Cuando supe que a Mercy Ruiz se le había otorgado el Premio Nacional de Edición 2020 la llamé enseguida por teléfono: «Fue muy emocionante y recorrí en ese instante mis 56 años de trabajo en el mundo de la cultura. Lo que se ha premiado es mi vida, que ha estado marcada por la perseverancia», dijo entonces a Granma.
No era la primera vez que por esta vía hablaba con ella. En otras ocasiones las llamadas suyas a nuestra redacción han tenido como objetivo ponernos al tanto de las publicaciones de Ediciones Icaic, la editorial que actualmente dirige. Su palabra, dulce y comprensiva, procura, con ese sentir bienhechor que anida en los editores completos, que se conozca la obra de los que a este sello la han confiado.
Para esta mujer de ininterrumpido trabajo que empezó como correctora de pruebas tipográficas, y después fue redactora, editora, redactora jefe, directora editorial y vicepresidenta del Instituto Cubano del Libro, por solo citar algunos de sus desempeños, «el editor no es solo un técnico especializado, graduado de una carrera universitaria que le permita un uso adecuado de la lengua española, el buen editor es, sobre todo, un gestor y promotor de ideas, de proyectos editoriales, de nuevas colecciones, de coediciones con otras editoriales nacionales y extranjeras, de planes editoriales basados en análisis temáticos y de mercado; es, además, el responsable del contenido y del diseño del libro, de los vínculos con la poligrafía, proceso tan importante, y a veces olvidado, en el éxito de un libro, y es, por lo tanto, el eje conductor de todo el trabajo editorial con una alta responsabilidad cultural y política».
Mercy sabe que el éxito o el fracaso de un libro, de un plan de publicaciones, del cumplimiento de la política editorial que se haya trazado dependen, en gran medida, de la responsabilidad y eficiencia del editor en toda su integralidad», y tiene muy claro a qué se debe esta profesión:
«El editor no suple la encomiable labor del escritor como creador de una obra literaria. El editor es el aliado indispensable del escritor para llevar a feliz término su obra, como un producto cultural a disposición del público lector. El trabajo de sugerir cambios, y arreglar posibles errores de contenido y de forma en un original, proponer y aprobar su diseño integral, vigilar la calidad del trabajo poligráfico, y evaluar el impacto y aceptación por parte de los lectores ha constituido siempre, para mí, un verdadero placer y una gran realización profesional.
La reconocida editora prefiere recordar, entre tantos años, las mejores experiencias, entre ellas cuando participó en «la creación del primer Instituto del Libro en 1967; mi trabajo como editora en el Diario del Che en Bolivia en 1968; la fundación de la Editorial Pueblo y Educación desde su núcleo inicial, cuando un grupo de editores trabajábamos en la sede del primer Instituto del Libro; la integración del comité organizador de la primera Feria Internacional del Libro de La Habana; la organización y realización editorial del proyecto los 100 Pinos Nuevos –una gesta solidaria inolvidable–, así como del proyecto Un libro para Cuba, auspiciado por editores amigos mexicanos; el haber asumido la dirección de dos importantes editoriales como Ediciones Unión y Ediciones ICAIC, que ampliaron mis conocimientos y mis vínculos con el mundo autoral y de los cineastas cubanos. Todos estos y otros sucesos que marcaron hitos en la historia del libro en Cuba representaron momentos inolvidables en mi vida laboral que ha estado siempre integrada a mi vida familiar y social».
Muchas son las encomiendas que a Mercy Ruiz le resultan entrañables, de las más queridas, nos habla:
«Sin lugar a dudas, la primera edición del Diario del Che en Bolivia. Nunca olvidaré aquella primera reunión donde el entonces presidente de Cuba Osvaldo Dorticós, el comandante Piñero y Rolando Rodríguez, presidente del entonces Instituto del Libro, nos explicaron a un reducido grupo de editores y diseñadores la especial misión para la que nos habían escogido. Preguntaron si alguien tenía algún impedimento físico porque realizaríamos el trabajo en condiciones difíciles, debido a las exigencias de absoluto secreto que se requerían, y por el poco tiempo del que se disponía para poner el Diario en manos de los lectores cubanos».
Mercy estaba embarazada de su hijo Jorge Ernesto, pero decidió no decirlo «porque nunca hubiera renunciado al excepcional privilegio de participar en momentos tan trascendentales, como aquellos de poder tener en nuestras manos nada más y nada menos que los originales del Diario del Che».
«Durante los pocos días que duró la edición, el diseño y la impresión del Diario tuve además el altísimo honor de conocer personalmente a Fidel, que nos visitó en el lugar donde trabajábamos y con el que conversé directamente a propósito del prólogo, que como se sabe, es de su autoría y que me había tocado revisar también. Hay anécdotas muy memorables sobre este diálogo con Fidel».
A los jóvenes editores vendría bien lo que a Mercy Ruiz le gustaría decirles. «Les recomendaría que empiecen por aprender, con toda humildad, lo que significa el fascinante universo del trabajo editorial en nuestra sociedad; que se documenten y actualicen sobre la vida cultural y política de nuestro país; que se esfuercen por ganar experiencias útiles con el quehacer del día a día, escuchando a los más experimentados; que se enamoren de lo que hacen sin prepotencias ni imposiciones, y que desarrollen, sobre todo, un alto sentido de pertenencia en la labor que realicen, algo que desafortunadamente tanto escasea en la actualidad y sobre lo cual debemos insistir especialmente en los jóvenes».











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