ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Se repite como letanía en los grandes medios y en boca de los enemigos de Cuba, que el socialismo –y muy en particular el nuestro– es sinónimo de pobreza, escasez y desolación. A la menor oportunidad, la frase hecha se instala: «Cuba lleva décadas de miseria por culpa del socialismo». El argumento, maniqueo y frágil, se desploma apenas se confronta con la realidad de decenas de naciones del Sur global.

Porque si el socialismo fuera el causante de la miseria, ¿quién entonces genera el hambre, la desigualdad brutal, y la falta de servicios básicos en el 90 % de los países capitalistas del planeta? En África, Asia y América Latina, donde impera el capitalismo –en su versión más salvaje, sin cortapisas–, la pobreza no es herencia del socialismo, sino consecuencia estructural de un sistema que concentra la riqueza en pocas manos, y expulsa a las mayorías a la periferia del desarrollo.

Basta un ejercicio de honestidad intelectual: potencias agroexportadoras arrastran a millones de personas sin agua ni alcantarillado. No es difícil encontrar ejemplos de naciones insertadas en el capitalismo financiero, que ostentan brechas de ingresos verdaderamente obscenas.

¿Es el capitalismo responsable de esas miserias? La respuesta es sí. No por casualidad, sino por diseño: acumular riqueza en un polo exige empobrecer el otro. Es su ley de hierro, escrita con sangre en la historia del colonialismo y una historia tenebrosa de numerosas dictaduras que el mismo sistema financió.

Cuba, a pesar de más de seis décadas de bloqueo genocida –el más largo y cruel de la historia–, no ha claudicado. Tiene médicos, escuelas, vacunas, investigación científica, y una esperanza de vida que envidia el Norte. Y sí, enfrenta dificultades agudas, muchas provocadas por la hostilidad económica de ee.uu. Pero comparar su situación con la indigencia estructural del capitalismo en el Sur es, o ignorancia supina, o mala fe militante.

Los detractores del socialismo suelen olvidar que, antes de 1959, Cuba era un prostíbulo del imperio, con analfabetismo, tuberculosis y niños muriendo sin asistencia. El capitalismo yanqui, dueño de la Isla en aquellos años, no trajo prosperidad: trajo mafia, explotación y apropiación abrumadora de los bienes nacionales. Solo el socialismo devolvió la dignidad.

No se trata de negar las carencias actuales, sino de ubicarlas en su causa verdadera: el bloqueo, la guerra económica, y sí, también errores propios, que se corrigen sin renunciar a la esencia. Pero jamás el sistema que prioriza al ser humano sobre el capital puede ser señalado como padre del hambre. Ese estigma les corresponde, por derecho propio, a las naciones en las que el dinero manda y la gente sobra.

El socialismo cubano no carga con la pobreza del mundo. El capitalismo, en cambio, la siembra a diario sin rubor. De eso, los detractores prefieren no hablar.

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