Recordar a Fidel no es solamente repetir consignas hasta que nos falte el aire, no es citarlo por citarlo o acordarse de él cuando se acercan aniversarios. Ser consecuente con su memoria es desterrar la inercia revolucionaria y convertir su legado en una herramienta diaria en la construcción de un país mejor. Y es difícil, porque a esta generación, la de su centenario, no le tocó heredar un paraíso; le tocó empujar un país que atraviesa por uno de sus momentos más complejos, con enemigos externos que no cejan en el empeño de asfixiarnos. En ese contexto, a esta generación, a los jóvenes de la Cuba actual, les toca ser fieles a Fidel, y seguir construyendo el ideal del socialismo que él nos enseñó.
Algunos pudieran pensar que Fidel ya no está y por eso resulta más difícil. Sin embargo, el Comandante en Jefe de la Revolución no soñó este pueblo y menos a sus jóvenes como una masa de seres inmóviles. Soñó muchachas y muchachos, hombres y mujeres que, por difíciles que fueran las circunstancias, siguieran creyendo y construyendo una nación mejor, un mundo mejor. Esta es la misión que tiene la generación del Centenario de Fidel, que supera cualquier discurso o consigna.
El Jefe, como solían decirle muchos, no confió en los jóvenes por generosidad. Confió porque sabía que la Revolución que él pensó era, es y será también una obra de y para jóvenes. No fue casualidad que a los 26 años asaltara el Moncada cuando los «adultos sensatos» ya se habían resignado. Tampoco fue casualidad que en los momentos más críticos de la Revolución recurriera una y otra vez a la fuerza del Alma Mater.
Para seguir su obra también hay que plantar la bandera de la autocrítica. No fue azar que rodeado de jóvenes en aquel discurso del Aula Magna del 17 de noviembre de 2005, alertara con total franqueza que el proceso revolucionario era reversible si no le poníamos freno a males como el derroche, la corrupción y la burocracia. Y sentenció: «Esta Revolución puede destruirse, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra». Tenía claro que era la juventud la que tendría que impedir esa autodestrucción. No eran palabras para la historia; era un llamado a combatir lo mal hecho, a no repetir errores de otras sociedades que pretendieron construir el socialismo y su final fue el caos. Era una alerta y a su vez una clarinada al combate de quien siempre confió en la fuerza revolucionaria de los más jóvenes.
Hoy el enemigo externo es real y apuesta por una guerra multidimensional –la asfixia económica, las campañas mediáticas, las guerras cognitiva y sicológica, las amenazas militares–; sin embargo, el peligro más inmediato está en la indolencia, en el inmovilismo, en el «yo no estoy para un lado ni para el otro» de quienes confunden la prudencia con la falta de valentía política.
Cuando Fidel nos pedía que cada cubano fuera su propio Comandante en Jefe, se trataba de la capacidad de organizar, de proponer, de exigir y de transformar. Ese es el vecino que no se cruza de brazos ante los problemas del barrio, el estudiante que no espera que la solución caiga del cielo, el profesional que innova con lo que tiene y no se excusa en lo que le falta. Son tiempos en que para ser consecuentes con Fidel no se puede mirar hacia otro lado ante los errores propios. Eso no es revolucionario.
La juventud del Centenario de Fidel tiene que aprender a señalar lo mal hecho sin complejos, a enfrentar los males que ponen en peligro el proyecto de país que él soñó, porque esos males, si no se cortan a tiempo de raíz, pueden ser el principio del fin.
La Revolución no es una obra acabada. Nosotros, los más jóvenes, tenemos que seguir la carga que pidió Rubén y que inició Fidel, sin que sea eco nostálgico, sino un compromiso de acción. Porque si entendemos que la obra está inconclusa, entonces cada generación tiene el deber de escribir su propio capítulo, de corregir lo torcido, de mejorar lo hecho y de soñar lo que falta. Esa carga, más que un peso, es la fuerza que empuja hacia adelante.
Para seguir construyendo este socialismo, típicamente cubano, no basta con invocar el nombre de Fidel en las efemérides. Hay que ir a él una y otra vez, como quien vuelve al manantial cuando la sed aprieta. No por culto a la personalidad, sino como método: volver a su capacidad de interpretar la realidad, a su audacia para tomar decisiones en los momentos más adversos, a su obsesión por la justicia social y a su fe inquebrantable en el pueblo.
Y es que Fidel no es un punto de llegada; es un punto de partida permanente. En momentos de incertidumbres y peligros colosales, muchas respuestas están en redescubrir la esencia de lo que él nos enseñó: la Revolución se salva con la verdad, con la autocrítica y con el protagonismo de los más jóvenes.
Ser fidelista no es llevar una foto en la cartera ni repetir frases hechas. Es defender el orgullo de ser cubano en cada gesto, en cada palabra, en cada decisión. Es impedir que alguien –el imperio, el burócrata, el derrotista o el simulador– nos robe la dignidad de haber nacido en esta Isla que Fidel convirtió en símbolo de rebeldía y esperanza. Ser fidelista es entender que la dignidad no se negocia, que la soberanía no se suplica y que el socialismo no se defiende con lamentos, sino con hechos. Porque nuestros abuelos –aquellos muchachos de barba y verde olivo que bajaron de la Sierra– no sudaron ni murieron para que ahora algunos, con el argumento de las dificultades, pretendan arrodillarnos.
Los jóvenes que manejan los algoritmos, que entienden el lenguaje de las redes, que se mueven en un mundo digital que Fidel también vislumbró, tienen la tarea de llevarlo allí sin «teque», de traducir su esencia –su audacia, su humanismo, su fe en lo posible– al idioma de este tiempo para que pueda llegar más fácil a sus contemporáneos.
Recordar a Fidel en el año de su centenario es moldear, con nuestras manos la obra, su obra, su legado: la Revolución. Esa es la única forma de que no sea pasado y sí sea presente y futuro.
Los jóvenes de su Centenario tienen que liderar este momento desde cada barrio y cada rincón de Cuba, desde la trinchera cotidiana: participar, transformar con todos y para el bien de todos. Ese fue su mandato cuando en su último mensaje a la juventud cubana nos testó: «Si los jóvenes fallan, todo fallará. Es mi más profunda convicción que la juventud cubana luchará por impedirlo. Creo en ustedes». Pues bien, aquí estamos. Y fallarle a quien nunca nos falló, no es una opción.


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