«Cuando Estados Unidos luchó en Vietnam, fue una confrontación entre tecnología moderna organizada y seres humanos organizados. Y vencieron los seres humanos».
Howard Zinn
En los últimos días, las redes sociales –ese espacio de guerra no convencional que el imperialismo utiliza como campo de batalla– han visto llover publicaciones con imágenes contrapuestas: el armamento más moderno y tecnificado de las fuerzas norteamericanas frente a la aparente modestia de nuestros medios de defensa.
Los mercenarios del teclado, los algoritmos pagados desde Miami, pretenden vender una idea de desproporción insalvable, de derrota anunciada. Lo que ellos no comprenden, porque les falta Patria y les sobra servilismo, es un principio grabado a fuego en el adn de nuestra nación: el pueblo cubano siempre ha peleado, y ha vencido, en desventaja material. Esa no es nuestra debilidad; es el origen de nuestra fortaleza moral invencible.
Desde que el primer colonizador español creyó que sus ballestas y arcabuces le daban el derecho a someter a los hombres de la tierra, hasta el día de hoy en que el imperio presume de sus drones invisibles y de su guerra cibernética, la historia de Cuba es la crónica épica de cómo el espíritu de un pueblo desarma la arrogancia tecnológica, desde los tiempos de Hatuey y Guamá hasta nuestros días.
¿Acaso tenían los mambises de Antonio Maceo los fusiles de repetición del ejército español? No. Tenían algo infinitamente más poderoso: la razón de su causa y el fuego de la libertad en los ojos. Con machetes de cortar caña, no solo libraron batallas; forjaron una República. ¿Acaso tenían los expedicionarios del Granma la cobertura aérea y la artillería que Batista recibía de Washington? No. Tenían la montaña como aliada y la convicción de un pueblo entero como retaguardia. En la Sierra Maestra no se midieron megabytes de ancho de banda; se midió la fibra moral de quienes estaban dispuestos a morir por una idea justa.
Hechos históricos como el Rescate de Sanguily o la Ofensiva Batistiana FF contra la Sierra Maestra confirman esta verdad eterna: el enemigo puede contar con superioridad logística y de fuego, pero nunca podrá igualar la superioridad del deber cumplido y el honor revolucionario. Esa desigualdad en el campo táctico es la que, una y otra vez, hemos convertido en nuestra ventaja estratégica.
El criminal bloqueo, recrudecido hoy con saña genocida, es la última expresión de esa lógica enferma del imperio: creer que el dominio tecnológico y económico es sinónimo de superioridad histórica. Piensan que, al negarnos un chip, un software, una pieza de repuesto, nos derrotan. ¡Qué equivocación monumental! Esa misma presión asfixiante es la que nos obligó a desarrollar, no drones para asesinar a distancia, sino vacunas para salvar vidas. Es la que nos impulsó a crear un sistema de defensa popular basado, no en un arma milagrosa, sino en la unidad monolítica de todo un pueblo convertido en soldado de la Patria. Nuestro escudo más efectivo no está hecho de silicio, sino de conciencia.
Las redes sociales pueden inundarse de videos de artefactos bélicos ultramodernos. Que lo hagan. Mientras, en la realidad concreta de esta Isla seguiremos cultivando la inteligencia, fortaleciendo la unidad y levantando, en cada barrio y en cada centro de trabajo, la trinchera ideológica que ha sido, y será siempre, nuestro baluarte inexpugnable.
Como nos enseñó el Comandante en Jefe, en la guerra moderna la mejor tecnología es la del cerebro humano, y la mejor estrategia es la de un pueblo entero decidido a vencer. Y si fuera necesario responderemos como Agramonte, cuando en el momento más difícil de la guerra alguien osó preguntarle con qué contaba para seguir la guerra y este sin titubear dijo: ¡Con la vergüenza!
Ellos tienen misiles guiados por satélite; nosotros tenemos la brújula infalible de la moral levantada en la defensa de nuestra causa. Ellos tienen armas de destrucción masiva; nosotros tenemos la masa unida, organizada y consciente, que es el arma definitiva de cualquier revolución verdadera. La tecnología cambia; los principios, no. Y nuestro principio fundamental, probado en cien batallas desiguales, es que un pueblo unido, que defiende su soberanía y su justicia social, es imbatible.


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Lazaro dijo:
1
9 de febrero de 2026
14:30:41
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