
En cualquier rincón del planeta, el arribo de un buque tanque a un puerto es un hecho tan cotidiano como el amanecer. Para una nación, para su industria, para el sustento de sus hogares y la movilidad de su pueblo, la importación de combustible es un acto inherente a la soberanía, al funcionamiento normal de la economía y a la vida misma.
No es más que el reflejo de un orden internacional básico, en el que los países, en ejercicio de su derecho inalienable, adquieren los recursos necesarios para garantizar la paz y el bienestar de sus ciudadanos.
Sin embargo, para Cuba, esa normalidad ha sido distorsionada hasta convertirla en excepción. Que un barco con petróleo atraque en nuestras bahías no debería merecer titulares; debería ser una línea más en la rutina portuaria, un trámite administrativo dentro del flujo comercial que dignifica a cualquier Estado.
La verdadera noticia, la que merece ser contada con toda la fuerza de la denuncia, es la crónica de un cerco inhumano: el hecho de que, durante más de seis décadas, el país más rico y poderoso del mundo haya orquestado un bloqueo económico, comercial y financiero con el explícito propósito de asfixiar a un pueblo.
Ese cerco se ha ensañado particularmente en el sector energético. No es casualidad. El acceso a las fuentes de energía es el nervio central de la resistencia de una nación.
Por eso, el gobierno de Estados Unidos ha perfeccionado su política genocida con medidas que hoy constituyen un verdadero cerco energético: la persecución de navieras, la amenaza a compañías aseguradoras y transportistas internacionales, la imposición de sanciones a cualquier entidad que comercie con Cuba en este rubro.
El objetivo es uno solo: que no llegue el combustible, que la luz falte, que los motores se detengan, para doblegar la voluntad de un pueblo que ha preferido la dignidad de la libertad a la sumisión.
Cuando en Cuba la prensa informa sobre la llegada de un barco con combustible, lo hace en medio de una guerra desigual. Lo hace porque ese barco no es un hecho más, sino un eslabón en la cadena de resistencia contra una potencia que ha convertido el Derecho Internacional en papel mojado y la libre navegación en un campo de batalla para sus intereses hegemónicos.
No es Cuba quien ha convertido el petróleo en arma. Cuba solo se defiende. Mientras el gobierno estadounidense insiste en su política de asedio, violando la Carta de las Naciones Unidas y el más elemental sentido de humanidad, nuestra nación diversifica sus fuentes de abastecimiento, apuesta por la solidaridad internacional y sostiene, con los recursos mínimos y en medio de las mayores dificultades, su obra social. Que un barco con petróleo llegue a Cuba no es la noticia. La noticia es que, pese a las leyes extraterritoriales, las amenazas y el acoso de la superpotencia, Cuba sigue en pie, haciendo valer su derecho a existir.
La noticia es que no hemos cedido, que no hemos claudicado, que continuamos navegando contra la corriente de un bloqueo que la inmensa mayoría del mundo condena.
Porque el verdadero escándalo, el que las agencias internacionales no titularán con la misma saña, no es la existencia de un barco en nuestras aguas, sino la obstinación cruel de un imperio que pretende negarle a un país vecino el derecho a encender sus luces, a mover sus ómnibus y a seguir construyendo su porvenir.
Cuba importa combustible porque Cuba vive. Y mientras viva, seguirá denunciando al mundo que la única noticia condenable aquí es la del bloqueo que intenta, sin conseguirlo, detenernos.


COMENTAR
Responder comentario