ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La chica de la aguja, recién estrenada en salas cubanas. Foto: FOTOGRAMA

Filmada mediante una virtuosa fotografía en blanco y negro –a través del formato cinematográfico de 3:2, que transmite opresión y asfixia–, La chica de la aguja (Magnus von Horn, 2024) propone una introducción que, pese a diferencias de identidad visual o duración, me hizo evocar, raudo, a Persona (Ingmar Bergman, 1966).

En ambos pórticos, de cierto modo, está sugerido el sentido de las dos obras. Cada uno guarda un arco de significados que remite al dolor, las máscaras, la dualidad y el sacrificio femenino. No obstante, la cinta danesa (frontal, muy directa) no posee la sutileza expresiva del maestro sueco al discursar sobre esos temas.

No la posee, cierto, y es cruda, dolorosamente cruda, agobiante en sus imágenes, además de bastante pesimista en su escrutinio de parte de la especie humana; pero no merece en modo alguno las descalificaciones recibidas por algunos críticos occidentales, que la tildaron de practicar la llamada pornografía del sufrimiento.

Esa valoración se la merecerían, mejor, películas como la italiana Siempre nos quedará mañana (Paola Cortellesi, 2023), y no esta.

Todo lo plasmado en el filme danés lo hemos leído, incluso en líneas mucho más amargas, en Víctor Hugo, Balzac, Dickens o Dostoievski. Y no debe perderse de vista, al analizarla, el contexto histórico de su relato (la Europa, pobre y desolada, de fines de la Primera Guerra Mundial, escenario de crisis cuando se agudizó la miseria económica y moral apreciable en el largometraje).

Tampoco puede soslayarse, en su interpretación, el estilo e intereses del realizador Magnus von Horn, dueño de una filmografía personal decantada por analizar tanto la parte malsana de la naturaleza humana (Después de esto, 2015), como la voluntad de las personas por afirmarse en contextos hostiles (Sweat, 2020).

El cineasta sueco–polaco reúne dos de sus principales intereses temáticos en la historia que rodea al personaje central de La chica de la aguja, un personaje decidido a sobrevivir, sujeto a percances y traumas que deberá vencer o asimilar, puesto que lo contrario sería perecer en medio del hambre y del frío.

Basada tangencialmente en un suceso real, la película (participante en Cannes y nominada al Oscar a Mejor Filme Extranjero) sigue el curso de Karoline –interpretada por Vic Carmen Sonne–, una joven costurera cuyo esposo, al parecer, pereció en el frente de batalla. Ella no puede permitirse costear su piso, y debe mudarse a otro en el que debe sobrevivir en condiciones casi inhumanas.

La joven encuentra un remanso de alegría en su triste existencia, al enamorarse del dueño de la fábrica en la cual labora. Queda embarazada, y este accede a casarse con ella, pero la anciana madre burguesa del hombre la rechaza. Él no discute su parecer.

Expulsada de la fábrica, sin sostén, miserable, hambrienta, Karoline tendrá la experiencia inesperada de reencontrar a su esposo. Este, tardíamente, llega de la guerra. La conflagración lo dejó tan desfigurado como el Richard Harrow de la serie Boardwalk Empire.

El marido portará un significado posterior en la evolución/redención de la muchacha, quien también se topará en su camino con uno de los personajes más perturbadores que nos ha brindado en los últimos años el bastante perturbador cine nórdico: una mujer, quien, bajo su apariencia de agente adoptiva de bebés para familias pudientes sin descendencia, esconde una verdad aterradora.

A través del personaje protagónico y su interacción con esa mujer (la potente Trine Dyrholm), el filme explora la fina línea que puede divorciar a las personas –en ciertos contextos–, de instancias supremas como humanidad, misericordia, amor al prójimo y ética.

Drama sobre los hundimientos y las resurrecciones morales, más que una película exagerada o alarmista, La chica de la aguja es una obra realista que mira y nos mira sin falsas condescendencias.

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