y también de identificación con los demás; porque me he dado cuenta de que lo que uno siente no es solo lo que uno siente: cuando lo comunica, muchas personas se hacen dueñas de esas palabras.
–¿Por qué descubrir a Vallejo fue tan importante?
–Vallejo es el gran poeta latinoamericano contemporáneo, y de la lengua española, creo yo; y descubrirlo fue como entrar en un mundo que desconocía.
«Yo escribía poemas muy cursis, a lo José Ángel Buesa, y una amiga chilena que estudiaba conmigo en el pre me enseñó a conocer la poesía de Vallejo, de Neruda, de Roque Dalton, y eso cambió no solo mi poesía, sino también mi vida».
–¿Qué otros autores cree que han sido esenciales en su formación como escritora?
–Eso es muy difícil de decir, porque de todos extraigo algo que me interesa y que me da riqueza espiritual. Me hacen conocer otras realidades, me hacen pensar. La lectura siempre ha sido para mí esencial.
«Creo que muchas mujeres, Virginia Woolf, por ejemplo, Clarice Lispector, la brasileña; poetas como Fernando Pessoa, o como los italianos Montale, Cesare Pavese… son muchos, la lista sería interminable.
–En el 2008 usted le dijo a una periodista que escribía por aquello tan demodé que llaman inspiración, ¿cómo es la rutina de trabajo ahora mismo de Marilyn Bobes?
–No tengo rutina de trabajo. No voy a mentir diciendo que soy una escritora que todos los días se sienta ante la computadora. Escribo por rachas y creo en eso que se llama la inspiración, porque cuando lo hago es como si alguien me dictara. No soy espiritista ni mucho menos, pero realmente es un estado de gracia, que no se consigue todos los días para mí.
«En el campo de la prosa, cuando empiezo porque tengo una idea, escribo obsesivamente de la mañana a la noche. Pero sentarme todos los días frente a la computadora no, son rachas, a veces me paso dos meses sin escribir, a veces escribo constantemente durante seis meses o un año.
«La poesía no la puedo escribir así, teniendo una idea: es algo, un verso, que se me ocurre caminando por la calle, en cualquier sitio, y entonces esa idea fluye de una manera misteriosa».
–El periodismo implica una disciplina distinta a la del escritor. Independientemente de las ganas o no de escribir, debes sentarte para entregarle la nota al editor. ¿Han entrado en algún momento en conflicto la periodista y la escritora?
–Para nada, me han ayudado mucho una a la otra, sobre todo el periodismo a la escritura. Comencé siendo periodista y poeta fundamentalmente; con el periodismo aprendí que uno tiene que sintetizar, y que comunicar, lo que para mí es determinante, porque si mi literatura no comunica, la siento fallida.
«El periodismo lo considero también literatura cuando está bien escrito, y la literatura se parece un poco al periodismo cuando aborda conflictos actuales, sobre todo».
–Pero usted comentó una vez que llegó el momento en el que tuvo que decir, «voy a dejar de trabajar como periodista activa porque no voy a escribir nunca una novela»...
–Esa decisión fue difícil porque a mí me gustaba mucho el periodismo. Pero cuando me adentré en la prosa me di cuenta de que se hacían incompatibles. Prensa Latina exigía estar ahí constantemente, escribir comentarios en «cinco minutos». Y a la hora de escribir una novela todas las ideas se me iban en el periodismo, porque yo quería hacerlo de calidad.
«Ambos campos se reñían un poco y tomé esa decisión con dolor, pero sin abandonar jamás el periodismo. Me fui a la revista Revolución y Cultura, donde el trabajo era más espaciado. Y actualmente todavía me considero una periodista».
–Marilyn, usted, a pesar de que asegura ser una persona muy tímida, ha sido entrevistada múltiples veces. Entonces quisiera conocer su visión actual acerca de algunos tópicos sobre los que ha hablado mucho. Por ejemplo, lo autobiográfico en su literatura…
–Hay mucho de autobiográfico en mi literatura. A veces la gente de mi familia se pone brava porque abordo cosas que son de la intimidad y me dicen, «¿Cómo tú vas a poner esto?» Sin embargo, trato de que la ficción sobrepase a la autobiografía. O sea, escribo sobre una base autobiográfica, pero dejando mucho a la invención y a la imaginación.
–¿Coloquialismo y experimentación?
–Fui muy experimental en los años 90, porque me casé con un poeta luxemburgués, que me enseñó toda la teoría de Derrida, de Barthes… que yo no conocía. Él escribía también muy experimental y parece que su influencia me marcó un poco. Pero después lo dejé porque perdí comunicación y para mí era un aspecto muy importante. En los últimos años he vuelto al coloquialismo, que creo es mi manera más auténtica de expresión.
–¿Y en cuanto a la intertextualidad?
–Me interesa mucho, porque he leído tanto que creo que eso no lo puedo dejar de aprovechar en mi literatura. Realmente le da riqueza, me hace reflexionar sobre lo escrito y hace reflexionar a los demás sobre esas cosas que ya han sido escritas y de las que uno tiene diversas interpretaciones. Esa polisemia de la intertextualidad me estimula.
–Usted se ha referido en algunas ocasiones al derecho a llorar que los hombres no tienen y que si las mujeres sí. ¿De qué forma ha permeado su escritura ese derecho a llorar?
–¡Qué pregunta más difícil! Yo creo que ese derecho a llorar nos salva a las mujeres; porque los hombres cuando lloran son muy criticados, cosa que no comparto, porque tienen tanto derecho a hacerlo como nosotras.
«Pero las mujeres tenemos esa capacidad de llorar, que se nos perdone ese llanto y que a veces sea hasta agradable, paradójicamente. Es un llanto que comunica mucho también, y que hace que las emociones estén por encima de las reflexiones, cosa que a mí me interesa mucho.
–En el 2008 usted decía que ha sido una persona a la que le es muy importante ser aceptada, pero agregaba, «lo voy superando como escritora y como persona». ¿En qué punto está en ambos casos?
–Me he quedado con las pocas personas que me aceptan como soy y no hago tantos esfuerzos porque me acepten. A veces hacía concesiones, decía cosas que no pensaba, o no establecía ninguna polémica con nadie por el temor a ser rechazada; pero ya eso lo he superado totalmente, a los 70 años pienso que ya era hora, ¿no?
–¿Qué emociones le despertó que se le dedicara la venidera edición de la Feria del Libro?
–Bueno, es una mezcla de angustia, por la exposición pública que me pone muy tensa; y de sorpresa, porque hacía mucho tiempo que yo no recibía ningún reconocimiento dentro de mi país y entonces me alegré de saber que todavía se acordaban de mí y que había hecho algo que merecía una dedicatoria.











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