Desde que, en voz de la sociedad civil, se convocó a un movimiento de firmas por la Patria, el reloj no ha dejado de marcar otro momento de firmeza, a la medida de los firmes.
No es un juego de palabras. Los ciudadanos han rubricado un documento que, si bien tiene un olor inconfundible a Cuba (dispara directo contra el bloqueo imperial), salta lo nacional para acentuar la irrenunciable vocación cubana de paz para todos los habitantes de un mundo que sufre cada vez más los horrores de la guerra.
A la medida de los firmes porque, como otros tantos, tampoco se aviene este momento a la reducida estatura de quienes dudan, titubean o se agazapan a la vera del camino.
He observado con curiosidad: a nadie de los que han ido le ha temblado la mano.
«¿Cómo es posible que firmen tantas personas, con las dificultades que están sufriendo en carne propia, cada día, por la falta de energía eléctrica, desabastecimientos, escasez de transporte…?», deben preguntarse aquellos que nos desean lo peor.
Los que firman son los mismos que siguen sobreponiéndose a los apagones derivados de un cerco energético cuyo oscuro origen hasta para un niño queda claro. Es la misma gente que sufre los problemas actuales, pero está identificada hasta la médula con la historia escrita y por escribir.
Por ello (y si alguien lo duda, ahí está, de par en par, el escenario) la mano que firma puede exhibir quinceañera lozanía o las arrugas trazadas por decenas de calendarios, ser blanca como la nieve u oscura como el ébano, tener uñas decoradas por un delicado pigmento en casa o por la grasa y el hollín de los talleres, ser la que se persigna ante la cruz o la que –respetuosa también de lo divino– cree y continúa apostando por un país soberano y por un mundo mejor.


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