No fue un acto protocolario. Fue una declaración de principios. En la Biblioteca Provincial Julio Antonio Mella, bastión de la memoria agramontina, inició el XXXVII Encuentro de Escritores, y lo hizo porque en tiempos de ciclones materiales, el refugio primero y más sólido es el de la cultura.
La apertura, en el año de su centenario, tuvo el rostro de Fidel. Pero no el de la efeméride distante, sino el del joven Comandante que, desde la pantalla en el documental El día más largo de Rebeca Chávez, hablaba a Camagüey en enero de 1959. Era la fundación revisitada, el momento cero donde todo era futuro y promesa. Un recordatorio necesario de la raíz, frente a un presente que a menudo nubla el horizonte.
Este encuentro dio fe de que la cultura cubana es un árbol de muchas ramas. De inmediato, el pensamiento derivó –como debe ser– hacia una de sus figuras cimeras: Eduardo Torres-Cuevas. En un panel de lujo, con Félix Julio Alfonso López y Ricardo Muñoz Gutiérrez a la cabeza.
Se habló del maestro que enseñó a buscar esencias en los pensadores del siglo XIX, a buscar en aquellos que la verdad compleja de la patria, a pensar la nación con lucidez crítica y sin concesiones. Fue un homenaje a la inteligencia, que en sí mismo constituye un acto de rebeldía. Este evento también se declaró dedicado a uno de los suyos: Francisco Luna Marrero, al que se dedicará también un panel. Alfonso López resaltó el concepto de Torres Cuevas sobre la historia de las ideas y la necesidad de la nación de pensarse a sí misma.
El programa fue un mosaico de resistencias. Las décimas de Ernesto Agüero trajeron el sabor de la tierra, porque la defensa de lo propio no es un acto de aislamiento, sino la condición para un intercambio soberano con el mundo.
Este encuentro demuestra que la cultura es urgente. Que mientras afuera la vida se encrespa, un grupo de personas defiende, con la simple terquedad de hacerlo, el derecho a atar los hilos del tiempo: de Fidel a Torres-Cuevas, de Torres-Cuevas a Luna Marrero, de los clásicos a los poetas nuevos que leían con una fe desafiante en los ojos.
La primera línea de defensa de la patria sigue siendo, para algunos, el pensamiento, la memoria compartida y la palabra que no se rinde. Ese es el parte de victoria que, silenciosamente, se firmó entre libros y voces.












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