
A un hacedor de universos pictóricos, repletos de leyendas, colores y laberintos que revelaban la verdadera esencia cubana y caribeña, la plástica cubana despidió el pasado 29 de marzo. Se trataba de Ever Fonseca Cerviño (1938-2026), artista medular y referente de varias generaciones de creadores.
«Soy una persona que trabajo mucho, me levanto bien temprano y trabajo. A mí solo me pararía la muerte», aseguró en sus palabras de agradecimiento al Premio Nacional de Artes Plásticas, en 2012. Puede que así, a sus 88 años, lo sorprendió la muerte: en pleno quehacer creativo, mientras ideaba universos plagados de fantasía, símbolos y mitos.
El patrimonio artístico que legó estuvo vinculado a su identidad cultural; era natal de un poblado rural en la provincia de Granma, origen que expone su preferencia por explorar la imaginería campesina desde niño: «fui un obsesionado alumno de la naturaleza, del color, del olor y de los sonidos de la naturaleza; todo esto se me fue impregnando y me dio un concepto de las cosas», confesó en cierta ocasión.
Allí conoció al Jigüe –esa criatura mitológica cubana representada como un negrito diminuto– que se convertiría en inseparable compañero de sus andares pictóricos. A través de él, salpicó sus lienzos de auténtica cubanía. En ellos no faltaron tampoco los ríos, los soles y las lunas, los seres humanos y los animales, todo sumergido en «lo real maravilloso» que Alejo Carpentier propuso para la poética insular.
Pintor, dibujante, escultor y ceramista, Ever integró el Ejército Rebelde en su lucha contra la tiranía. Más tarde estudió pintura en la Academia de Bellas Artes San Alejandro, donde fue el primer expediente de su curso y donde, al decir de sus colegas, se distinguió por «una exuberante y virginal fantasía». En esa misma institución ejerció la enseñanza artística durante más de 20 años.
Tuvo el mérito de ser el primer pintor cubano formado enteramente dentro del proceso revolucionario invitado a realizar una exposición personal en el Museo Nacional de Bellas Artes, que hoy conserva su obra en sus fondos permanentes.
En sus propuestas, algunos –como la crítica de arte y ensayista Adelaida de Juan– han vislumbrado «un mundo extraño», aunque reconoció que los símbolos que emplea «están siempre al alcance de la mano».
Condecoraciones como la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier y la Medalla Raúl Gómez García subrayan la relevancia de sus aportes a la cultura cubana, en decenas de muestras personales y más de 400 colectivas en una veintena de países.
Tras haber recibido el Premio Nacional de Artes Plásticas, concretó su pasión artística en nuevas coordenadas: decidió explorar sus aptitudes como poeta y cantautor. Con tal fin, fundó el grupo Ever x Ever, y con él efectuó una gira nacional en 2014.
¿Era la música una fuga, un escape? Ante esa cuestión, aseveró que constituía «una de las formas de manifestarse» y ambas, música y artes plásticas, eran la misma cosa: «una con el color y la otra con el sonido».
Hablar de él, apunta el crítico Manuel Pérez Oliva, es como «hablar del viento, de los árboles. Él es parte ya de la naturaleza cubana. Su obra tiene una gran relación con la flora, con la fauna y con el espíritu del campo nuestro, por los mitos, por las leyendas que fueron cantadas por el Cucalambé, estudiadas por Samuel Feijoó y abordadas por otras figuras importantes de nuestra antropología y nuestros estudios culturales».
Ese universo —que, como la naturaleza misma, sigue respirando— cargado de ramificaciones, secretos, criaturas y mundos extraños, brinda la oportunidad de repensar la riqueza antropológica de la nación: hibridación de identidades y mestizaje de pueblos, razas y culturas.










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