ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Un Colin Farrell superlativo en la serie La sangre helada. Foto: Fotograma de la serie

Escrita y dirigida por un director cinematográfico de atendibles resultados como Andrew Haigh (Weekend, 45 años, Lean on Pete), la miniserie constituye una de las de mayor interés producidas durante la década por la cadena británica BBC.

El trabajo, visto en Cuba, porta las marcas de agua de lo más sobresaliente facturado en la plataforma inglesa: densidad narrativa, músculo expositivo, acabado diseño de producción, factura técnica impecable a escala general, e interpretaciones de primera fila.

La experticia de la casa londinense en este tipo de producciones ambientadas en siglos pretéritos (consolidada, a todas luces, en la tan añeja como vasta adaptación de obras del reservorio novelístico–teatral del país) resulta bien elocuente aquí.

Se expresa esa experticia en el minucioso trabajo de recreación de época, sí; pero más en la definición y solución del conflicto dramático de una obra abocada a trazar sus formas elocutivas en derredor de la miseria moral de algunos seres humanos.

Centro de gravitación dramático de esa premisa resulta el personaje de Henry Drax (brutal Colin Farrell, en una de las composiciones para grabar de su carrera), un curtido, hostil y siniestro marinero quien viaja a bordo del Volunteer, barco ballenero en camino del Ártico profundo, a lo largo del invierno de 1859.

Poblados por una ambivalente fauna humana, los camarotes de la nave son espacio de cohabitación dual de lo peor y de lo menos dañado de la especie. Hablamos de lo menos dañado de la especie, y no de «normal», porque en la buena teleficción y la buena literatura –la serie está inspirada en la novela homónima de Ian McGuire– esa calidad cada vez resulta más mutable, menos constreñida a los parámetros que pudieran identificar su «pureza».

Carroñero de almas, destructor de inocencias y asesino tan sórdido en lo físico como en lo moral, Henry Drax halla su némesis marinera en la conciencia/actos del doctor de la tripulación, Patrick Sumner (Jack O´Connell), el primero en advertir las felonías del arponero. Entre ambos se libra esa eterna batalla entre dos de los costados éticos de la raza, expresivos de la binaria naturaleza humana; moldeada esta, claro, con modulaciones y matices, porque aquí nada es moralmente inmaculado.

Y tampoco lo es el cirujano Sumner, quien carga con las culpas de un ayer violento gestado en las sanguinarias expediciones coloniales de Inglaterra en el Indostán. Aunque no por ello queda exonerado de culpas, él mató por obligación o por algo entendido como «deber»; acción la cual (la de asesinar) Drax realiza con placer, con la soltura de un depredador que capta las señales del débil.

La idea de la dualidad se deja prendida desde el mismo pórtico de la serie, por conducto de esa cita del filósofo alemán Schopenhauer que incorpora: «El mundo es el infierno, y los hombres son tanto las almas atormentadas como los demonios que las atormentan».

Igual sentido recorre la miniserie a lo largo de sus cinco episodios, extendido ello hasta en la forma de plasmar visualmente ese foco espacial ártico donde lo mismo puede hallarse la muerte humana o animal, la depredación insensata o el frío extremo, que la más abrumadora belleza natural de un escenario de ensoñación.

Emparentada en cierto modo con los universos geográficos o morales de series previas a la manera de The Terror o Tabú –trabajos del género en los cuales la vileza humana también opera en tanto vector desencadenante del relato–, la obra deviene retrato de fondo torvo y poso oscuro sobre la condición humana.

Esta se revela, a faz descubierta, lo mismo en las guerras imperiales de conquista de Sumner que en la barriga de un barco rumbo a la nada, durante largos meses en los cuales conviven almas pugnantes, debilidades humanas, ratas, salitres, hambre y malos pensamientos: el reino deseado por Drax u otros monstruos. 

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