ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Luis Álvarez Álvarez (1951) mereció el Premio Nacional de Literatura 2017. Foto: del autor

CAMAGÜEY.–El jurado que decidió otorgar el Premio Nacional de Literatura 2017 al doctor Luis Álvarez Álvarez fue certero al ponderar la calidad, el rigor y la originalidad de su prolífica obra literaria, forjada en la constancia del estudio y la minuciosa investigación sobre los más diversos temas culturales.

Autor de unos 200 ensayos y de libros tan necesarios como Circunvalar el arte. Métodos cualitativos de investigación de la cultura y el arte; Nicolás Guillén: identidad, diálogo, verso; El rojo y el oro sobre el pecho; y Martí, biógrafo. Facetas del discurso histórico martiano; quienes lo conocen, aun sin haber intercambiado jamás una palabra con él, se congratulan por el merecido y oportuno reconocimiento a un hombre, cuyo prestigio y autoridad en el mundo intelectual, académico y social se ha labrado a fuerza de talento y mucha sapiencia.

Aquejado en los últimos días de fuertes dolores en su columna vertebral, como consecuencia de una caída, Luis aceptó la solicitud de Granma de sostener un encuentro para disfrutar un tiempo prudencial de su verbo, siempre presto a la respuesta precisa.

–El ministro de Cultura Abel Prieto Jiménez aseguró que usted es «el intelectual más culto de su generación». ¿Qué apasionaba, interesaba o preocupaba al joven Luis en la Universidad de La Habana?

–La verdad es que ni yo mismo sé la razón por la cual Abel se refirió a mí de esa manera. Le agradezco el elogio, pero afortunadamente en ese tiempo era como cualquier otro joven de 20 años que estudiaba en La Habana. Disfruté mi juventud, pero también estudié con mucha intensidad.

«Cuando fui a matricular, solo había dos carreras que un camagüeyano podía estudiar allí: Bioquímica y Licenciatura en Lenguas y Literaturas Clásicas, es decir, latín y griego. Finalmente me incliné por esta última, porque lo importante para mí era que quería estudiar, a toda costa, en La Habana.

«Después pasé casi tres años vinculado a un proyecto de investigación sociológica en el Escambray, una etapa interesante pero que me apartó de mi ritmo normal como estudiante, lo que me obligó a hacer un esfuerzo mayor, porque en tales condiciones estudiar griego a la luz de un candil no era cosa fácil.

«Es decir, en esos años me vi sometido a presiones de distinta índole que me hicieron estudiar disímiles cosas. Todavía hoy, si tengo que hacer un trabajo, me esfuerzo por aprenderlo. No me gusta la improvisación tonta o descarada de decir que sé algo y no ser así. Trato de estar siempre lo mejor preparado posible».

–Una vez graduado, ¿usted se queda a trabajar como profesor en la propia Universidad de La Habana?

–No exactamente. Cuando me gradué en una carrera bastante peculiar, en la que yo era el único alumno, querían que me quedara a trabajar allí, pero la ubicación laboral me llegó para la Universidad de Camagüey.

«De hecho, ese año se hizo un cálculo económico y resulté el graduado más caro de la Universidad de La Habana, porque a partir de segundo año me quedé solo y todos los profesores que, además eran los de mayor nivel en la Escuela de Letras y, por tanto, los mejor pagados, pues trabajaban para mí.

«Ya en Camagüey, mi tarea fundamental fue crear la revista científica de la Universidad. No sabía mucho del asunto, pero me informé y logré sacar dos números. Sin embargo, en un momento determinado, se me informó por intermedio de la doctora Vicentina Antuña que había sido trasladado de nuevo a mi centro de origen.

«Allí, durante unos seis años, alterné el trabajo docente y el editorial, pues a la larga terminé como editor de la revista de la Universidad de La Habana, pero esta vez sí formado por Ambrosio Fornet, una verdadera autoridad en el terreno de la edición.

«Era muy simpático, porque llegó un momento en que yo tenía tanta presión y carga de trabajo que la función de editor, es decir, la revisión de los textos propuestos para la revista y los encuentros con los autores, la ejercía durante la noche y la madrugada.

«En ese entonces trabajé como profesor en muchos lugares a la vez: en el entonces Instituto Superior de Arte, en la Facultad de Lenguas Extranjeras y en la propia Escuela de Arte y Literatura. De alguna manera, disfruté esa complejidad. Era un reto que un muchacho de 26-27 años podía considerar agradable e interesante».

–¿Qué motivos lo hacen retornar entonces a su Camagüey natal?

–Por una razón muy simple: no tenía vivienda. Ya estaba con mi compañera Olga García Yero, que tampoco era de La Habana, y en un momento determinado, los dos decidimos, ya casados, que no íbamos a seguir en esa situación, pues uno en la vida tiene que tener hijos y tiene que tener hogar.

«Fue entonces que regresamos a Camagüey y comenzamos a trabajar en el Instituto Superior Pedagógico José Martí. Ello significó un cambio muy fuerte en mi vida, pues me vi obligado a cambiar de perfil: del filológico clásico, es decir, latín, griego y otras asignaturas afines, al literario, debía impartir literatura cubana y universal.

«Eso significó que tenía que estudiar a la par con mis alumnos y, por supuesto, más que mis alumnos, porque lo mínimo que puede hacer un profesor es tener un poco más de nivel. De modo que vine de La Habana para Camagüey a estudiar y a adquirir otro campo profesional.

«Así estuve hasta que en 1992 mi esposa y yo decidimos salir del Pedagógico y nos trasladamos a trabajar en el sector de la Cultura, en un momento en que se estaba creando el Centro de Estudios Nicolás Guillén y, bueno, pasé para allí».

«Ello representó otro cambio de perspectiva, porque ese centro tenía como labor fundamental dirigir las investigaciones culturales en la provincia y eso era algo de lo que yo no sabía absolutamente nada. Es decir, me vi obligado de nuevo a estudiar y creo que con buen resultado, porque durante diez años el Centro de Estudios Nicolás Guillén llegó a ser el más destacado en investigaciones del país, no solo por mi esfuerzo, sino porque se pudo nuclear allí un equipo fuerte de especialistas que se volcó de lleno a ese trabajo».

–Parafraseando el título de un ensayo suyo, ¿cómo hacer cultura desde el «interior» del país y no morir en el intento?
–Mi trabajo en el Centro Nicolás Guillén, y en general en Cultura, significó nuevos retos. A pesar de que existe una política cultural nacional, es necesario que las regiones tengan su propio enfoque cultural, su propio trabajo cultural, adecuado a las posibilidades de todo tipo: artísticas, económicas, institucionales…

«Es necesario que cada región del país genere, por así decirlo, su propia política cultural, desde luego vinculada a la política nacional, porque no se trata de hacer solo fiesta y pachanga, sino que cuando es real significa el desarrollo de las potencialidades, de los talentos y de las instituciones que hay en cada territorio.

«En ese sentido es un trabajo muy difícil, porque requiere, por un lado, independencia creativa para poder gestar y gestionar líneas de trabajo y, por otro, y es lo más difícil, necesita aunar voluntades de todo tipo, no solo de artistas y dirigentes de Cultura, sino a veces también de otros ámbitos de la sociedad.

«Eso fue muy difícil, pero a mí me gustan los retos. Uno tiene que conocer muy bien su territorio, sus necesidades, lo que la gente quiere recibir como cultura, que no siempre lo que quiere es bueno, y entonces hay que hacer un trabajo un poco de interrelación. Todo eso lo tuve que aprender también sobre la marcha en su tiempo».

–Poeta, ensayista, crítico, pedagogo… ¿en cuál de estos campos se siente más cómodo o más a gusto?

–Cada actividad que uno realiza puede ser más o menos grata. Para no dejarte sin responder, diría que a mí me resulta agónico escribir poesía. Sin embargo, mi trabajo como profesor, que yo quiero mucho, está vinculado a la crítica y al ensayo, porque si tú no ejerces la crítica de lo que sea en tu labor eres un profesor nulo.

«Más bien la única preferencia, y hasta ahora la vida más o menos me lo ha permitido, es hacerlas todas a la vez, porque una apoya a la otra y realmente uno se siente bien haciendo su trabajo».

–En su obra ensayística, usted ha profundizado en la vida y la obra de disímiles personalidades del arte y la literatura, ¿qué lugar ocupa José Martí en sus investigaciones?

–Yo llegué a Martí por pura casualidad. Ya estaba en Camagüey, en un momento en que acababa de salir de mi etapa de profesor de Filología Clásica, y solicité hacer un doctorado, que era una meta usual y sigue siéndolo entre los profesores universitarios.

«Cuando menos lo esperaba, me llaman para decirme que se había aprobado, pero debía decir el tema a investigar. Sin pensarlo mucho respondí que lo haría sobre la oratoria de José Martí, pues necesitaba un tema que exigiera pocos viajes a La Habana y me permitiera contar con la bibliografía básica a mi alcance.

«Puedo decir, incluso, que yo no había leído completo a Martí y lo que había leído lo había hecho mal, sin mucho afán profesional. De modo que no fue una vocación, fue una necesidad práctica, pragmática, la que me llevó a Martí.

«A partir de ese momento, como es natural, tratándose de Martí, me enamoré del tema, lo cual significó también un cambio para mi vida, porque me vi obligado a entrar en dos campos concéntricos que yo no había transitado: la literatura cubana y específicamente la obra de José Martí».
–Entre tantos premios y reconocimientos que usted ha recibido durante toda su trayectoria intelectual, ¿cómo aprecia el otorgado por la Asociación Hermanos Saíz al nombrarlo Maestro de Juventudes?

–Para mí fue muy grato recibir esa distinción. Me ha interesado siempre dialogar con los jóvenes –estudiantes, profesores, escritores–, no por lo que yo pueda darles, sino por lo que ellos pueden aportarme a mí.

«El joven siempre aporta el sentimiento de una época, las necesidades de un tiempo determinado y, bueno, cuando uno va envejeciendo, ya voy rumbo a los 70, puede correr el riesgo de perder el contacto con esa realidad que lo circunda».

–¿Qué representa Olga García Yero en la vida y la obra de Luis Álvarez Álvarez?

–Ante todo representa mi apoyo afectivo y profesional. Yo le debo más a ella que ella a mí, pues nos complementamos mucho. Olga hizo una licenciatura vinculada con Cuba y su propio interés la ha llevado a conocer mucho sobre Cuba, mientras que mi conocimiento profesional sobre el país no es tan vasto como el de ella, no solo por mi formación inicial, sino porque yo no soy una persona totalmente sistemática y ella sí.

«Pero, desde luego, ese no es el vínculo más importante: es el absolutamente personal, afectivo, como pareja, como padres, como profesionales que siempre han trabajado juntos. Yo no me imagino trabajando sin ella ni me imagino la vida, por supuesto, sin ella. Eso, sencillamente, no existe».

–Como activo colaborador de Cubaliteraria, el portal digital del Instituto Cubano del Libro, ¿qué ha significado para usted la entrada en el mundo de la internet?

–Mi entrada en Cubaliteraria fue también casual, a partir de una invitación muy amable que me hiciera Alpidio Alonso, en ese entonces vicepresidente del Instituto Cubano del Libro.

«Significó entrar en un mundo profesional vinculado con el mío tradicional, pero diferente. Nunca había sido periodista digital, porque de hecho mi función allí es como cronista y crítico, y la verdad es que he aprendido muchísimo.

«Tengo con sus editores una relación como la que debe ser y no siempre se logra; es decir, el editor me pide, me sugiere, porque he tenido la suerte de que son gente muy profesional. Puedo asegurar que jamás he tenido un vínculo tan personal con otra editorial y ojalá pueda seguir haciéndolo durante mucho tiempo».

–¿Qué nuevos proyectos lo desvelan u ocupan hoy la mayor parte de su tiempo?

–En estos momentos estoy bastante angustiado, porque tengo dos proyectos a medio terminar, ambos sobre José Martí.

De hecho, se trata de dos libros comprometidos para su publicación y que distintas problemáticas de salud, laborales y de tiempo me han impedido concluir.

«Uno lo asumo solo y profundiza en la relación del pensamiento de Martí con la nacionalidad cubana y los conceptos de nación, soberanía y pueblo. El otro, lo comparto con dos jóvenes investigadores, Sandra González y Alejandro Fernández, sobre el peso de la cultura francesa en nuestro Apóstol».

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