ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
El elevado ritmo de la obra despertó entusiasmo en cada escenario. Foto: Toni Piñera

Luego de 45 días dando la «vuelta» a la República Popular China, por tercera ocasión, desde 2019 hasta hoy, el Ballet Español de Cuba, liderado por el maestro Eduardo Veitía, acaba de regresar a la Isla, tras constatar la aceptación de una pieza archiconocida en el repertorio internacional, pero esta vez «aderezada» con tonos muy cubanos.

Fueron muchas las pruebas de amistad ofrecidas por un pueblo amigo, con el que nos unen 65 años de relaciones diplomáticas; esto último subrayado, pues constituyó el leitmotiv de esta gira.

Carmen.Cuba, la nueva versión de Veitía como coreógrafo, desanduvo la geografía del gigante asiático desde finales de octubre hasta ahora: 20 ciudades de 11 provincias, la región autónoma de Guangxi y Shanghai, tocando todos los puntos cardinales (Jilin, Heilongjiang, Fujian, Guangdong, Anhui, Jiangsu, Jiangxi, Yunnan, Sichuan, Shandong…).

Viajes en tren, aviones y ómnibus, casi sin descanso, pero recogiendo estelas de cariño y aceptación por doquier, que hablan de lo mucho que atrae en ese país lo cubano, lo caribeño y sus raíces hispanas. Algo que traduce el genio del creador, quien realizó una pieza en la que todo está estudiado y pensado, y en la que tampoco falta ese imán de cubanía, que se expande como una ola que atrapa al público hasta el éxtasis; el cual, en cada ciudad, acompañó el ritmo con palmadas y ovaciones.

Es una pieza sumamente original desde el punto de vista coreográfico, pues se mueve en la cuerda de la tradición y la contemporaneidad en el baile. Con imaginación e inteligencia, el coreógrafo utiliza elementos danzarios que la distinguen de otras creaciones. Ahí está una parte del triunfo de Carmen.Cuba, pues Veitía mezcla todo lo que ha prendido en el tiempo del baile español, el flamenco, la danza contemporánea, el ballet clásico, sin olvidar lo cubano, nuestro, implícito en cada bailarín y hasta en la música; además de la originalidad del baile, en el cual se despliega un difícil arsenal técnico que eleva el clímax de la pieza, y, luego, con suma perspicacia, y muy pocos recursos, a veces con las capas de los bailarines, por solo citar esto, cambia de atmósferas, paisajes. Se suma el diseño de luces, de su autoría, que aumenta la magia del espectáculo.

Al compás de la danza la música llega en armonía extrema, pues a partir de la partitura de Bizet como hilo conductor, Veitía entremezcla de forma eficaz versiones de la original, música popular flamenca que refuerza la acción en instantes cumbres; y dibuja, con tintes muy nuestros, entre otros momentos, el paso a tres de Carmen (Kelly Álvarez), Don José (interpretado por los primeros bailarines Ricardo Quintana y Daniel Martínez), y el torero (Daniel Martínez y el juvenil Pedro Duarte), en el que utiliza la versión flamenca de Chelo Pantoja sobre el bolero tradicional Dos Gardenias, de Isolina Carrillo.

Excelentes todos los protagonistas, incluyendo, por supuesto, ese Toro de la joven Nayara Calderón, quien también dejó huellas positivas en su Frasquita. Todos ellos, y el cuerpo de baile, animaron el espectáculo hasta el delirio con su desempeño.

No puede olvidarse el diseño escenográfico de Tamine González (video mapping) de alto vuelo estético y un entramado visual teñido de lo nuestro, con lugares emblemáticos de La Habana y el campo con palmeras; y que, junto al sutil y elegante vestuario del artista en mayúsculas que es Oscar de la Portilla, resaltan en ese final cuando el ritmo del flamenco se confunde con las percusiones de nuestro folclor, y es el éxtasis.

Por un momento, el calor cubano opacaba el frío existente en gran parte de China en este otoño, y el Caribe se confundía en esa otra tierra de nuestros ancestros.

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