ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Universos, de Girona. Foto: Pujol, Lynet

Desde muy joven, el pintor, dibujante y caricaturista Julio Girona (Premio Nacional de Artes Plásticas, 1998), y también escritor y poeta, soñó con conocer el universo. De ahí que a los 18 años saliera de Cuba para descubrir otros horizontes.

Viajó todo lo que pudo casi sin dinero; durmió hasta en la cubierta de los barcos, en estaciones de trenes y en parques.

Conoció a Grecia en bicicleta, realizó su anhelo de ver las pirámides de Egipto montado en camello, y participó en la Segunda Guerra Mundial como voluntario. Fue, en resumen, una vida inquieta desandando mun­do, y siempre rejuvenecida con y por el trabajo.

Dibujos, óleos, acuarelas, tintas, gouaches…, se aglomeran en la exposición Universos de Girona, que en homenaje a su centenario este año (29 de diciembre) quedó inaugurada en la hermosa galería El reino de este mundo (Bi­blio­teca Nacional José Martí), Plaza de la Revolución. Julio Girona (Manzanillo, 1914- La Habana, 2002), comenzó a incursionar en la pintura hacia 1947, en los Estados Unidos, donde coincidió con los inicios y plenitud del movimiento informalista desplegado a fines de los cuarenta y los cincuenta; etapa en que asume la abstracción del gesto y de las masas como peculiar dialecto ex­presivo. Encauzado en las búsquedas de formas y estructuras, logró abrirse paso en aquella jungla de competencia.

Con un hálito singular, dentro de su vasta obra, aparecen a cada rato esos dibujos espontáneos realizados a tinta en los que plasma aquellos rostros encontrados durante la Segunda Guerra Mundial, cuando él desandaba el Viejo Con­ti­nente herido por las garras del fascismo, en las filas de los ejércitos aliados. Rostros tristes, que miraban sin futuro, soldados marchando en la nieve, pordioseros, gentes de Londres, Liverpool, Bruselas, París… “retratados” en el trazo personal del artista, despliegan su hechizo como un canto a la paz.

Al finalizar la contienda mundial, Julio Girona dejó de hacer caricaturas y dibujos para acercarse a la pintura. En Nueva York llega a pertenecer al gru­po de la calle Ten Street, de los pintores abstractos de Estados Unidos, donde conoció y expuso con Kline, De Kooning, Rauschenberg y muchos otros. Desde entonces, se dedicó siempre a la pintura. En la abstracción, de la que hay ejemplos en la muestra, hace un balance entre áreas activas y tranquilas, buscando el contraste como en la mú­sica. En muchas de ellas escribe palabras que luego se convirtieron en poemas y en libros. Mientras que en las crayolas mezcla arremolinados pensamientos de la niñez, en trabajos motivados por los dibujos infantiles vistos en diversas muestras y en las calles. Son las Ca­ligrafías newyorkinas, serie que antecedió a los gouaches en otra carrera abstracta. Allí agrupa musicales caligrafías y contrapuntos dinámicos entre trazos y superficies, amén de otros objetos del paisaje cotidiano que se convierten en señales de su discurso pictórico llegadas del informalismo, el expresionismo abstracto, y de cierta at­mósfera conceptualista.

FRESCURA DE SOLUCIONES EXPRESIVAS

Hay otro periodo en que incursionaría en elementos de la realidad cotidiana, las naturalezas muertas para llegar a la abstracción en los años cincuenta y sesenta. En la década de los setenta saldrían otra vez los recuerdos de la guerra. Dibujos figurativos, de gran rigor técnico y líneas bien definidas quedan como estelas de sus experiencias acumuladas.

A ese tiempo pertenecen los rostros tristes y de horror que regresan siempre y nunca lo abandonarán. Rompiendo con los grises que inundaron por un tiempo su paleta, el artista retoma el color. Tonos alegres: verdes, naranjas, azules llegaron sin pedir permiso a sus lienzos, en una caravana de espontaneidad en el dibujo. Círculos y cuadrados, nada perfectos se apoderaron de sus últimas piezas. Estaban realizadas así intencionalmente para darles interés y restarles rigidez. De cuerpo completo, de frente, de lado, vestidas o no, deambulan las mujeres por las superficies.

Allí agrupa esporádicos retornos a la figura femenina, que sacan a la luz la rememoración autobiográfica de quien parece rejuvenecerse siempre, y “se afirma artísticamente por medio del carácter y la conciencia vital que le valen para desafiar el impacto del tiempo”, al decir del crítico y pintor Manuel López Oliva.

Son muchas las características que sobresalen de su pincel y sus creyones. Sin embargo, hay una que destaca: la frescura de soluciones expresivas coincidentes con el espíritu renovador de compatriotas suyos, cronológicamente jóvenes, que hoy protagonizan cambios de en­foques y lenguaje en el arte plástico cubano. De un solo golpe, con la acción incuestionable de su propio quehacer, Girona prueba lo equívoco de esos criterios generacionales que no conciben la posibilidad de lo nuevo y progresivo del arte en personas que ya han arribado a la edad madura.

Mirar sus obras es encontrar siempre objetos y anotaciones, huellas de lo cotidiano empinado en “arte verdadero”, texturas de paredes y tiempo, y perspectivas de los espacios transitados por aquí y por allá, que se nos revelan como materia prima de las operaciones poéticas inherentes a su expresión. Julio Girona está con nosotros, ese creador que parece siempre como si qui­siera es­caparse de los modos y soluciones que él mis­mo generó.

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