ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Dulce María Loynaz coleccionó abanicos de todos tipos y épocas, piezas de marfil, tallados en nácar, con incrustaciones en oro y piedras preciosas, de encajes, con obras de arte. Foto: cubahora

Si a un amante de la literatura le preguntan que une al dramaturgo español Federico García Lorca, a la intelectual cubana Dulce María Loynaz y al faraón egipcio Tutankamón seguramente haría un enorme esfuerzo de memoria y concluiría con dos palabras: poesía y amistad. Y no estaría equivocado. Sin embargo, aún hay algo más.

Federico García Lorca, nacido el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, un pequeño pueblo de la Vega de Granada, fue asesinado con apenas 38 años de edad en la fatídica noche del 18 al 19 de agosto de 1936.

Los estudiosos afirman que, entre las facetas fundamentales en su trayectoria artística y personal, una de ellas fue su viaje a Cuba en 1930 (desde el 7 de marzo hasta el 13 de junio), invitado a dictar unas conferencias en la Sociedad Hispanocubana de Cultura, presidida por el escritor, antropólogo y jurista cubano Fernando Ortiz (1881-1969).

De esa llegada a La Habana, y ver emocionado el Castillo del Morro, habló Lorca en 1933 en una conferencia sobre Poeta en Nueva York: «Pero, ¿qué es esto? ¿Otra vez España? ¿Otra vez la Andalucía mundial? Es el amarillo de Cádiz con un grado más, el rosa de Sevilla tirando a carmín y el verde de Granada con una leve fosforescencia de pez».

Lorca fue recibido y mimado en Cuba por las figuras más representativas de la cultura cubana y desde un punto de vista literario, los hermanos Loynaz —Flor, Dulce María, Carlos Manuel y Enrique— serán sus principales interlocutores. Muchas tardes pasará el granadino en la residencia de El Vedado, la misma retratada por Dulce María en su novela Jardín.

Por esa gran amistad, a Flor le mandará el manuscrito de Yerma y a Carlos Manuel le regalará su pieza teatral El público, escrita en su tiempo habanero y finalizada en España y junto a ellos, en «mi casa encantada», como le gustaba llamarla, retocó y dio por finalizada, La zapatera prodigiosa.

Reconocido como uno de los poetas más importantes del siglo XX español, miembro de la Generación del 27, García Lorca escribió romanzas y poemas a su Granada, a su cultura salpicada de cantos, a la Alhambra y al imaginario gitano, que puebla aún Andalucía.

Y así, descorriendo el velo de la interrogante inicial, incluimos unos versos del poema Canción china en Europa dedicado «A mi ahijada Isabel Clara»: La señorita / del abanico / va por el puente / del fresco río. Porque además de amistad y poesía a Lorca y Dulce María los acerca una pasión por, claro que sí, el abanico.

En el cuerpo o país de este abanico de la Colección Loynaz prima la bandera cubana. Foto: cubahora

A la insigne poeta cubana (La Habana, 1902-1997) le apasionaban los abanicos. Fue una reconocida coleccionista, con más de 300. Para ella no eran un mero accesorio, sino un todo perfecto, una obra de arte en miniatura.

Para su colección reservó una sala de la casona que habitó entre 1947 y 1997 (19 y E, en El Vedado, donde hoy funciona un Centro Cultural que lleva su nombre) y construyó vitrinas para su correcta conservación.

No solo eso, le dedicó tanta atención que tenía un inventario, que aun se conserva, de su puño y letra, de los abanicos con sus descripciones, el año en que fueron adquiridos, los materiales con los que se confeccionó y cómo los adquirió.

La ilustre habanera fue una gran viajera y pudo adquirir piezas de gran valor. Se sabe que 1929, la entonces joven poeta visitó con su madre y sus hermanos Turquía, Siria, Libia, Palestina y Egipto, ocasión en que escribe Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen, tras haber apreciado en Luxor, antigua Tebas, la tumba del joven faraón.

En algunos de sus impresionantes versos dice: «Ayer tarde—tarde de Egipto salpicada de ibis blancos—te amé los ojos imposibles a través de un cristal... Joven Rey Tut-Ank-Amen, muerto a los diecinueve años: déjame decirte estas locuras que acaso nunca te dijo nadie, déjame decírtelas en esta soledad de mi cuarto de hotel… No me esperaste y te fuiste hacia la muerte como un niño va a un parque, cargado de los juguetes con que aún no te habías cansado de jugar... Seguido de tu carro de marfil, de tus gacelas temblorosas...».

Uno de los abanicos de la colección de la Loynaz pintado por el paisajista cubano Tomás Sánchez. Foto: cubahora

Qué perfecta casualidad. En la tumba de Tutankamón se depositaron, como parte del ajuar del faraón, dos abanicos con mango de metales preciosos, el  flabelo egipcio, que inicia un camino universal para la transformación del abanico como hoy lo conocemos: el ceremonial en China, el paso a Japón, relacionados con la ceremonia del té, y los usados en los dramas Noh, la antigua Grecia y Roma.

Los grandes viajeros lo llevan a Europa y en España se reverencia especialmente, en sus sevillanas, por sus artistas de la plástica, como esa Dama del abanico, de Velásquez, o las majas de Goya, hasta llegar a América, donde su lenguaje secreto pasa de los amoríos a transmitir mensajes libertarios.

La historia del abanico es muy extensa. Centrémonos en una pregunta desde y para Cuba: ¿Qué une a Federico García Lorca, a Dulce María Loynaz y a Tutankamon? La suprema poesía y la belleza del abanico, ese ¿accesorio? artístico y…utilitario.

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Luis Manuel dijo:

1

5 de octubre de 2018

08:58:15


Mireya Castañeda, Por favor, restifiquen documentalmente la informacion que dan al pueblo antes de publicar, Dulce Maria Loynaz y del Castillo NO tuvo NUNCA un abanico diseñado por Tomas Sanchez Requeiro