ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Jack London. Foto: Tomada de laizquierdadiario.com

«Quedé tendido; disparé un tiro hacia el monte siguiendo el mismo oscuro impulso del herido. Inmediatamente, me puse a pensar en la mejor manera de morir en ese minuto en que parecía todo perdido. Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol se dispone a acabar con dignidad su vida, al saberse condenado a muerte por congelación, en las zonas heladas de Alaska».

Así describía el Che, en una de sus anotaciones durante la gesta liberadora cubana –recogidas después en el libro Pasajes de la guerra revolucionaria– el momento en que quedaba herido en el combate de Alegría de Pío, días después del desembarco del Granma.

En instantes que le parecieron definitivos, la literatura –bien sabemos que tiene esos poderes– le resultó un aliciente capaz de aliviar la situación límite.

«Los últimos meses de la vida de Ilich, a instancias suyas le leía literatura amena, habitualmente por las tardes», escribe en su libro Recuerdo de Lenin, su compañera Nadia Krúpskaya. Dos días antes de su fallecimiento, le leyó un cuento de Jack London, Amor a la vida, que, aseguró, permaneció después sobre la mesa del dormitorio. 

Cuenta Krúpskaya que se trataba de una obra muy fuerte en la que «por un desierto nevado, que antes jamás hubiera pisado nadie, marcha hacia un puerto de un gran río un hombre enfermo, que se está muriendo de hambre. El hombre pierde sus fuerzas, y ya no camina, sino que se arrastra, y al lado se arrastra un lobo que también se muere de hambre. El hombre y la fiera libran una empeñada lucha. El hombre vence: más muerto que vivo, casi loco, llega a su meta».

Entusiasmado por el disfrute que le había proporcionado el relato, Lenin quiso que le leyeran otros cuentos del escritor estadounidense –nacido el 12 de enero de 1876 y fallecido el 22 de noviembre de 1916–, pero los otros no eran como aquel que tanto lo había impresionado. El cuento siguiente era muy distinto. «Ilich se echó a reír e hizo un ademán de fastidio».

Lo referido, alude, como se puede ver, a algún punto de respectiva confluencia entre el autor y dos grandes personalidades de la historia universal como Lenin y el Che. Sin embargo, ¿cuántas otras impresiones no habrán quedado en sus millones de lectores, tras conocer obras tan célebres como Colmillo Blanco y El llamado de la selva, publicadas en nuestro país? Tengo, por ejemplo, la que me acaba de ofrecer alguien que me es cercano, un devorador de libros de aventuras que, en sus años adolescentes y de primera juventud, leyó a London y quedó prendado. «Es que esos libros son extraordinarios e inolvidables», y hasta comenzó a comentarme, con los ojos humedecidos por la remembranza de aquellas lecturas, pasajes de esas obras, como las situaciones vividas por Buck, el perro protagonista de El llamado… vendido y violentamente encerrado en una caja, para ser llevado a Alaska, en beneficio de los humanos. 

El tiempo marca 150 años del nacimiento de uno de los más célebres autores de la literatura universal, de pluma ligera (publicó 50 libros), pasión por los viajes y la fotografía, radical militancia socialista en un mundo que avanzaba aceleradamente hacia el capitalismo, e inmenso amor por los perros.  

Las aventuras definen su inmoderada existencia, en la que fue, así como escritor, obrero en una fábrica, pescador de ostras, soldado, estibador y periodista, además de amar los barcos, llegar a poseer un yate y soñar con convertirse en granjero.

Lector tenaz, en quien influyó radicalmente una obra como El manifiesto comunista, y de confesas simpatías con la clase obrera, su nombre ocupa, dentro de las letras concebidas fundamentalmente para el público juvenil, puestos similares a los de Emilio Salgari y Julio Verne.

Sobre su muerte, acaecida a los 40 años, hay varias teorías entre las que prevalece el suicidio. Con fuertes parentescos se entrelazan las vidas de Martin Eden, protagonista de la novela homónima, que pone fin a su vida atormentada, y su autor, Jack London.

Esta lectura –o cualquier otra de sus obras– podría ser, en fecha tan singular, un estímulo para evocar a London, fresco y cabal en este siglo, desde la intimidad que solicitan las buenas letras.

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Me encanta Barbara Eden dijo:

1

14 de enero de 2026

09:56:25


De sus libros, solo he leído La llamada de la selva. Howard Zinn se refirió a London, notando sus vistas socialistas.