Acabadas de estrenar en Cuba, Ballard (Amazon Prime Video, 2025) y Alien Tierra (FX, 2025), constituyen dos series harto representativas de la autofagocitación de la cual vive la industria audiovisual estadounidense, tanto en el cine como en la televisión.
No es nada nuevo, mas ha llegado un punto en el cual alcanza la exasperación, en tanto la apuesta por el facilismo (esto es la repetición o combinación de fórmulas exprimidas hasta el hastío), determina que vean la luz productos sin alguna otra razón que llenar un tiempo en pantalla y de paso sacarle un saldo a la inversión, toda vez que se establecen sobre el perímetro de marcas de valor, estimadas por tanto dentro del imaginario del receptor.
Es justo cuanto sucede con Ballard y Alien Tierra, prolongaciones ambas de dos universos conocidos y queridos por el espectador televisual/cinematográfico de Estados Unidos como del resto del mundo: la saga catódica Bosch y la franquicia fílmica Alien, iniciada en 1979 mediante el clásico de Ridley Scott.
Las productoras vinculadas a las grandes plataformas del streaming tienen el ojo puesto sobre cada suceso (audiovisual o editorial: por ejemplo, en el tema romántico han comprado los derechos de autor de la mayoría de los best sellers publicados en la década, tanto que el asunto adquiere ahora un grado hemorrágico).
Así operó en el caso de Ballard, con el espejo base de Bosch: una serie policial sólida esta, por arriba de la media, la cual se mantuvo, a pesar de sus altibajos, con la cabeza erguida durante siete temporadas, de 2014 a 2021, para luego poseer una prolongación a través de la mucho menos meritoria Bosch, el legado (2022–2025).
Si bien la Bosch primigenia destacó dentro del océano de repeticiones del género policial, no tenía caso sacar un producto derivado como Ballard, que ni tiene un protagonista con el magnetismo de Titus Welliver (Maggie Q ni se le acerca en su caracterización) ni su guion ni sus diálogos ni su fluidez.
Llana, cansina, sin personalidad propia, zarandeada por simplificaciones, sobresaturación de lugares comunes o subtramas improductivas, Ballard comete el pecado capital, hoy día en televisión, de aburrir. Lo hace desde el primer capítulo, para no despertar más de esa sensación total de déjà vu que acompaña el fatigoso visionado de esta serie procedimental de los creadores Michael Alaimo y Kendall Sherwood.
Una saga como Alien, de tanta significación para el terror y la ciencia–ficción fílmicos, pero tan maltratada al paso del tiempo, encontró en Alien Rómulus (Fede Álvarez, 2024), un título cinematográfico que tendría la ingrata encomienda de llevar el mito a clave Disney, durante la era TikTok del déficit de atención, esa de la cual abjuraron hace pocos días Matt Damon y Ben Affleck al referirse a los pueriles esquemas narrativos de Netflix en los tiempos multitarea y multivisionado del celular.
Alien Rómulus fue pensado para adolescentes y protagonizado por estos. En ello no radicaría tanto su limitación, sino en su olvido de las esencias de la obra maestra de 1979 o las réplicas de James Cameron (1986), David Fincher (1992) y Jean–Pierre Jeunet (1997).
Algo parecido puede decirse de la serie Alien Tierra, precuela de la saga, que ahora narra eventos acontecidos en nuestro planeta dos años antes de la primera película de Scott. A su creador, Noah Hawley, le salió muy bien (sobre todo las dos primeras temporadas, de 2014–2015, y la quinta, de 2023) su Fargo, serie de antología a partir del filme homónimo de Joel Coen estrenado en 1996. Sin embargo, él no repite éxito en Alien Tierra.
La primera creación televisiva del universo Alien trastabilla de cabo a rabo, falla en su intento de dar un nuevo rumbo a la saga y deja en el aire la interrogante: ¿qué necesidad había de filmar esto?











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