«Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos», José Martí.
Mientras la sociedad norteamericana avanza hacia un abismo terrible de odios, racismos y abuso de poder, exacerbando las enormes diferencias sociales que cohabitan en su seno, su Gobierno, de clara tendencia fascista, pretende erigir una poderosa cortina de humo que oculte la profunda crisis interna. Lo hace a través de una política internacional basada en el despojo, el robo de los recursos naturales y el uso aberrante de su enorme poder, carente de cualquier atisbo de ética o respeto a las leyes y al orden internacional.
No es un argumento inventado por Cuba, por la izquierda o el comunismo; es una realidad denunciada, de forma creciente, por importantes figuras de marcada influencia en la sociedad norteamericana y otras latitudes, personas capaces de un pensamiento lógico y con inteligencia suficiente para comprender hacia dónde marcha el país que, hasta hace poco, aún se autoproclamaba paladín de los derechos humanos y de la democracia.
Es evidente el caos, el temor y la incertidumbre que afloran en millones de seres humanos que, dentro de Estados Unidos, creyeron posible el sueño por tantos años prometido, a modo de paraíso terrenal, y que ahora, en lugar de perseguir aquella quimera, son ellos los perseguidos e, incluso, los baleados mientras los gobernantes se empeñan en aparecer como salvadores del mundo, cuando no son capaces de arreglar su propia casa.
Sería absurdo creer que esos mismos, quienes son cínicos al justificar el crimen contra sus propios compatriotas, están de verdad interesados en la vida y en la prosperidad de los pueblos del Sur, por demás despreciados abiertamente en sus discursos y declaraciones públicas. Es de ingenuos creer libertadores a los conquistadores, y en verdad... ingenuos, no somos.


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