ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA
Foto: Obra de David Alfaro Siqueiros

Nadie supo nunca su nombre. No hacía falta. Bastaba la tristeza enquistada en su rostro para solidarizarse con ella; bastaban aquellas manos buscando algún indicio de vida entre los escombros de la ciudad en ruinas.

Nadie sabía con certeza si era una madre. Tenía que serlo, porque solo una madre podía cargar en sus ojos tanto dolor.

Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), entre 2005 y 2022 más de 120 000 niños y niñas murieron o fueron mutilados en conflictos armados. Detrás de cada uno de ellos había un niño que minutos antes del ataque reía a carcajadas, aprendía a atarse los zapatos, tenía miedo a la oscuridad y albergaba un montón de sueños por cumplir. Detrás de esas cifras quedó, a su vez, una madre a merced del dolor infinito.

Solo una madre sabe lo que pesa en el corazón un hijo que no responde. Como muchas madres cubanas, no he vivido la guerra, pero sí he visto su cara en redes sociales, en fotografías, en la televisión. Madres sosteniendo el cuerpo inmóvil de sus hijos, víctimas de un disparo, de la barbarie.

Cuando veo esas escenas, comprendo la fragilidad de la vida y en ocasiones me asalta el temor de una posible guerra. Me he desvelado en las noches pensando que en cualquier momento sonará una sirena, o escucharé el estruendo de una explosión.

Me asalta el miedo: miedo de no saber si en ese momento estaré cerca de mis hijos para protegerlos; miedo de tener que elegir entre abrazar a uno y correr hacia otro; o de alcanzar a mi madre, porque también somos hijos; miedo de no ser suficiente amparo, de no saber si viviremos para contarlo.

La guerra no es un borrón y cuenta nueva, muy por el contrario, tacha para siempre. Mutila cuerpos y borra a los individuos de su lugar en el mundo.

Por eso, cuando reviso las mochilas de mis hijos para que no falten los lápices, o les veo reclamar su turno con el celular, agradezco esa paz hecha pedacitos de vida cotidiana, ese sentarnos a la mesa, reír, cantar. Me reconcilia pensar que la guerra es solo una palabra «fea» que mis hijos no han tenido que aprender desde la vivencia.

Imagino que una madre en guerra está despierta siempre, a la defensiva; calcula cuántos pasos hay desde la puerta hasta el refugio; qué cantidad de agua consumir para que alcance a todos.

Imagino que una madre en guerra, deja de soñar con vacaciones y de planificar el futuro de sus hijos para soñar con que las balas elijan otra dirección, con que la línea invisible entre sus vástagos y la metralla se mantenga intacta una noche más.

A una madre en guerra nada la prepara para cuando el cálculo falla. No teme morir; teme seguir viva si sus hijos ya no están.

En lo personal, me angustian los rumores de guerra. No idealizo esta paz nuestra, la cotidiana, la que sostenemos a punta de lápiz, día a día. Tiene sus grietas y carencias. Pero en ella, mis hijos duermen sin pesadillas de bombas.

Una guerra para una madre es la certeza de que la crueldad tiene rostro y que puede poner un punto final en la vida de quienes más ama. Por eso, la próxima vez que alguien hable tan desenfadadamente de guerra, imagine el día de mañana sin su hijo; abrir la puerta de su cuarto y comprobar que el olor de su almohada ya se ha ido.

Desde esta isla que entre todos sostenemos, elijo la cotidianidad de estresarme con los berrinches de mis hijos, de preocuparme por qué poner en sus loncheras.

Afuera, mi vecina riega las plantas. En la escuela, dentro de unas horas, sonará el timbre para recoger a mis hijos y proseguir con mi rutina. Doy gracias a quien entienda que eso no es poco.

Si aún disfrutamos de esta cotidianidad de regañarlos porque nos tocó recoger algún juguete del suelo, es todo un privilegio. Hay madres que darían cualquier cosa por recogerlos una vez más.

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