La observación apunta al núcleo de una contradicción que, de no resolverse, carcome por dentro el proyecto social que defendemos. Sin negar la realidad asfixiante del bloqueo, y la crudeza de una crisis económica que es, en gran medida, impuesta, se trata de rechazar que esa realidad sea usada como coartada para la mediocridad, la desidia y la falta de profesionalidad.
La Revolución Cubana se construyó, precisamente, contra lo chapucero. Fue y debe seguir siendo la antítesis del «asere», del «resolver», del «robar» que empobrece, del «invento», del edificio con goteras desde el primer aguacero, de las obras que hay que inaugurar en «tal fecha», a sabiendas de que no estará lista. Los ejemplos sobran.
Su belleza humana, de la que habla el enunciado, radicó en la aspiración a la excelencia en medio de la escasez: en la campana de La Demajagua forjada con rigor, en la Campaña de Alfabetización ejecutada con precisión pedagógica, en el internacionalismo médico ofrecido con la más alta competencia técnica. Ese es el estándar. Permitir que la chapucería se instale como norma no es un efecto colateral de la crisis; es una traición a ese estándar fundacional.
El verdadero peligro no es que el enemigo utilice nuestras deficiencias como propaganda –eso siempre lo hará–, sino que nosotros mismos normalicemos la baja calidad como si fuera consustancial al socialismo. Nada desmoviliza más, nada corroe más la confianza popular, que un centro de Salud descuidado, una obra pública mal ejecutada, un trámite eterno por pura negligencia burocrática.
Cada chambonada, grande o pequeña, es un argumento que se le entrega gratis a quienes quieren demostrar la ineficacia del sistema. Pero, más grave aún, es un acto de desprecio hacia el pueblo, que merece y necesita servicios y productos dignos, hechos con esmero y respeto.
Por tanto, la lucha contra la chapucería no es un tema técnico o administrativo. Debe constituir una batalla política e ideológica de primer orden. Exigir calidad, responsabilidad y pulcritud en todo lo que se hace –desde una política nacional hasta la reparación de un grifo– no es ser «exigente» o «perfeccionista»; es ser revolucionario. Es honrar la belleza ética del proyecto y blindarlo contra sus peores enemigos: la rutina, la indolencia y la justificación eterna. El socialismo que merece ese nombre no puede ser el reino del «más o menos». O es eficiente, digno y bien hecho, o no será.
Confundir el socialismo con la chapucería no es un error inocente; es una traición intelectual y práctica a los fundamentos mismos del proyecto socialista.
Esta peligrosa y extendida costumbre opera como un cáncer dentro del organismo social, porque toma el nombre de una aspiración de justicia y progreso para justificar lo opuesto: la desidia, la mediocridad y el fracaso organizado.
El socialismo, en su esencia teórica y en sus expresiones históricas más elevadas, nació como una promesa de superación. Prometía superar la anarquía, la explotación y la irracionalidad del capitalismo mediante la planificación científica, la organización colectiva consciente y el desarrollo de las fuerzas productivas para el bien común.
Nada de esto es compatible con la chapucería. Por el contrario, la chapucería es la negación viva de esos principios: es explotación del tiempo y el esfuerzo ajeno, e irracionalidad en el uso de los siempre escasos recursos. Cuando un médico atiende mal por desgano, cuando un obrero entrega una obra mal hecha, no están actuando «como socialistas». Están saboteando desde dentro la posibilidad misma del socialismo que construimos con un esfuerzo sin igual.
Es más fácil atribuir los malos servicios, la baja calidad y la ineficiencia a una abstracción llamada «socialismo» (o, peor aún, a «las condiciones del país»), que asumir la responsabilidad individual e institucional por la falta de exigencia, control y amor al trabajo bien hecho.
Se cree, erróneamente, que criticar la chapucería es criticar al socialismo, cuando en realidad es todo lo contrario: defender al socialismo de sus peores caricaturas. El verdadero enemigo no es quien exige puntualidad en el ómnibus o calidad en el pan; sino quien, desde un puesto de responsabilidad o con un mal ejemplo, normaliza que lo mal hecho sea aceptable.
Deslindar estas dos cosas –el ideal socialista de la práctica chapucera– es, por tanto, una tarea de supervivencia política y moral. Implica rehabilitar el valor del trabajo digno y bien remunerado, del rigor técnico, de la exigencia de calidad y de la rendición de cuentas como valores socialistas por excelencia.
Un socialismo chapucero no es socialismo, es una mala imitación que desacredita la idea y desarma a sus defensores. La lucha por la calidad, la eficiencia y el decoro en todo lo que se hace es, en las condiciones actuales, una de las formas más concretas y urgentes de luchar por el socialismo. De lo contrario, se corre el riesgo de que la gente no rechace la chapucería en nombre del socialismo, sino que termine rechazando el socialismo por culpa de la chapucería.
Fue el propio Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz quien se encargó de advertirnos de ese lastre que debíamos sacudirnos. Así lo demuestra un fragmento de un discurso que pronunció en el temprano año 1963: «Que nadie crea que eso es revolución, que nadie crea que eso es socialismo. No se puede confundir la chapucería con el socialismo».


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12 de febrero de 2026
10:35:31
Juan dijo:
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Jorge Veranes Salina dijo:
3
12 de febrero de 2026
21:31:08
Buchon dijo:
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20 de marzo de 2026
18:31:23
Buchon dijo:
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20 de marzo de 2026
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