ÓRGANO OFICIAL DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA DE CUBA

Con su barba espesa, su mirada grave y serena, sentado en un sillón como tallado con la madera extraída del árbol de la erudición, aparece ante nosotros, simple y profundamente, Carlos Marx, quien naciera el 5 de mayo de 1818 en Tréveris, Prusia Occidental, territorio de la actual Alemania.

Miembro de una familia judía, conoció el rostro de la miseria, pero nunca luchó de modo individual por escapar de ella; al contrario, convirtió su vida en una esperanza para todos aquellos que «apenas pueden comprar el derecho de no morir», según citó en uno de sus heráldicos Manuscritos económicos y filosóficos de 1844.

Desde muy temprano realizó su elección: nunca descansaría hasta «echar por tierra todas las relaciones en que el hombre sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable».

Distinguió los aspectos revolucionarios de la filosofía clásica alemana, sobre todo la dialéctica de Hegel. También dotó de carácter científico las utopías del socialismo francés, mientras a la economía política inglesa le brindó alma y la transformó para colocar a los hombres detrás de los números. 

Aparte de la genialidad de sus ideas, lo guiaba un deseo de perfeccionamiento, un prurito admirable. Cuentan que el Manifiesto comunista estaba listo desde mucho antes, pero solo lo presentó cuando le exigieron su entrega.

Ejerció múltiples oficios, entre ellos el periodismo; supo aprender de los textos y la cotidianidad de los pueblos. Así desarrolló una impresionante capacidad de variación y adaptación intelectual, como lo demuestra su obra cumbre, El Capital, en la que conviven capítulos teóricos con otros exquisitos reportajes históricos, casi pequeñas novelas.   

Jamás le temblaron la mano ni la voz para aludir a los culpables y las causas de los grandes males. En La llamada acumulación originaria, dentro del primer tomo del citado libro, estableció: «El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, el exterminio, la esclavización y el sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros (…) señalan los albores de la era de producción capitalista».

También nos advirtió que «con esta formación social se cierra, por lo tanto, la prehistoria de la sociedad humana», una clara invitación a comenzar a forjar un mundo, ya sin víctimas ni asesinos, en el cual valga la pena ejercer el derecho a la vida.

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