ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Sin rubores, como si se estuviera convidando a otra cosa, los llamados a una agresión militar contra Cuba suben de tono cada día.

Primero fueron frases aisladas en el discurso imperial. Luego, amenazas concretas que han llegado a augurar la ocupación de la Isla «casi de inmediato». Y, como si hablar de portaviones y tropas no fuera lo mismo que hablar de muerte y desolación, no han faltado los que hagan coro, desde «la comodidad» de la distancia y la tranquilidad de que no será suya la sangre que pueda correr.

«Cada guerra es una destrucción del espíritu humano», advirtió una vez el escritor norteamericano Henry Miller. Sin embargo, en este mundo convulso, hoy se hace referencia a ella con naturalidad.

El caso de Cuba no es la excepción. No importa que desde acá se haya lanzado, en 2014, la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz, ni que 11 años antes, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz expresara que esta pequeña isla del Caribe jamás realizaría ataques sorpresivos contra otros pueblos. Todo lo contrario, sería capaz de enviar miles de médicos a cualquier rincón del mundo. «Médicos y no bombas», recalcaría Fidel.

Nada de eso parece contar hoy para quienes, en nombre del bienestar del pueblo cubano, promueven su exterminio. ¿O, acaso la historia reciente no sigue dando suficientes pruebas de los horrores de un conflicto armado?

Ahí están las imágenes del colegio iraní donde murieron 168 niñas durante los primeros ataques perpetrados por Estados Unidos contra la nación persa, o las de los niños de Gaza masacrados por Israel. Ahí están los inventarios del desastre, que incluyen cientos de centros sanitarios y también universidades, instituciones científicas, industrias, escuelas.

Con tales precedentes, ¿alguien puede pensar que aquí sucedería diferente? ¿Cuántos años de esfuerzos serían reducidos a escombros en cuestión de pocas horas? ¿Quiénes quedarían para contarlo?

Bajo presiones brutales, que comprenden un bloqueo energético con consecuencias dramáticas en todas las esferas de la vida, Cuba sigue abogando por la paz. Lo han expresado repetidamente sus principales dirigentes, su cuerpo diplomático y todo el pueblo.

Un pueblo que, a pesar de bloqueos y carencias, ha practicado la solidaridad en infinidad de ocasiones jamás podría considerarse una amenaza y mucho menos, un daño colateral.

Lo saben la Casa Blanca y el Pentágono, y también quienes les siguen el juego, azuzando los odios contra el país donde nacieron. Lo saben y lo disimulan, mientras las narrativas sobre la Isla dan un vuelco, y empiezan a presentarla como un peligro para la seguridad nacional de Estados Unidos.

La estrategia recuerda lo que ya se ensayó aquí mismo a finales del siglo XIX, para sensibilizar a la opinión pública norteamericana y lograr el consenso para la intervención en la guerra que nuestros mambises libraban contra el colonialismo español.

«Ponga usted las fotos que yo pondré la guerra», cuentan que le indicó el magnate de los medios de comunicación estadounidense William Randolph Hearst a su fotógrafo en La Habana.

Luego, el guion ha continuado repitiéndose una y otra vez durante más de un siglo, para justificar lo injustificable.

Mi primera noción de lo que dejan las guerras, la tuve a los cuatro años, en Vietnam. Había viajado junto a mis padres, que iban como asesores de prensa en idioma español, y aquel día me tocó acompañarlos a un taller en el cual personas mutiladas por los bombardeos norteamericanos, trataban de reinsertarse al trabajo.

La impresión fue tan impactante, que se quedaría en mi memoria para siempre. Después supe que el número de personas sin brazos o sin piernas, era uno de los problemas sociales que había dejado la guerra, con los que tocaba lidiar durante la reconstrucción del país. Aun así, habían tenido la suerte de sobrevivir a una contienda en la que murieron cuatro millones de vietnamitas.

Pero quienes promueven una agresión armada contra Cuba no nos hablan de esto. Nos presentan la guerra como quien invita al cine, a ver una película de aviones y comandos, con la promesa de que a la salida, todo será prosperidad. Así de simple, como si bombardear un país fuera un ritual de buena suerte y no un conjuro macabro de sangre y destrucción.

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