ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
«Nunca quise ser director ni maestro porque me parecía que estaba enseñando a alguien lo que estaba yo loco por hacer. Foto: Ariel Cecilio Lemus

Se dice a sí mismo viejo loco, y así se me presentó. Siento que es verdad, que está loco, pero su locura es de esas que mueven montañas, desatan pasiones y la suya ha contribuido a revolucionar la danza contemporánea dentro y fuera de este país.

«Siempre me atrajo el riesgo, yo creo que eso es lo que me mantiene con cierta juventud de pensamiento. El joven no tiene límites, siempre trata de romper con lo establecido y yo todavía hago eso a la hora de hacer un programa como director. Pienso en Stanislavski: cuando el estímulo no varía, la atención se pierde, por eso pongo la coreografía de un cubano, después la de un holandés, un escocés y al final cierro con lo que a lo mejor esperan de nosotros».

Miguel Iglesias, director de Danza Contemporánea de Cuba (DCC) se graduó de instructor de natación y pasó la escuela de salvamento acuático. Llegó a la danza profesional después de haber arrollado en comparsas, ser socio del Casino Deportivo, de muchas noches de baile en el Anfiteatro de La Habana y en el
Círculo Patricio Lumumba.

Terminando la escuela de salvavidas se encuentra con Juanito Gómez, quien le pide que se presente a las captaciones para el Ballet de la Televisión Cubana. «Le dije: ¡no, hombre, no! Estaba muy corpulento debido al deporte. Pero se me quedó aquello en la cabeza.  Me veía con la edad que tengo ahora, 71 años, dándome balances, pensando que podía haber sido y no soy. Y fui y entré.

«Para todas las inquietudes que tenía se me quedaba corta la danza, necesitaba conocer de teatro también. Roberto Garriga, en una clase de actuación, me dice: ¡Siente, no actúes! ¡Esto es una mentira, pero tienes que vivirla como si fuera verdad! Yo no bailé nunca, siempre interpreté». Esa fue su primera lección de teatro, y no sería la única.

Luego fue Primer bailarín del Ballet de Camagüey, en el que estuvo durante seis años, y bailó coreografías de Iván Tenorio, Alberto Méndez y Gustavo Herrera, de este último estrenó Saerpil, con un esguince en un tobillo.

Miguel afirma haber vivido unas cuantas vidas a través del arte de la interpretación. «La mía sola hubiera sido muy aburrida. Yo era bien natural, me creí de verdad cada cosa que hice».

Con 37 años la vida le comenzaba a recordar que el tiempo no pasa en balde. «Uno empieza a perder facultades, me estaban saliendo muchas canas y no me las teñí porque para mí eran los años que he vivido como me ha dado la gana vivir».

Fue entonces cuando le proponen ser el décimocuarto director de dcc, la compañía que en septiembre de 1959 fundara el maestro Ramiro Guerra. «Tuve que pensarlo, porque siempre  he querido morirme arriba de un escenario, no hay nada más rico que ser un intérprete, las emociones extremas son tuyas, ahora tengo que bailar a través de 50 pares de piernas, y si algo nos salió bien, nos salió bien a todos, pero si algo sale mal me salió mal a mí. Fue un cambio muy brusco. Pensé estar dos años y llevo 34 como director».

DCC es una incubadora donde bajo su guía se han formado no pocas generaciones de excelentes bailarines. «Lo primero que tiene que tener un profesor de la enseñanza artística es dedicación y conocimiento de la profesión, porque eso es lo que hace que un alumno te siga o no. El arte no se enseña, se desarrolla. La danza requiere espontaneidad y una disciplina enmascarada por lo que haces bien, por lo que disfrutas, si no, no le encuentras sentido a lo que estás haciendo».

A Miguel le sobran los pretextos para trabajar. Mantener una compañía como dcc no es tarea fácil: el tabloncillo no tiene las mejores condiciones, el comedor es tan pequeño que los bailarines comen en el pasillo, pero aun así los ensayos no cesan. En 2018 le entregaron el Premio Nacional de Danza por la obra de toda la vida. «Tengo los mismos dos huequitos en la nariz antes y después del premio, he seguido con las mismas dificultades y trabajando para mejorarlas. Agradezco a quienes piensan que lo merezco, pero sigo trabajando».

Sesenta años cumplen DCC y también su sede, el Teatro Nacional de Cuba. Como homenaje, la compañía repuso Carmina Burana, estrenada en México hace ya diez años en un escenario de 23x28 metros y con capacidad para 10 000 personas. «Es un concierto a cuatro manos y se trabaja con un equipo grande que está detrás de cada detalle».

De hazañas como esta es capaz DCC gracias a las enseñanzas de su director: «Yo les insisto a todos ellos que para que no se vuelva mecánico, tienes que ser original como si lo bailaras por primera vez y como si no tuvieras chance de reivindicarte contigo mismo».

«No me mandes a dirigir un policlínico porque no sé nada de medicina, no me mandes a dirigir la Antillana de Acero porque desbarato la metalurgia en Cuba, ahora, ¿danza?, sí la sé dirigir».

«Un viejo loco, un tipo de acción que piensa, un ciudadano del mundo que nació en Cuba y que sigue pensando que no hay nada más importante que Cuba», así es Miguel Iglesias, el director de DCC.

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Cristobal Reyes Legra dijo:

1

22 de noviembre de 2019

03:06:08


Miguel un guerrillero en defensa de Cultura Cubana. éxitos y muchos mas años de pasión y amor por la danza.