
–¿Qué espera del amor Édith Piaf?
–Lo que me quiera dar.
–¿Qué significa?
–Lo maravilloso, lo triste, lo trágico, lo extraordinario...
–¿La decepción también?
–Nunca me ha decepcionado.
«Si volviese a vivir haría lo mismo», respondió momentos antes, en 1962, al periodista que la entrevistaba en el espacio Cinq colonnes à la une, uno de los más grandes noticiarios informativos en la historia de Francia.
Apenas le restaban unos meses para morir, tenía 47 años y un cuerpo resentido por la morfina, el alcohol y las desgracias de toda una vida. Aun así Édith Piaf, la cantante francesa más universal de todos los tiempos, declaró tajantemente no arrepentirse de nada.
Había perdido al amor de su vida: Marcel Cerdan, un boxeador de fama mundial, pues un capricho del destino accidentó su avión cuando él viajaba a París. Varios amantes le sucedieron, pero con ninguno tuvo suerte. Y aun así seguía creyendo en el amor…
El gorrión de París –apodo que la acompañó– vivió como quiso, envuelta en su inconfundible vestido negro, sin alhajas ni más adornos, solo su voz, y con ella conquistó los mejores escenarios del orbe a mediados del pasado siglo.
Nacida el 19 de diciembre de 1915, hija de padres ausentes, se crió con su abuela paterna, dueña de un burdel en Normandía. Apenas adolescente, se labró su carrera como cantante en las calles y cabarés, pero luego perdió a su única hija Marcelle, con dos años de edad. Édith, por su parte, ni siquiera había cumplido los 20.
Dos décadas después, era una estrella internacional y ni la distancia ni el dolor la apartaron de los escenarios, incluidos los de La Habana. A Cuba vino dos veces, en los años 50, y fotos la muestran preguntándoles a las cartas del tarot cuál sería su suerte con los habaneros, y estudiando las palabras, en español, que les quería decir.
Un cronista de la revista Bohemia describió así su presencia en el cabaré Montmartre:
«Está cantando metida en su traje negro sin adornos. Calzada con sus zapatos sin tacones. Todo el adorno que usa para salir a escena está en su voz. La misma voz que hace 20 años escuchaban los parisienses conmovidos (…)».
Su despliegue de talento hizo posible que hoy disfrutemos de clásicos como Sous le ciel de Paris; Padam, Padam; Non, je ne regrette rien, canciones que, décadas después, siguen transportándonos a la Ciudad del Amor.
Hoy su memoria se preserva en el Museo Édith Piaf, en París, con dos habitaciones repletas de objetos personales que custodia su biógrafo y amigo Bernard Marchois. Él la recuerda como «una mujer cálida, sencilla y cercana, que nunca perdió el mundo de vista y nunca cometió el error de tomarse muy en serio su propio mito».
Pero no hace falta viajar hasta allí para evocarla. Cada vez que suena La vie en rose, vuelven a nosotros el gorrión de París, su ciudad y su torre Eiffel… en ese orden preciso.











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