ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
De la serie Los extraños fantasmas de la utopía. Foto: del autor

Quince obras de la producción de Pedro Pablo Oliva se reúnen en la galería Casa 8 (Calle 8 # 306 e/ 13 y 15, Vedado, La Habana) bajo el genérico título de Espantado de todo. Son creaciones surgidas entre el 2015 y el 2018 que pueden asociarse a la martiana cita: «Hijo, espantado de todo me refugio en ti. Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti». Preside la muestra un Martí en bronce, entregado al sueño en un sillón de mimbre. El resto son cartulinas de amplios fondos negros sobre los cuales posan personajes diversos, de arraigo expresionista y lírico, casi siempre marcados por la angustia de marchar entre la duda y la fe, entre la espiritualidad de la utopía soñada, y por tanto posible, y el golpe seco que disfraza al «pez hediondo» que llega a imponer su materialidad, también de reminiscencia muy martiana. La frase «toda utopía tiene sus máscaras», lanzada como humo de cigarro, o de chimenea en producción, desde una de las piezas de la serie Los extraños fantasmas de la utopía, parece una paráfrasis de la denuncia siempre oportuna y firme del Apóstol.

Espantado de todo se desplaza entre retablos de lírica ironía, estampas que van del malecón a los balcones y viñetas sentenciosas que acuden a la frase para intervenir en el sentido que elija el receptor. Sabiendo que el espectador no puede más que contemplar la obra durante ese breve tiempo que ante ella se detiene, ¿le regala el artista una tarea a resolver en su historia de vida posterior?

El hilo común que guía la exposición, no declarado por la curadora Johanna Luque Novoa, se centra en la poética ingenuidad con que desfilan los rostros, el movimiento explícito de los personajes –ya sea que avancen, marchen o se detengan, como posando expresamente para el cuadro–, y el radical contraste de líneas y colores en medio de tanto firmamento oscuro. La figuración del espanto, siempre evidente en esos fondos negros, acoge el doble accionar con que va representando al soñador utópico ante el enmascarado oportunista. Lo declara, en cambio, el propio artista en su breve introducción al Catálogo cuando revela que deja «un montón de fantasmas», como «torpes soñadores sin rumbo fijo, intentando a cada segundo descubrir un nuevo y esperanzador camino».

La obra de Pedro Pablo Oliva es conocida y aclamada más allá del ámbito especializado, fuera de los gremios que con polémica pasión inciden en los activos circuitos de nuestras artes visuales. Sus sucesivas exposiciones en el Museo Nacional de Bellas Artes, el otorgamiento en 2006 del Premio Nacional de Artes Plásticas y el paso de sus audaces creaciones a objetos de utilidad doméstica, le han permitido trascender la inmediatez del ámbito conocedor. Se inserta así en la cotidianidad inadvertida de la población, que recibe su gracia ajena a intereses de pura comercialización o de complacientes, y muy parciales, sentidos de parte de la crítica, de la que bebe tendenciosamente la introducción curatorial.

No obstante, cuando el arte es raigal y poderoso, cuando, martianamente, en lo grande se afianza y de-secha lo mezquino, cada desafío, cada cuestionamiento, social, humano, natural, se convertirá en entrañable ganancia espiritual, en acto de fe, y voluntad, por el mejoramiento humano, aunque de todo se espante, y se indigne con tanto de fantasma y tormenta, en legítimo acto de expresión.

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