La intensidad de un Festival no se mide en días, sino en memorias y aplausos. Y debates, y diálogos que deben dejar de ese acontecimiento un saldo mucho más duradero. El 16 Festival de Teatro de La Habana (FTH) nos llevó de nuevo a las salas, espacios abiertos, lugares muy distintos, donde actores y actrices nos recordaron que también de esta manera Cuba debe ser una ventana abierta al mundo.
Peter Brook, el maestro inglés a quien se le dedicó esta convocatoria junto al Teatro Buendía, habló en el videomensaje que envió a los artistas aquí reunidos acerca de La Habana que visitó a inicios de los 60, con añoranza y preguntas de quien ya vuelve sobre sus pasos. Del 22 de octubre al 1ro. de noviembre, La Habana fue otra vez una capital teatral, en la que resonaron sus palabras, dejándonos ahora el deber de un repaso a ese evento, con sus logros y sus medianías.
Sigo creyendo que el FTH se propone una escala demasiado ambiciosa, cuando en verdad es poco el presupuesto y son escasas nuestras posibilidades de producción, aunque ofrezcamos una cartelera de más de 50 montajes, nacionales y extranjeros. El festival debe ejercitar una política de síntesis, que no desborde inútilmente sus expectativas y deje un provecho mayor, en tanto aprendizaje, contactos, tiempo de diálogo y festejo útil.
Creo en la calidad y no en la cantidad, y si bien la muestra cubana de este año fue mucho más lúcida en su composición, resultó obvio que el evento sobrecargó la mano con propuestas foráneas no tan atractivas como se esperaba. Hacer un Festival como este, que depende de recomendaciones, videos, y pocas veces de la confrontación real con los montajes invitados previo a su llegada a La Habana implica un riesgo que demanda toda la información posible, y que por ende incluye, cómo no, la celebración y algunos desencantos.
Para celebrar en este Festival estuvo, ya digo, un mayor control sobre la muestra cubana, en la cual grupos como Argos Teatro, El Ciervo Encantado, Teatro Tuyo, Teatro de las Estaciones y Retablos, con obras para niños y adultos, reafirmaron su valía. También un amplio evento teórico que, a partir del tema eje: el arte de la dirección, ofreció diversas miradas a este asunto. Entre quienes nos visitaron, sobresalieron Villa, de Teatro Playa, de Chile; y los brasileños de Ateliè Voador con El diario de Genet: dos espectáculos sólidos, francos y defendidos por una dramaturgia y actuaciones que iban a lo esencial, para abordar cuestiones candentes, con alcance universal.
El resto de la muestra, entre lo que vi, iba por debajo de ese nivel, pero puedo señalar algunos elementos de interés, oficio y provocación en obras como Ayer dejé de matarme gracias a ti, Heiner Müller, del Teatro Konstanz de Alemania, y el cabaret Glory Box, de Finucane & Smith, que a mí me pareció ya un tanto retórico en su segunda mitad. Mundo Cruel, de Puerto Rico, o Volver a La Habana, dirigido por Flora Lauten para El Ingenio, de Miami, se afianzaron en la labor de sus intérpretes. Y ahora que lo dramático se contamina de tantos lenguajes, creo válida la presencia de la danza aquí, pero prefiero su interacción con lo teatral como elemento que la justifique plenamente en tan abultada cartelera. Broadway Rox, el concierto que nos trajo cantantes de la Gran Vía Blanca, demostró que el público sabe reconocer a figuras virtuosas del exigente teatro musical.
La mirada crítica a nuestra realidad fue uno de los puntales del evento. La ya mencionada Triunfadela, el work in progress presentado por Carlos Díaz como Harry Potter o se acabó la magia, que aún demanda una mayor afinación; son cartas de ese segmento, como también lo fue Abdala, un héroe del siglo XXI, de Teatro del Viento, al que sugeriría un empleo no tan estridente de lo que aplica al original martiano a fin de extraerle una savia más sutil y menos predecible. En esa línea, destaco la fuerza, la energía, el humor, la verdad de CCPC (Cuban Coffee by Portazo´s Cooperative), con la cual el grupo matancero El Portazo dejó espacio a la voz de los más jóvenes, que al tiempo que revelan sus incomodidades y esperanzas, ratifican una Cuba donde el teatro es un espejo nada complaciente, e imprescindible, de nuestra hora. Ese es un derecho del teatrista: ser en su realidad un actor consciente, una voz dinámica.
El 16 FTH se hizo por encima de obstáculos y trajo demandas que, de atenderse, harán de su próxima convocatoria una cita más pródiga. Quizá no tan desmesurada y sí acorde con un goce válido de tiempo y calidad. Es imprescindible no perder contactos, crearlos, sostenerlos, durante el tiempo que media entre una y otra celebración, y mantener viva la promoción acerca de todo.
El boletín Perro Huevero salió en tiempo (aunque no en todos los teatros lo repartieran a la entrada), y circuló un catálogo con información general. Pero es importante ir preparando al espectador de antemano, ayudarle a elegir en la muestra con datos previos acerca de qué ver y dónde. En ese sentido la crítica, no tan visible en ciertos espacios como en años anteriores, debe desplegar un rol fundamental. El público es la gran garantía de este festejo, y merece todo el respeto, en tanto protagonista de tantas edades y criterios, así como una visión que le ayude a entender el teatro no únicamente como entretenimiento.
Es mucho lo que habrá que hacer para que el FTH se parezca a lo que queremos. Esta edición, que cerró con el Ballet de Monte Carlo y su elegante Cenicienta, me deja estas imágenes. Y la del reencuentro con el maestro Eugenio Barba, otra vez en La Habana. Esas son las memorias y los aplausos que uno a mis reclamos. Todo en pos de un Festival que sea como nosotros, y que nos muestre ante el mundo como un escenario vivo y diverso.











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Rodin dijo:
1
16 de noviembre de 2015
09:59:39
Norge Espinosa dijo:
2
17 de noviembre de 2015
16:27:52
Enrique Barroso Lainé dijo:
3
19 de noviembre de 2015
08:54:01
Yely dijo:
4
19 de noviembre de 2015
16:06:18
Kiara Castro Béjar dijo:
5
21 de noviembre de 2015
19:14:03
Kiara Castro Béjar dijo:
6
21 de noviembre de 2015
19:14:14
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