ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Orgullo de las letras hispanas, el cubano Alejo Carpentier. Foto: Walfrido Ojeda

 Gloria de las letras cubanas, latinoamericanas y universales, Alejo Carpentier (26 de diciembre de 1904 – 24 de abril de 1980) vuelve a ser recordado en nuestras páginas, esta vez en el aniversario 121 de su nacimiento.

Tan valiosa es la obra de este hombre –considerado, en vida, uno de los más extraordinarios autores de nuestro idioma–, tan seductora su personalidad, que no solo no debe desconocerse, sino que es tarea de intelectuales, docentes e instituciones culturales difundir su legado en las nuevas generaciones.

Vuelve a recordarse, y nos preguntamos desde qué ángulo lo podríamos hacer esta vez. ¿Acaso, desde su natural sencillez, de la mano de una colosal erudición, a salvo de toda petulancia? ¿Desde su condición de cubano enamorado de su patria, capaz de universalizarla en sus escritos y preferir depositar toda su papelería en la Biblioteca Nacional de Cuba, antes que aceptar la solicitud de colocar sus manuscritos y documentos en la prestigiosa Universidad de Boston, tal como se le había pedido?

¿Lo evocamos desde la monumentalidad de sus novelas, crónicas y ensayos, o de sus flamantes críticas musicales? ¿O desde los años de juventud en su país, donde sufrió cárcel y exilio, o en el proceso revolucionario a partir de 1959?

Mucho podrá decirse siempre sobre Carpentier… Pensémoslo hoy a partir del gusto que deja en el lector abordar su escritura, desde donde emergió, con pulso amoroso y responsabilidad intelectual, la realidad latinoamericana, con su historia, sus civilizaciones, su belleza, su dolor y su cultura.

Evoquemos, al aludir solo a dos de sus novelas, el efecto que deja en el lector una obra como El reino de este mundo, publicada en 1949. Desde su prólogo, el autor comparte las motivaciones y fuentes que le propiciaron escribirla, así como confesiones de sus razonamientos durante su estancia en Haití, «al hallarme en contacto cotidiano con algo que podríamos llamar lo real maravilloso. Pisaba yo una tierra donde millares de hombres ansiosos de libertad creyeron en los poderes licantrópicos de Mackandal, a punto de que esa fe colectiva produjera un milagro el día de su ejecución. (…) A cada paso hallaba lo real maravilloso. Pero pensaba, además, que esa presencia y vigencia de lo real maravilloso no era privilegio único de Haití, sino patrimonio de la América entera (…)», explica.

Cuando se inicia la lectura del libro, ya en el lector, si es de nuestra región, empieza a anidar el orgullo; y, en los de otras áreas del planeta, la curiosidad por desentrañar el misterio que enuncia el autor en las palabras preliminares de una obra en la que se refleja el proceso de independencia haitiano.

Pronto gana partido la seducción, y de página en página, se llega al final de un relato que lo deja a uno pensando y asumiendo esa tesis que certifica que «la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas», y que solo puede hallar su grandeza, su máxima medida, en el reino de este mundo.   

Hablemos de Los pasos perdidos, publicada en 1953, la  segunda de las novelas que integran el ciclo americano en la narrativa carpenteriana y en la que volcaría sus impresiones sobre la Orinoquia venezolana, describiendo hermosos episodios de este escenario.

De su repercusión, nos asegura la biobibliógrafa Araceli García Carranza, quien desde 1972 compiló la bibliografía del escritor, que la obra, traducida dos años después al francés, conquistó una de las más importantes distinciones de Francia: la de El mejor libro extranjero. «La crítica francesa consideró esta obra como un libro esencialmente poético que entrañaba "una revitalización de los mitos" (…) y señalaba que Los pasos… daba una nueva dimensión a la novela americana».

Traducida al inglés y publicada también en Londres y Nueva York, la editorial Gollancz aseveró que sería una de las pocas obras de la época que se leería por muchas décadas en el porvenir, continúa García Carranza, y entre otras alusiones generosas a la gran aceptación que tuviera, recuerda que fue, muy pronto, traducida a ocho idiomas, mientras que «la prensa cubana encumbraba la obra del gran escritor y aseguraba que Carpentier había vuelto a escribir El Quijote».

Conocida es su estancia en París, entre 1928 y 1939, como exiliado, tras haber sufrido prisión en La Habana, durante la dictadura de Machado, cuando fue acusado de comunista por firmar el Manifiesto del Grupo Minorista; también lo es su permanencia en Caracas, entre 1945 y 1959, todos estos años, de prolífera creación periodística y literaria.

El triunfo de la Revolución Cubana fue decisivo para su regreso a la Isla, donde vería realizados sus ideales de justicia, y el curso debido para paliar sus preocupaciones sociales. Al servicio de la nueva sociedad, recibiría la tarea de conducir los nuevos destinos del libro en Cuba y asume la dirección ejecutiva de la Editorial Nacional.

A su cargo está la organización de los tres primeros festivales del libro que se realizan en la Isla, y trabaja, igualmente, en la Campaña de Alfabetización. En esos tiempos, publica artículos en las páginas de este diario, como colaborador.

Habiendo asumido importantes responsabilidades en instituciones culturales del país, como la subdirección de Cultura y la vicepresidencia de la Uneac, regresa en 1966 a París, al ser elegido ministro consejero de la Embajada de Cuba en Francia.

CERVANTES EN SU VIDA Y POR SU OBRA

El primer intelectual latinoamericano en obtener el Premio Cervantes, el más importante galardón literario para escritores en lengua castellana, fue Alejo Carpentier, quien lo mereció en 1978; pero mucho antes de que el lauro lo enlazara para siempre con el Manco de Lepanto, el autor de El Quijote era presencia en la vida del universal cubano.

Resulta que El Quijote fue, para él, el más leído de los libros; y en sus escritos, está visible la huella cervantina al utilizar arcaísmos que se encuentran en la gran novela española. Por otra parte, diversas crónicas carpenterianas están inspiradas en elementos temáticos de su argumento.

A propósito de la tirada masiva que se hiciera de El Quijote –título que encabezaba la lista que le solicitara el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz a Carpentier, para publicar en tiradas de 100 000 ejemplares–, el autor de El siglo de las luces escribiría: «Así Don Quijote se ha echado nuevamente al camino para deshacer agravios, enderezar entuertos, enmendar sinrazones, mejorar abusos y satisfacer deudas. Deudas que serán saldadas por la Imprenta Nacional, consagrada a la edición de los más altos escritos que hayan ilustrado el ya largo tránsito del hombre en los reinos de este mundo».

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Patricia dijo:

1

27 de diciembre de 2025

08:25:04


Excelente entrega de Madelaine Sautié