ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
La joven instructora de arte junto a dos de sus alumnos. Foto: Anabel Díaz

Solo con dos años de graduada como licenciada, la instructora de arte Carla Prieto Ibáñez tiene ya una historia que contar. En ella los protagonistas son sus alumnos, esos seres a los que entrega todos los días lo mejor de sí misma convencida de no haberse equivocado al seleccionar su profesión.

Hace siete años esta joven profesora matriculó la Escuela de Instructores de Arte (EIA) en la que se graduó como instruc­tora de teatro y bachiller en letras. Su ingreso en la Edu­cación Superior y cada uno de los avatares que una carrera universitaria implica, fueron para Carla sucesos que acaecieron al unísono de sus primeras experiencias frente al aula.

Desde el mismo momento en que se graduó como instructora de arte, Carla comenzó a cumplir su servicio social en la escuela Ideario Martiano, del municipio de Plaza, donde vive.  “Yo siempre estuve en el mundo del arte, siempre me gustó eso. Pasé talleres en el teatro Nacional cuando todavía estaba en la secundaria. Después cuando la terminé me presenté a las pruebas de aptitud de la EIA y las aprobé”.

La EIA, que se corresponde con los estudios preuniversitarios, la preparó rigurosamente en la especialidad que ella escogió, pero también en otras manifestaciones artísticas, como danza, música y artes plásticas. Sin embargo no estaban cumplidas aún todas sus expectativas.

—Quisiste hacerte universitaria…

—No es lo mismo ser licenciada, es por supuesto mejor, y como yo voy a seguir trabajando en ese medio, pues qué me­jor que superarme en lo mismo que estoy  trabajando. Por eso me licencié en Educación, en esa especialidad.

—¿Cuáles de tus mejores vivencias de cuando te iniciaste en este mundo de la enseñanza recuerdas especialmente?

—Recuerdo con mucho agrado cuando daba las clases antes de graduarme de instructora. En las prácticas  les daba clases vestida con el uniforme de estudiante, a mí me parecía mentira ver cómo los niños se entusiasmaban y hacían lo que yo les pedía. Ya desde ahí imparto talleres de creación y apreciación de teatro.

Una de las escenas de El Principito. Foto: Anabel Díaz

—¿Qué resultados hubo en ese tiempo?

—Bueno, yo notaba que los niños veían demasiado la televisión y que muchos conocían más la música de los mayores que la de su edad. Me di cuenta de que había que trabajar con ellos. Entonces pensé en hacer algo sencillo, pero que les gustara y para empezar aproveché la fecha del 4 de abril.  Les en­señé a cada uno cómo era cada personaje, las cosas esenciales, porque no todos los niños van a ser actores, pero sí hay muchos que quisieran actuar. Les enseñé desde el principio a no darle la espalda al público, a proyectar la voz y ser cuidadosos con la dicción.

—¿Qué beneficios les reporta a ellos ese vínculo con el arte desde tempranas edades?

—Yo juzgo primero por mí que empecé a relacionarme con ese mundo desde que entré en la secundaria. A mí me ayudó a ser más espontánea en la vida, a tomar mejor mis decisiones, a defenderme ante el riesgo, a perder la pena… el teatro ayuda mucho a desinhibirse.

—¿Cómo contribuye la manifestación que tú enseñas a la formación integral del estudiante?

—El teatro es una de las especialidades más completas. Tiene de todo. Tiene plástica, por ejemplo, el diseño de la escenografía, el vestuario, el maquillaje. Cuando todos trabajan juntos se desarrollan muchos valores colectivos. Todos aportan algo en la preparación de las actividades y después disfrutan juntos el aplauso.

—Tu experiencia a lo largo de esos dos años en que ya eres una profesional se ha ido enriqueciendo. Supimos de una representación que hicieron tus niños sobre El Prin­cipito, en el Memorial José Martí…

—Sí, yo siempre busco alternativas para que los niños no solamente actúen en la escuela, para que ellos también se sientan motivados y les guste más lo que hacemos en la escuela con ellos, y para que también se integren a la comunidad, a la sociedad... y que esta comunidad tenga conocimiento también de lo que están aprendiendo en las escuelas.

“Mis alumnos han actuado en actividades de la FMC y el Minint, y  han representado a la escuela en festivales de los instructores de arte y una vez ganamos el primer lugar. Lo que hicieron sobre El Principito fue para ilustrar el documental de Miguel Fernández y se coordinó con el realizador para hacer una representación de la escena principal del audiovisual donde trabajaban la rosa y el Principito”.

—Estas actividades involucran a la familia…

—Claro. Los abuelos de Mónica y Carlos —la rosa y el Prin­cipito—  estaban emocionadísimos y también los padres. Ellos ayudan con el vestuario, es decir, la familia también se in­cor­pora a la actividad del niño. Ellos me hicieron los pétalos de la rosa, se preocuparon por saber todo lo que hacía falta.

—¿Cómo valoras desde la práctica la responsabilidad de los instructores de arte?

—Es mucha, es por esta vía que llegan los conocimientos más directos sobre las manifestaciones artísticas, pueden salir de esas escuelas como futuros bailarines, actores, desenvolver bien el arte oculto que llevan dentro. Es importante porque se desarrolla el niño, pero también la familia. Una vez una madre me agradeció por el  trabajo que estábamos haciendo con sus hijos.

—¿Qué satisfacciones te ha dado esta carrera en tu corta vida como instructora?

—Yo sé que a ellos les encanta que llegue la clase de teatro. Yo les doy clases a todos una vez por semana, desde primer grado hasta el sexto. Saber que ellos me esperan es la principal satisfacción.

COMENTAR
  • Mostrar respeto a los criterios en sus comentarios.

  • No ofender, ni usar frases vulgares y/o palabras obscenas.

  • Nos reservaremos el derecho de moderar aquellos comentarios que no cumplan con las reglas de uso.