Lo primero que salta a la vista, al pensamiento, nada más encontrarnos con la portada del último libro de poesía de Julio Mitjans, publicado por Letras Cubanas, es la expresión provocadora de un título como Dime si te sobrepones. Un enunciado que podría ir en dos direcciones. Una, la del reclamo que se hace el propio autor; y otra, la que hipotéticamente va dirigida a un lector que no sabe si la pregunta opera como invitación o como reto.
Dime si te sobrepones determina una actitud de autor, y demanda por igual cierta cualidad empática del que lee. La condición de hombre negro, homosexual, poeta de voz franca, próxima, afincado en creencias ancestrales: «a sajadura de los antepasados…», nos posibilita el reencuentro con una perspectiva activada de su poética, no ajena a cuanto escribió antes.
A Venía diciendo una fábula, cuaderno de 1994, y
Alejándose del resto, de 2001, se une ahora este libro. En Dime si te sobrepones, un poemario en prosa, casi en su totalidad, el discurso fluye en el terreno de lo biográfico, del amor de pareja, de la sexualidad, lo doméstico, lo afectivo o lo social y sus correlatos. El desencanto, los apegos, religiosos incluidos; y, sobre todo, el Ser de ser negro. La existencia misma en la identidad de un hombre, del poeta Julio Mitjans. Una dimensión compleja en todos los órdenes.
La voz de autor y otras voces que intervienen en el poema dramático Francisca Djeli, ocupan 16 páginas del libro. Una suerte de puesta dramática en cuatro «actos» que intenta calar, hacer visible el discurrir fatal del negro en un tejido cultural, social, privado que se extiende en el tiempo con su inevitable signo.
En Dime si te sobrepones las crónicas arman el paisaje de realidades idas. Imaginarios conformados desde la inteligencia emocional que resuelve muy bien el autor en el orden de lo poético, porque inyecta un matiz distinto a ese pesar, a la angustia típica de su subjetividad y va conformando un ánimo, un retumbo, un espacio de vibración que respira su propia luz.
Dos conceptos campean en su quinta en este libro, el de los abismos y el del agua. El primero refuerza ese sentimiento de contrariedad que mencionaba antes. Entre «el borde del precipicio» o «el fondo del barranco», ocurre una poesía de esencias, vuelta a las incertidumbres existenciales del escritor, que remiten a la idea de Milton del «poeta caído» dándose el golpe contra el suelo del Infierno.
El agua, en cambio, tiene para Julio Mitjans una inspiración reparadora. El «espejo del agua», las «cajas de agua», el «hilo del agua», el «esclavo de agua» o «la misteriosa quietud del agua en un pozo», lo rescatan para una fe mayor, ancestral, de sangre. Una fe que mira a ese elemento como fundador de vida. Barrido. Claridad. Todo lo que vive y respira sobrevive al agua que cae de los cielos, afirma la religión yoruba.
Particularmente de la fe mayor una no puede desligarse leyendo Dime si te sobrepones. Tampoco de la idea de la creación como intuición, riesgo, suceso. Mitjans no lo deja. Los eggun, espíritus de los antepasados difuntos, los muertos, para graficar mejor, lo acompañan, nos acompañan entre palabras.
La poesía nunca resulta menos misteriosa que los otros elementos del orbe, ha dicho Borges.











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Roberto Suei dijo:
1
26 de diciembre de 2019
18:20:46
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