ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Fidel junto a Nicolás Guillén, Alfredo Guevara y Alejo Carpentier, en el II Congreso de la Uneac. Foto: Mario Ferrer

El año 1961 produjo un violento giro de inflexión en la vida cultural cubana. A partir de Palabras a los intelectuales, pronunciadas por Fidel el 30 de junio de 1961 en la Biblioteca Nacional, las cosas tomaron un rumbo diferente, o más bien, se definieron posiciones ideológicas que se cocían en varios ambientes de intelectuales y artistas.

De una parte, urgía despejar dudas, evitar resquemores y espantar fantasmas que planeaban en los círculos de creadores; de otra, se requería definir plataformas, hallar puntos de contacto, desbrozar caminos que facilitaran la inserción del arte y la literatura en el proceso de transformaciones sociales.

Tuve el privilegio de ser testigo del acontecimiento. Había cumplido 21 años y estaba lejos de imaginar que sería uno de los

participantes más jóvenes del encuentro entre la dirección de la Revolución y un nutrido grupo de creadores, en su inmensa mayoría escritores. Yo trabajaba a la sazón con Argeliers León, compositor, etnólogo e intelectual de sobresaliente ejecutoria que había confiado en mí para asistirlo en la Biblioteca Nacional y orientarme en el campo de la antropología social.

Ya habían transcurrido dos encuentros previos, los días 16 y 23 de junio, en los que no estuve presente. Pero el 30 Argeliers me dice que el Comandante se iba a reunir en el teatro de la Biblioteca. Era tal mi inquietud que Argeliers cargó conmigo, y me senté junto a él en una de las primeras filas. Alguien, con delicadeza, indicó me trasladase a la parte posterior de la sala. Al contarlo mucho después en un panel conmemorativo, utilicé una imagen del béisbol: me pusieron a jugar en los

jardines, detrás del diamante. Después de todo, desde allí se oía mejor. Hice apuntes que luego perdí, pero permanecen en mi memoria los hitos fundamentales.

Fue un discurso, para mí, revelador. Me cambió completamente la vida. Yo venía de una clase media y no tenía una formación política, pero sí una vocación sociológica, antropológica y de patria muy grande, que es la que me hizo permanecer aquí. Ese día había olor a manigua, olor a Sierra. Admiré mucho más a aquel hombre, treintañero y desaliñado, con su traje verde olivo, que venía con otro discurso. Yo estaba acostumbrado al lenguaje hueco y mediatizado de algunos de los intelectuales de entonces, que debatían en programas de radio como Ante la prensa, de cmq. Los tiempos de la tiranía también fueron tiempos de una censura brutal. La retórica campeaba, en un lenguaje grandilocuente de lugares comunes. De pronto escuché a Fidel, que ya desde Columbia el 8 de enero de 1959, llevaba adelante un discurso fresco, moderno, directo y coloquial; que llegaba al alma a todo el mundo, porque estaba diciendo verdades contundentes.

¿Cuál hubiera sido mi destino sin la Revolución? Empleado público, oficinista o, cuando más, profesor de español en un colegio norteamericano. Diletante intelectual a lo sumo. Viajero de los ferries a Miami y cazador de fruslerías y dinero. Antes de Palabras a los intelectuales, y mucho más después, supe que mi destino era Cuba, la Cuba que tendríamos que construir y que tanto nos ha costado. Muchos años después, en la Casa de las Américas –Eusebio Leal nunca lo olvida- le dije a Fidel: «Yo no me quedé, me fui quedando».

Esa reunión en la Biblioteca fue crucial para que Fidel midiera la complejidad de aquella numerosa y variopinta asamblea de escritores y artistas. La Uneac, que surgió como resultado del Primer  Congreso de Escritores y Artistas, dos meses después con Nicolás Guillén a la cabeza, ejerció un papel de cohesión. Todo, en medio, de un intenso y polémico debate que produjo, a su vez, un caleidoscopio de ricas expresiones de la cultura cubana.

Solemos congelar en una frase la significación de Palabras a los intelectuales. Debemos ir más allá. Piedra angular de la política cultural de la Revolución no se detuvo en el tiempo. Al volver la vista observo cómo allí Fidel sembró la idea de una verdadera democratización del arte y de la necesaria unidad dentro de la diversidad.

En cuanto a mis intereses más cercanos, el basamento conceptual expresado por él hizo posible la toma de conciencia en torno a la reivindicación de las culturas populares y, de modo particular, las de origen africano, preteridas y marginadas hasta entonces. Fernando Ortiz ya había abierto una brecha, rompiendo esquemas y prejuicios raciales.

El próximo año se cumplirán seis décadas de aquel pronunciamiento medular. Estamos en la obligación de desentrañar el hilo conductor entre las ideas expresadas por Fidel y el ulterior desarrollo de la política cultural de la Revolución; de separar lo esencial de lo accesorio. Poner al día, e incluso polemizar en buena lid, con el legado de Palabras a los intelectuales pudiera ser un nuevo punto de partida para una concepción más cabal de la cultura cubana.

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Joel Ortiz Avilés dijo:

1

30 de junio de 2020

07:26:03


Tener en el presente como agua fresca, la apreciación de un joven de 21 años a quien pusieron a "jugar en los jardines" como dice hoy el destacado intelectual Miguel Barnet, testigo viviente de esa reunión con los intelectuales y Fidel; es un privilegio; por lo que considero que todos debemos interiorizar sus ideas y llevarla a nuetra vida diria; ahora en que tanto hace falta una sensibilidad especial, para enfrentar estos tiempos de COVID-19 y que el mundo clama a voces, la necesidad de sacar del alma de los hombre, sus "sustancias" más nobles, el amor que lo sustenta y una cultura universal desprejuiciada de todo los malos vicios, que empaña la obra humana.

Amanda dijo:

2

30 de junio de 2020

12:30:16


CMQ va en mayúsculas, porque es una sigla de solo 3 letras. Si tuviera 5 letras o más, entonces sería C mayúscula y las demás en minúsculas. Lo dicen las normas de la Real Academia.