Uno de los supuestos orígenes que se le da al hecho de que, en determinadas regiones de Latinoamérica, la palabra coger sea sinónimo del acto sexual es que, en la conquista, el invasor español, cuando tomaba una población local y llegaba el momento del pillaje, cazaba a las mujeres para violarlas a los gritos de: «¡cógela!».
Para nosotros no tiene esa connotación, pero si le pregunta a un poblador originario –para el cual carga un contexto de violencia repugnante– por qué no usarlo como sinónimo de hacer el amor, se ofendería con razón.
Sinónimo de homosexual, con eme empieza otra palabra que carga con un estigma derivado de su uso simbólico como manera de ofender, de humillar, de degradar a otra persona por su preferencia sexual.
Muchas personas estaríamos en contra de que se naturalizara ese uso, porque esa naturalización ignora el papel de violencia que ella ha cargado y aún carga en la sociedad. Pero podemos ir más allá, muchos estaríamos en contra del empleo de esa palabra para ofender a una persona, porque esa ofensa se basa en el estigma asociado al homosexual.
Toda acción social sistemática crea su propio lenguaje con fines legitimadores y reproductores. Pensar que las palabras son ajenas a sus contextos no resiste el menor análisis. Por eso al estudiar el estigma que puedan arrastrar determinadas palabras, hay que analizar el contexto que creó el estigma. Una misma palabra puede resultar ofensiva en un contexto geográfico y en otro no, en un contexto temporal y no en otro, en un uso y no en otro.
Supongamos que alguien use el prefijo súper como una palabra con tantos significados que apenas queden oraciones en las que no esté. Con razón de ese abuso, la persona deja de emplear una multitud de vocablos que confieren matices, que dan una paleta de colores más completa para describir la realidad. Poco importa si es súper u otra denominación.
La pobreza del lenguaje empobrece el pensamiento y empobrece entender al mundo. La pobreza del lenguaje reduce la capacidad de leer textos complejos, como los de Martí, como los de Marx, como los de Lenin, como los de Carpentier, como los de Lezama, como los de Guillén… Si la lengua es el soporte del pensamiento, entonces debemos buscar, si de ser revolucionarios se trata, que todos se apropien de la mayor amplitud posible del lenguaje. De todo el lenguaje que permita nuestra capacidad de asimilar entendidos y ampliar entendederas.
Por otro lado, la cultura no es una bodega de enseres. Si bien no es naturaleza muerta, tampoco es devoradora de toda idea, digiriéndola a una receta amaestrada. Precisamente es a esa apuesta de simplificación formal a la que apela la máquina de empobrecer conciencias que es la industria cultural de consumo capitalista.
Hay personas con diferentes niveles de cultura. La trampa es asociar determinadas culturas a determinados estratos sociales como un destino manifiesto o designación divina.
Hay personas que han adquirido la capacidad de apropiarse de una amplitud cultural mucho mayor que otros. Lo equivocado es clasificar las culturas en malas y buenas, siguiendo indicadores que no más que prejuicios o elitismos clasistas.
Quien ha entrenado un lenguaje más rico para leer y entender una variedad de textos, tiene una ventaja cultural frente a quien no ha logrado esa capacidad. La farsa es pensar que eso te hace superior, o de una élite, y que esa capacidad es exclusiva de un sector social o racial o etario o de género.
Si de ser revolucionarios se trata, nuestra aproximación al tema no debe ser negar realidades, sino crearlas. No es asumiendo el camino simplificado de declarar a todos como receptores y portadores de la misma cantidad de cultura que lograremos sujetos de emancipación.
Nuestra lucha no es de consentir, sino de dar batalla para lograr en todos esa capacidad integral que realmente implique una mayor posibilidad de asimilar y crear cultura de emancipación. Así, con ese apellido.


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